El dilema del soporte (Parte II).

En la primera entrega de esta nota editorial escribí -muy escuetamente- sobre la importancia real del soporte, luego de relatar mis experiencias personales en los -por entonces- nacientes medios digitales y alternativos de comunicación, llegando a la conclusión de que el soporte digital no garantiza en absoluto la perdurabilidad de la información en el tiempo. Como escribí en su momento, de todo aquello apenas sobreviven escasos e incompletos registros que, si bien sirven para certificar de manera efectiva la existencia concreta de dichos proyectos, por incompletos no ayudan a comprender las verdaderas dimensiones de los mismos. Sin embargo esta apreciación resultó ser extremadamente subjetiva, cosa que comprendí tras publicada la revista, cuando mi viejo ladero -el “Ninja” Romero- comenzó a enviarme todo tipo de material registrado durante los años en que hacíamos ‘Masacrador.com.ar’; lo que dio por tierra con mis conclusiones primarias obligándome a un profundo replanteamiento de conceptos. Efectivamente, gran parte de nuestro trabajo todavía sobrevive vagando por ‘la nube’, aún a pesar de que su acceso tiene un carácter ciertamente restrictivo por estar alojado en servidores privados; pero ahí están artículos, fotografías y gráficas intactas a casi quince años de haber sido concebidas.

Como hice referencia al final de la nota, la importancia del soporte es absoluta y depende de las necesidades propias tanto de los emisores y los receptores como del mensaje mismo. En este sentido, las ventajas ofrecidas por el soporte digital son evidentes en tanto que su producción posee costes ínfimos con relación a su contra cara física, que además no se encuentran atados a su reproducción y distribución, lo que le otorga una versatilidad superlativa que nos permite llegar de manera instantánea a una enorme cantidad de público sin la necesidad de invertir grandes sumas de dinero. Por tales motivos, el soporte físico atraviesa un proceso de retroceso que lo despojará de su condición de ‘formato estándar’, relegándolo finalmente al mero hecho del coleccionismo, como sucede hoy con los discos de vinilo. Claro que no desaparecerá, pero su escasa practicidad de manejo y su prácticamente nula rentabilidad económica actual han decretado ya su virtual obsolescencia frente a un soporte que prescinde de espacios de almacenamiento físico y posee costos de producción y distribución que otorgan un mayor margen de ganancias; y esto nos lleva a la siguiente interrogante: ¿Camina ‘lo tangible’ rumbo a una literal obsolescencia?

En las cuestiones inherentes al soporte, la respuesta se evidencia en la digitalización de todas las herramientas y los bienes de consumo que así lo permiten. Plataformas como Youtube o Netflix están cambiando el paradigma de la comunicación audiovisual de una manera tan radical que ha obligado una transformación parcial de los sistemas de televisión tradicional, la radio ‘en línea’ se ha vuelto tan popular que hasta las clásicas radioemisoras convocan un mayor número de oyentes a través de sus transmisiones por internet sumándole a estas la opción de observar a los locutores por medio de una cámara (amén del surgimiento de nuevos formatos como el ‘podcast’), los periódicos más prestigiosos del mundo han comenzado a usufructuar beneficios de sus portales y ediciones digitales en detrimento de sus versiones impresas (salvo en Argentina, donde los dos diarios más importantes poseen el monopolio del ‘papel prensa’, lo que reduce sus costos de producción a cifras ridículas), el formato mp3 se convirtió en el estándar de distribución para el mercado de la música brindándole nuevas y mejores posibilidades de difusión a los artistas y agrupaciones ‘subterráneos’ al igual que lo hacen los ‘e-books’ con escritores y periodistas que en otras épocas hubieran estado condenados al anonimato de no haber tenido la suerte de contar con un buen mecenas o ‘caerle en gracia’ al dueño de una importante editorial, miles de empresas de todo el mundo -y desde hace varios años- han atravesado un exitoso período de digitalización de su información y sus procesos tanto productivos como organizativos, la informatización y el surgimiento de las redes sociales han propiciado el nacimiento de nuevas ofertas dentro del mercado laboral fortaleciendo conceptos como el trabajo ‘independiente’ y ‘a distancia’, las plataformas de pago electrónico y las llamadas ‘criptomonedas’ están en auge, y hasta las agencias de recaudación fiscal han implementado exitosamente sistemas de ‘facturación electrónica’ para varias categorías de aportantes autónomos, comercios y empresas de servicios.Como podemos apreciar, ‘lo tangible’ ha pasado ‘de facto’ al plano de la obsolescencia en aquellos ámbitos que así lo permiten; sin embargo, no todo es ‘color de rosas’, y esta “evolución” tecnológica desaforada trae aparejadas una serie de complejas problemáticas que afectan -o afectarán- negativamente a gran parte de la población mundial, ya sea de forma directa como indirecta. No estoy hablado de las dificultades adaptativas atribuidas al orden generacional conocidas como “brecha tecnológica” y que, de hecho, se han reducido notablemente gracias a factores como la masificación de los ‘teléfonos inteligentes’ y la potenciación del carácter intuitivo de las nuevas plataformas, aplicaciones y sistemas operativos; tampoco a la manipulación, el tráfico y la comercialización ilícita de nuestra información privada perpetrada por empresas denominadas ‘data-brokers’ asociadas a los capitales dueños de las redes sociales y ‘consultoras’ de todo tipo, como es el caso de Cambridge Analytica y Facebook; o la enajenación colectiva y la degeneración de las relaciones sociales producto de una ‘virtualidad’ exagerada, mal comprendida y peor practicada. Me estoy refiriendo a calamidades tales como el incremento exponencial del desempleo producto -entre otras cosas- de la extinción definitiva de millones de puestos de trabajo, amén de unos niveles de precarización laboral brutalmente inhumanos, y todas las clases de ominosas aberraciones que pudieran derivar de un contexto semejante. En este sentido, si quieren echar un vistazo al posible futuro que le espera a la clase trabajadora, basta con preguntarle a un ‘chofer’ de Uber, un “rapitendero” o un repartidor de Globo acerca de los avatares inherentes a las condiciones en las que ejercen sus labores y las interacciones que mantienen con las empresas a las que prestan sus servicios. Esta nueva modalidad de “contratación” nacida del lado más oscuro y depravado del adelanto tecnológico reciente recibe por nombre el eufemismo de “economía de plataformas”, y su franca expansión en el mercado laboral y el ámbito empresarial producto de las ventajas que ofrece a los contratantes y de las delirantes aspiraciones de grandeza que el concepto de ‘meritocracia’ ha instalado en una juventud ignorante, perezosa y nihilista, ha sido bautizado como “uberización de la economía”; sin embargo, estos y otros confusos ‘neologismos’ no son más que un torpe maquillaje para intentar embellecer el grotesco y repugnante rostro de la pauperización del trabajo en todas sus formas y, por ende, de la dignidad humana. 

