De víctimas a victimarios: Una historia que se repite.

La humanidad esta signada por una tragedia, por una tragedia que se repite de manera cíclica. Siempre se reinventa con distintos actores y en diferentes circunstancias, pero en esencia la dinámica de los hechos es la misma.

¿Cuál es la piedra con la que volvemos a tropezar una y otra vez? La misma consiste en la inversión de roles. Quienes en un momento fueron perseguidos se convierten rápidamente en perseguidores si la coyuntura política les resulta favorable.

El ejemplo más significativo que se me ocurre es el del cristianismo. Los primeros cristianos fueron perseguidos, acusados falazmente de incendiar Roma, forzados a vivir y practicar su culto en catacumbas, cuando no eran tomados prisioneros y luego arrojados a los leones en un macabro espectáculo que deleitaba a una masa enfurecida, que acorde a los esfuerzos del poder político dejó de verlos como pares para identificarlos como el enemigo público, un problema por resolver más no sea con una solución sanguinaria.

Lisa y llanamente no se los dejaba vivir en paz. No se les permitía adorar a su Dios y practicar su credo. Eran los herejes de aquel momento. Padecieron bajo el yugo de la persecución permanente.

Luego de tres siglos de existencia y por el criterio de conveniencia del mandamás de turno, el Emperador Constantino, en tan solo un instante el culto más odiado devino ni más ni menos que en Religión de Estado.

Un punto de inflexión donde el cristianismo primitivo se transmuta en la Iglesia Católica Romana.

Constantino no concretó su meta última, que consistía reunificar el Imperio (Dividido en Roma de Oriente y Roma de Occidente por Diocleciano) y reforzar la fidelidad de los súbditos a través de una fe mucho más universal que la antigua religión greco-romana.

No obstante los cristianos vieron realizada su loable objetivo, que los dejen vivir en paz. Pero, naturaleza humana mediante, para muchos no fue suficiente.

Desde la naciente burocracia que Constantino entregó al papa Silvestre I, leyeron una oportunidad de imponer su visión del mundo a fuerza de la espada. Y no la desaprovecharon.

La Iglesia cristiana, hasta hace poco clandestina, adquirió la condición primero de socia del poder político para luego transformarse directamente en un Estado transnacional, que rigió los destinos de medio mundo durante más tiempo de lo que duró la Hegemonía latina en su totalidad.

Y aún hoy subsiste la capacidad del Clero para incidir en la vida pública a través de la política, aunque ya menguada, en una forma reducida y casi culposa por lo que fue.

Sobran otros ejemplos de esa triste transformación de víctimas a victimarios.

Luego de Roma y antes del presente están los primeros burgueses industriales, que en principio querían libertad para comerciar y para producir ante el recelo de los nobles y aristócratas que intentaban ya sin éxito retener el control de la sociedad en su conjunto.

Finiquitada la riña y desplazado el feudalismo, para los burgueses no fue suficiente.

Era la hora de buscar también privilegios corporativos a costa del resto, tal y como lo hacían sus predecesores y amparándose en el mismo recurso, fuente de toda imposición colectiva, la fuerza del Estado.

La libertad les sabía a poco. Los privilegios y prebendas mercantiles pasaron a ser su objetivo.

Siglos después los grandes capitalistas dominan indirectamente el poder político en cuanto menos 150 países y ese es indiscutiblemente el principal de sus negocios, que ya no admiten competencia ni obedecen a lo que pide la demanda, esos son obstáculos absurdos cuando se tiene el monopolio de la fuerza.

Ya inmersos en la actualidad podemos observar otra nítida ilustración de cómo opera esta dinámica de oprimidos/opresores.

El movimiento feminista, originado por el reclamo legítimo de la equidad de derechos entre mujeres y hombres lejos de conformarse con dicho propósito, ya no persigue la igualdad sino todo lo contrario.

Es, a la luz de la evidencia, una exitosa maquinaria de conquista de privilegios para una mitad de la población a expensas de la otra mitad.

El lobby feminista, que cumple numerosas funciones útiles para la élite antes mencionada, ya logró distorsionar el Derecho en la Argentina al punto de extinguir la presunción de inocencia para el sexo masculino.

En las causas por Violencia de Género se opera con un grado de discriminación normativa perfectamente equiparable al de la segregación racial estadounidense o el Apartheid sudafricano.

A modo de ejemplo, un innoble fallo del Tribunal Superior de la Ciudad de Buenos Aires y de la Cámara Nacional de Casación Penal afirma que: “El testimonio de la víctima en estos supuestos tiene en sí mismo valor de prueba para enervar la presunción de inocencia. El valor probatorio del testimonio de la víctima en casos donde por su especial modo de comisión no pueden ser corroborados por otros medios, no puede ser soslayado o descalificado dado que ello constituiría una forma de violencia institucional revictimizante contraria a los parámetros internacionales en la materia.”  

El mismo ha sido citado en las jurisdicciones provinciales como el paradigma de la “perspectiva de género”.

En breve se ha consagrado la idea de que aquello que la mujer manifieste, por el solo hecho de ser mujer constituye prueba fehaciente de los hechos imputados y por consiguiente confirma la veracidad de la denuncia.

