Argentina, entre la guerra y la necesidad.

Telam 20/12/04: LEVANTAMIENTO POPULAR DEL 19 Y 20 DE DICIEMBRE DE 2001, que derivó en la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. Foto: Enrique Garcia Medina

El contexto mundial nos empuja necesaria e indefectiblemente a pensar en qué tipo de vida estamos llevando adelante, en qué condiciones y por cuáles motivos, ya que la realidad es insoportablemente concreta y ya no cabe, en la era de la información y la hiperconectividad, el excusarnos bajo el manto de la ignorancia que nos han puesto en la cabeza hace décadas. La promesa del modelo agroexportador que nos vendieron en los ’90 que afirmaba que “terminaría con el hambre del mundo”, pero 30 años más tarde es innegable que nos trajo todo lo contrario:

  • los índices de hambre, desocupación y pobreza (en un país como la Argentina, que es el octavo en extensión en todo el planeta) no pararon de crecer;
  • ya tenemos a más de 13 millones de fumigados desparramados por todo el territorio nacional;
  • 7 de cada 10 chicos no comen lo que necesitan cada día;
  • ha aumentado la cantidad de personas (sobre todo niños) que padecen sobrepeso, obesidad, diabetes y celiaquía. Cientos de estudios concluyen, pruebas mediante, que la exposición ante glifosato “inhibe las células precursoras del tejido adiposo que previenen el Síndrome Metabólico y la Diabetes”;
  • el crecimiento exponencial de los pooles de siembra y los feedlots deja a cada vez más familias por fuera del mercado agrícola-ganadero, empujándolas a los conurbanos de las ciudades en busca de un medio de vida,
  • medios de vida cada vez más escasos, debido a la simultánea destrucción de la industria nacional y la apertura a las exportaciones que nos reemplazan la mano de obra nacional;
  • desertificación de territorios por el uso exhaustivo con siembra transgénica y aplicación permanente e intensiva;
  • tala indiscriminada para nuevas extensiones de esta siembra, que traen también inundaciones en los meses de lluvia porque la tierra, agotada, no tiene capacidad de absorción ni hay árboles y vegetación que hagan su parte del ciclo;
  • comunidades originarias despojadas de sus cada vez más pequeños territorios, despojadas de los bosques nativos que los proveían de salud y resguardo;
  • envenenamiento de cursos y cauces de agua;
  • pérdida progresiva de soberanía en el control estratégico de nuestros recursos, producto del vaciamiento del Estado Nacional;
  • especulación financiera, fuga de capitales, evasión, depravación exacerbada por la ausencia de regulaciones en puertos y vías navegables,

y una larga lista de etcéteras, a la que le podemos sumar el modelo inmobiliario, que de la mano de los agronegocios depreda nuestro ecosistema y lo vende con todas sus consecuencias adentro.

En este contexto, que cada uno puede ver en mayor o menor amplitud, es imposible seguir sosteniendo que lo único que podemos hacer es ver cómo sobrevivimos, ya que no hay supervivencia posible asegurada para todos los que somos. Esto es un hecho, no una aproximación o una predicción: más de la mitad de nosotros no tiene laburo y no llega a fin de mes. Y ese es el límite que nos han puesto para que no podamos crecer. Porque con una población que se desarrolla en el tiempo consumiendo veneno en todo lo que la rodea, que tiene al 70% de los niños sin alimentarse de lo que necesita todo ser humano para que su cuerpo y su mente se desarrollen, no podemos esperar que nos dirijamos hacia buen puerto. De por sí, la extensión territorial de la que disponemos indica que, a esta altura del partido, debiéramos ser unos 100 millones de argentinos, desparramados por todos lados. Sin embargo, más del 90% vivimos en ciudades y la mayoría de esas ciudades están en Buenos Aires. Esa desproporción abismal, sumada a la eliminación de cada vez más tramos ferroviarios, otrora nexos vitales de gran parte del país; al cierre de grandes empresas fundidas, y al desguace del Estado como motor y garante del crecimiento interno, rápidamente reemplazado (dictadura de por medio) por multinacionales que se ocuparon de hacer todo el trabajo que nosotros, los argentinos, deberíamos y necesitábamos haber hecho.

PH: Pablo Ernesto Piovano, documental «El costo humano de los agrotóxicos».

