Al salir de la Ciudad de la Furia.

La violencia que vemos reflejada en las redes a la hora de evaluar cómo estamos los argentinos en tiempos de crisis no sólo es una cuestión de condiciones materiales deterioradas hasta el infieno, sino también y básicamente de elementos morales y éticos que están en disputa a la hora de medirnos con el otro, con el compatriota al que muchos siguen despreciando por ver en él la imagen del enemigo alque defiende. Pero aunque es cierto que hay enojo y tristeza por todos lados, la realidad es que al salir del microclima de CABA las cosas no son tan álgidas como la virtualidad y el apuro de la ciudad nos hacen creer.

Hay una Argentina que no es la que emana del centro unitario por excelencia, un pueblo-nación que no pierde de vista lo importante a pesar de que lo invitan una y otra vez a perderse a sí mismo y que se ve en otras ciudades, sin necesidad de ir mucho más allá del conurbano pero pronunciándose con más contundencia a medida que nos alejamos del cordón populoso de la provincia de los buenos y extraños aires.

Porque los problemas reales del conjunto no son las discusiones sobre quién debe hacer o decir tal o cual cosa, ni tampoco son sobre lo que se puede considerar un derecho y lo que no. Al vecino de a pie, al argentino promedio, lo que realmente le preocupa es no perder el laburo, es tener un plato de comida todos los días en la mesa, es que no lo roben en la calle y que la salud lo acompañe para poder sobrevivir un día más al infierno en el que los saqueadores nos sumergieron a todos. Y aunque esto no quiere decir que haya una escala de medición en la que unas cosas sean importantes y las otras no, lo cierto es que hay urgencias porque implican a las mayorías y especialmente a los más vulnerables, que son los niños y los abuelos, hoy más castigados que nunca y en creciente deterioro de sus perspectivas de futuro.

Pero según el contexto en que se discuten estos problemas, las posibilidades de generar consensos varían y se amplifican en aquellos lugares en donde el ritmo es más sereno y la disputa por el espacio va desapareciendo. Y es que uno de los mayores problemas que tenemos como sociedad no es la falta de territorio, sino la distribución y el amontonamiento masivo en los centros urbanos, donde claramente las posibilidades de tener una vida tranquila se reducen a medida que la montonera es mayor.

Sin duda, es más fácil identificar los problemas del vecino cuando podemos charlar con él o siquiera verlo con cierta frecuencia, entonces para las ciudades y pueblos menos populosos la captación de lo que le preocupa al otro puede ser (siempre dependiendo del interés que tenga el militante o el político de resolver) más accesible en términos reales. Y ponemos como ejemplo lo que sucede en el interior porque es más fácil de visualizar: un pueblo chico, con pocos habitantes, es más claro en sus demandas que una ciudad llena de gente y por la que transitan otros tantos que no viven allí pero que trabajan durante la jornada y hacen que el flujo de seres humanos sea exponencialmente mayor, así como el ritmo al que las cosas suceden y la brevedad de los instantes en los que los unos se pueden encontrar con los otros más allá del cruce inevitable que se da con quienes viajan o trabajan con uno.

Sin embargo, incluso en las grandes ciudades hay espacios en los que la cantidad de personas se reduce y la diversidad de los problemas también, ya que se reúnen allí aquellos que comulgan con un interés común, con una causa, con una tradición o con una fe: las instituciones del barrio. El club donde hacemos deporte, la Iglesia a la que vamos, el almacén que frecuentamos y todo espacio en el que se junten más de 3 personas con asiduidad pueden ser los lugares en los que podemos observar con mayor claridad qué le está pasando al otro para empezar a micromilitarlo. Y esto significa no ir a cantarle las 20 verdades ni tampoco recordarle todos los logros de los 12 años de gobierno nacional-popular, sino más bien hacer algo más sutil, menos evidente y más pragmático: tenemos que poder identificar el problema del vecino para hablarle de las soluciones. Con paciencia y amor por la Patria, que es lo que al fin y al cabo estamos queriendo rescatar, si tenemos el tacto para traer aunque sea a uno desde el odio y la incompresión de lo que le sucede y le quitamos la culpa que nosotros mismos le pusimos en algún momento por haber votado el cambio, estaremos haciendo la diferencia que necesitamos para ganar este año las elecciones más determinantes de la historia reciente de nuestro país.

Y no sólo estaremos haciendo algo por el otro, sino también por nosotros mismos que necesitamos, en la misma o mayor medida incluso que el otro, del reencuentro y de la comprensión, de la charla con quien venimos peleando para sanar algunas de las heridas que nos hicimos por causa del verdadero enemigo poderoso, que es quien provoca las fracturas para robarnos las riquezas. O como dijo Cristina, “nos llenaron la cabeza para vaciarnos los bolsillos”. Y esto es tan literal y cierto que no podemos seguir avanzando sin comenzar la reparación del daño hecho.

En este sentido, de lo que hablamos es de la organización desde el llano, que es la que está a nuestro alcance y que depende de nuestra responsabilidad el asumirla con determinación y el objetivo inamovible de generar consensos y persuadir voluntades para salir a ganar las elecciones que definirán los destinos de la Patria para siempre. Porque, en palabras de John William Cooke, “Un clima de rebeldías individuales puede durar indefinidamente sin afectar al régimen que las provoca. Solamente cuando la rebeldía está coordinada y encauzada en un movimiento de liberación adquiere eficacia necesaria para luchar con éxito”. Entonces, como de nada sirve estar todos separados por causa de nuestras diferencias personales o de nuestros gustos particulares, el ejercicio que nos debemos es el de poner por encima de nuestros intereses individuales los intereses colectivos, que son los que nos permitirán construir soluciones a largo plazo para los problemas estructurales que arrastramos en un país que lo tiene todo para ser justo, libre y soberano, pero que permanentemente es atacado desde afuera y desde adentro para impedir que de una vez y para siempre nos convirtamos en potencia y cimentemos el futuro de la Argentina que nuestros libertadores y patriotas soñaron y forjaron con su vida y obra.

Ya lo dijo Don Arturo Jauretche: “Y ahora, lector, sé que tengo que levantarle el ánimo. ¡No se me achique! La historia se hace a pesar de esto. A pesar de todo esto tenemos una conciencia nacional cada día más clara. Es que no se puede tapar el cielo con un arnero ni escupir contra el viento: las verdades se abren paso. Somos millones de argentinos los que sabemos a que atenernos -la gran mayoría- y lo más que logran es confundirnos momentáneamente y en lo episódico; en las grandes líneas sabemos lo que queremos y adónde vamos, y de esa huella no han de apartarnos aunque vengan degollando, o mejor dicho mintiendo, con todo el instrumental que los cipayos disponen”. Hagamos historia.

Por: Romina Rocha.

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