Cualquier otro proceder, empezando por supuesto por el que la propia ley establece, “revictimiza” a la denunciante. Se asume su condición de víctima desde un principio y en consecuencia el acusado también es tratado como culpable, por tanto el proceso judicial queda reducido a un mero trámite administrativo, aunque esté en juego la libertad de un inocente.

Dicho criterio no resiste el menor análisis.

No hay forma de civilización posible prescindiendo de la presunción de inocencia y la igualdad ante la ley.

El precio de la libertad propia es reconocer la del prójimo. Si quiero obtener una sanción penal para un presunto agresor de mis derechos, debo poder probar dicha agresión.

Y si no queda debidamente demostrado, no puede haber condena.

Debe reconocerse la frustración de quién habido sido víctima real de un delito y no puede probarlo, pero bajo ninguna circunstancia eso implica perder de vista que esa misma persona puede ser acusada falazmente, y el calvario que sobreviene luego de la condena de un inocente es por todos imaginable.

Para tal fin se pensaron las garantías procesales que ahora languidecen.

Es curioso observar, que quienes ahora sostienen el “paradigma de género” y la abolición de la presunción de inocencia, en su momento eran fervientes abolicionistas del derecho penal.

Sería interesante que expliquen a la sociedad la cuadratura de su círculo y esa transformación radical de su pensamiento.

A estas alturas del escrito resulta imperioso consignar que el único derecho real del ser humano puede resumirse en que lo dejen vivir en paz. Cualquier otra demanda que implique un privilegio sobre sus pares es una distorsión del derecho y por consiguiente generadora de severos conflictos.

Cuando nos ponemos delante de nuestro prójimo exigiendo aquello que por derecho natural no nos pertenece, por más normas, y fallos que validen esta pretensión (derecho positivo), estamos socavando la convivencia civilizada, la paz social y por sobre todas las cosas, la libertad humana.

El Derecho es una herramienta para permitir la coexistencia pacífica de las personas en sociedad. Si la ley me permite avasallar al otro, pasa a ser parte del problema que debería resolver…

Como consignó en su día Frederic Bastiat: “¡La ley pervertida! ¡La ley —y con ella todas las fuerzas colectivas de la nación—, la ley, digo, no sólo desviada de su fin, sino aplicada a perseguir un fin directamente contrario al que le es propio! ¡La ley convertida en instrumento de todas las codicias en lugar de ser su freno!”.

Endosado hace cuarenta años (no más) al espectro feminista aparece el lobby LGBT. Al igual que el feminismo, el movimiento gay comenzó con una lucha tanto o más justa y necesaria que aquel, puesto que mientras las mujeres del siglo XIX podían acusar inequidad jurídica, los homosexuales han sufrido represión activa, agresiva y sistemática en diversas ocasiones de la historia y en variadas latitudes.

Los activistas de principios y mediados del siglo XX abogaron también por ser dejados vivir en paz. Porque ninguna institución ni persona se inmiscuya en sus respectivos proyectos de vida y su intimidad sexual, ya sea con la impostada excusa de imponer un canon “moral” o con cualquier otra.

Habiendo concretado sobradamente este objetivo nuevamente vemos cómo se inaugura una nueva demanda de derechos.

Ya no basta con lo justo, que los homosexuales puedan disponer libremente de su cuerpo y obrar de acuerdo a sus deseos personales, sino que es menester que el Estado los ayude a incidir en el estilo de vida y la forma de pensar de los heterosexuales.

Básicamente se prohíbe todo disenso con el ideario LGBT, financiado y patrocinado por todas las instituciones de gobernanza global empezando por la ONU.

Por citar tan solo un ejemplo, en Estados Unidos un jurado obligó a reposteros calvinistas a diseñar pasteles para bodas de homosexuales bajo aparecimiento de una multa millonaria.

Queda en claro que mientras se le reconoce a los homosexuales la fundamental soberanía de su propio cuerpo, ya no se le permite a los calvinistas disponer libremente de su propiedad ni tan siquiera ejercer su libertad de consciencia, valor tan indispensable como lo primero.

Esto no quiere decir que a mí me agraden los argumentos y formas de pensar de los pasteleros puritanos, pero la libertad humana no depende de los gustos personales de cada quién, precisamente el problema que aquí tratamos reside en cómo ciertos grupos imponen criterios propios al resto de los individuos.

Cambian los criterios, pero se mantiene firme e impertérrito el hábito barbárico de imponerlos con violencia.

De perseguidos a perseguidores, de víctimas a victimarios, la tendencia de exigir a los demás lo que tienen que pensar o hacer con sus vidas parece tristemente ligada a la condición humana.

De la antigua Inquisición a la moderna, en tanto las personas conscientes no actúen consistentemente contra toda forma de opresión, venga de quién venga y cométase contra quien se cometa, seguiremos condenados al repetir los mismos ciclos perpetuamente.

Como en su día los ilustrados lograron separar la Iglesia del Estado, hoy nos toca separarlo de la Mitología de Género.

Y cuanto antes, mejor.

*FLAVIO GARDELLA es abogado y Coordinador de Libertad y Equidad en Mendoza.

Blog del Dr. Gardella: http://1984distopiadehoy.blogspot.com

Página oficial de Libertad y Equidad: www.LibertadyEquidad.org

Artículo publicado en REVISTA INSOMNIO #6
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