Pero el plan para la Argentina fue escrito hace mucho tiempo y siempre tuvo una premisa fundamental: que no pudiera ser potencia. ¿Por qué? Porque en el mapa del mundo, pensando que el 80% de las cosas que vendemos y compramos viajan en buque, un país con salida a los océanos Atlántico y Antártico en donde, además, se hallan algunos de los más abundantes hábitats de especies marinas ultra nutritivas y codiciadas del planeta; un país que, para colmo, tiene una plataforma bicontinental inmensa y todo esto ubicado en el lugar más austral y accesible del planeta, de convertirnos en potencia impulsaríamos a despegar a todo Latinoamérica. Pero no se detendría ahí: detrás de nosotros, vendrían todos los pueblos del mundo en busca de su liberación definitiva. Esto, si lo vemos desde el lado del que quiere hacerse poderoso sin importar el costo, es inadmisible. Entonces se hace menos duro entender qué métodos puede utilizar quien tenga estos deseos, ya que los números hablan solos y todos dicen lo mismo: con la cantidad y variedad de recursos que tenemos en nuestro país, distribuidos generosamente a lo largo y ancho de nuestro espacio terrestre y marítimo, deberíamos ser ricos.

Sin embargo estamos cada vez más pobres, y eso no puede explicarse simplemente con un “se robaron todo” dirigido casi exclusivamente a la clase política. No alcanza con la sobrefacturación, con las coimas, los sobreprecios, los sueldos que algunos “vivos” pueden obtener ni con las estafas impositivas que puedan llevar a cabo algunos miles de funcionarios en dicha riqueza. Se necesita de mucha más vehemencia para dejarnos en la situación en la que actualmente estamos. Y ese poder lo tienen, efectivamente, las multinacionales que, en trabajo mancomunado con los organismos de crédito multilaterales y los fondos de “inversión” mundiales, se han instalado en cada lugar del mundo en donde existan recursos para explotar. Algunos de esos países, entre los cuales supimos estar nosotros, se resisten aún a los embates de este modelo devastador, pero lo cierto es que son contados en la actualidad los gobiernos que están preparados para dar semejante batalla.

El trabajo que hicieron las dictaduras militares, en acuerdo con los multimedios dependientes de la pauta publicitaria de cualquier índole, durante las últimas décadas sobre todo en Latinoamérica, buscó doblegar nuestra voluntad como pueblos capaces de presentar real resistencia ante las imposiciones exógenas, convirtiéndonos progresivamente en sociedades atomizadas, adormecidas y frustradas. Y los métodos utilizados a tales fines fueron, a su vez, la pantalla para llevar a cabo la parte clave de esa “labor”: mientras el terror a ser asesinado o desaparecido aumentaba, pudieron dar comienzo al primer gran desguace de la industria nacional, que había sobrevivido al golpe de 1955 del derrocamiento de Perón y la proscripción del peronismo hasta el año 1973. ¿Por qué sobrevivió? Porque parte de la inmensa tarea que se puso en marcha durante los casi dos períodos de gobierno de Juan Domingo, fue la de instruir al obrero en el funcionamiento de la industria, la administración inteligente de los recursos y la planificación estratégica de su producción y comercialización. Es decir, el obrero, que en otro tiempo sólo se dedicaba a cumplir funciones durante su jornada laboral para luego regresar a su hogar, pasó a comprender cómo tenía que hacer para que hubiera más trabajo con mayores beneficios. Y esto también es inadmisible para cualquiera que pretendiese hacerse de nuestras riquezas.

Mapa bicontinental y bioceánico de la República Argentina.

Este marco histórico abreviado al extremo, pero apoyado en sus puntos clave, es el que antecede a la aparición del modelo de agronegocios, ya que hubiera sido imposible convencer a millones de personas a la vez de que en la Argentina no había nada que hacer, salvo sembrar todo y esperar que viniera el dinero. El proceso de primarización de nuestra economía fue un camino elegido con precisión, determinación y firmeza por parte de los interesados en la explotación y administración de nuestros recursos, en complicidad necesaria con los argentinos que decidieron que su Patria se terminaba en la puerta de sus casas. A esta clase de sujetos, acá y en cualquier parte del mundo, se los denomina “vendepatria”, ya que son capaces de entregar a su propia madre por unas monedas. Y esto no es poético, sino tristemente objetivo, porque quien entrega su tierra y sus recursos y riquezas, le está sacando el pan de la boca a los que vendrán después que él.

Ese desarraigo, esa irresponsabilidad y negación de lo trascendente como hecho manifiesto en la comunidad en la que uno convive, es el que nos han inoculado durante décadas, haciéndonos creer que la Argentina (con los argentinos adentro) es una mierda inviable o peor aún, que sería una bendición que viniera cualquier potencia y nos colonizara de una vez, para no seguir dependiendo de lo que los argentinos quisieran o pudieran hacer con la Argentina. En este sentido, la participación de los medios de difusión fue y sigue siendo crucial en la instalación de estas ideas en la población en general, ya que son ellos quienes, financiados por los mismos intereses extractivistas que han proliferado en nuestra casa común, se han ocupado de transmitir las 24hs, los 365 días de la semana, durante décadas enteras, cuáles eran las partes de la “realidad” que debíamos atender. “Realidad” muchas veces construida desde la nada para sembrar ideas específicas en torno a nosotros como individuos, como conjunto, como país y como región, dado que es acá donde abundan el agua, los minerales, los fósiles, los mares, los campos, las selvas, las montañas y las mesetas; es acá donde aún hay mucho espacio por recorrer y aprovechar, y donde más tarde nos empezamos a organizar respecto del resto de los países, que mientras no sabían de nuestra existencia ya se estaban matando entre ellos para ver quién se quedaba con las mejores cosas.

Cuando llegaron acá, ya sabían que la difamación era un mecanismo de disuasión fenomenal, por lo que no les fue difícil la tarea de instalar entre nosotros las ideas que don Arturo Jauretche, en su Manual de Zonceras Argentinas, supiera identificar ya por 1968. Entre ellas, la de que “este país es una mierda”:

“(…) Ningún órgano de opinión se preocupa de explicarle a la población que las constantes aperturas de calles —por el gas, la electricidad, las obras sanitarias, etc.— tienen su causa lógica en que Buenos Aires se modernizó justamente a principios de siglo y de un solo golpe en la parte céntrica, por lo cual también al mismo tiempo termina la vida útil de las instalaciones dentro del radio céntrico. No así en los barrios cuya urbanización se escalonó en el tiempo.

Con un poco de amor al país todos los órganos de publicidad debían dar esta explicación, pero no lo hacen porque subconsciente o conscientemente piensan que este es un país de m… y hay que provocar lamentos y no afirmaciones optimistas. En la misma página o en la siguiente nos informan que París se está blanqueando íntegramente, o de cualquier obra de progreso que se realiza en otro lugar del mundo, con los mismos inconvenientes transitorios para los pobladores… Pero cuando se trata de lo que ocurre en el exterior no se trata de un país de m… sino todo lo contrario.

No pretendo, caso por caso, señalar el empleo de esta amable, sí que escatológica imagen del país, pero interesa a través de lo referido señalar cómo hay una natural predisposición denigratoria, que no es otra que el producto de una formación intelectual dirigida a la detractación de lo nuestro. El lector no tiene más que hacer memoria, y verificar en él mismo, el continuo uso que hacemos de la expresión”.

Don Arturo Jauretche.

Cada una de las cuestiones que aparecen articuladas en este viaje por nuestra historia como Nación son fácilmente comprobables; alcanza con sentarse un rato a investigar en cualquier dispositivo conectado a la red global y uno puede ver, con sus propios ojos, tanto las causas como las consecuencias que arrastramos por no hacernos cargo como conjunto de asumir las riendas de nuestro destino. Y no podemos excusarnos en la presión que los poderes globales han ejercido y ejercen sobre nosotros, porque somos uno de los países (si no el más) ricos del planeta y tenemos experiencias no tan lejanas en el tiempo que demostraron nuestra capacidad de ser justos, libres y soberanos de verdad. Porque esas experiencias fueron llevadas a cabo por personas iguales a nosotros, con distintas potencialidades y limitaciones, todas puestas en armonía en pos del bien común; hubo destacados y discretos, hubo al frente y en la retaguardia, pero los hubo mujeres y hombres por igual que se permitieron pensar en qué teníamos y qué podíamos hacer con eso.

Hoy necesitamos, más que nunca, mirar hacia nosotros mismos para volver a ponernos de acuerdo en algo que debiera ser, de una vez y para siempre, innegociable: en el país más rico del mundo, que más de la mitad de nosotros sea pobre no es producto de nuestras deficiencias, sino de nuestras virtudes no aprovechadas. El egoísmo, el rencor, la ignorancia y la amargura nos han aplastado la cabeza contra el barro pero aún así, hay quienes están trabajando por transformar la matriz productiva radicalmente. Producir de nuevo lo que nosotros y nuestros territorios necesitamos, cuidar el ambiente y procurar aprender de él para enseñarlo a los demás y las decisiones personales que podemos tomar cada día para dejar de alimentar la rueda de la destrucción, son las bases en las que nos tenemos que apoyar como comunidad para construir, entre todos, un nuevo tiempo para la Argentina. Y no es una cuestión de patriotismo nomás; es que si no decidimos nosotros hacia dónde queremos ir, iremos hacia donde nos están llevando los demás.

En el día de los trabajadores, si queremos trabajo o nos hacemos cargo, o nos llevan cargados.

Por: Romina Rocha.

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