Aún así, tal cosa sólo es una posibilidad junto con la cual deben de considerarse otras tantas compuestas por una sumatoria de factores cuya conjunción pudiera ‘amortiguar’ -en mayor o menor medida- el impacto producido por estos vertiginosos cambios de paradigma y la consecuente alteración de las dinámicas propias de las interacciones que se dan dentro de nuestra sociedad. Estoy hablando, por citar algunos ejemplos, de la saludable tendencia hacia la sindicalización que suele darse en muchos países, nuevas fuentes de trabajo nacidas para cubrir las necesidades propias de estos novedosos sistemas y la regulación de las nuevas modalidades de contratación junto con el desarrollo de modalidades alternativas, o el surgimiento de nuevos mercados destinados a satisfacer las diversas demandas nacientes.

Si bien todo lo anteriormente expuesto no es más que una simple ‘futurología barata’ basada en el análisis -ciertamente sesgado- de esa pequeña porción de la realidad que nos resulta más familiar en tanto que corresponde a una cotidianidad -relativamente- común dentro los parámetros de nuestra sociedad occidental; el frenético avance tecnológico que hoy presenciamos posee otro aspecto, todavía más siniestro, al que aún no he hecho referencia dado que su delicado carácter lo hace merecedor de un tratamiento ‘especial’. ¿Qué son las “Inteligencias Artificiales”, qué papel desempeñan actualmente y cuál será su rol en las sociedades del futuro?

Existe una gran controversia con relación a este asunto, principalmente en lo que se refiere a la amplitud en su definición y al rol que las IA jugarán en los tiempos venideros, aunque -en mi opinión personal- su presente papel constituye un motivo suficiente como para asumir una saludable postura de preocupación al respecto. Como respuesta a la primer interrogante podríamos decir que, a grandes rasgos, la Inteligencia Artificial es la simulación de procesos intelectivos (como el aprendizaje, el razonamiento y la auto-corrección) realizada por medio de una determinada combinación de mecanismos ajenos al orden biológico y -por ende- al ámbito propio de la naturaleza, como pudieran ser máquinas o sistemas de cómputos. La IA ha dejado de ser un potencial para convertirse en un hecho concreto que corresponde al más presente de los presentes y su integración se ha vuelto masiva en todos los niveles posibles; aún así debemos recordar que, a pesar de los logros conseguidos en esta materia, muy lejos estamos de comprender la naturaleza de los procesos que componen aquello que denominamos “inteligencia” y, por lo tanto, más lejos nos encontramos de poseer la capacidad de emularlos artificialmente. Si bien el término IA fue acuñado por el informático estadounidense John McCarthy en el año 1956, dicho concepto no es propio de nuestros ‘tiempos modernos’ y sus orígenes pueden ser rastreados -incluso- hasta la ‘antigua’ Grecia, cuando el hombre comenzó a manufacturar una serie de primitivos constructos mecánicos conocidos por el nombre de “autómatas” y destinados a facilitar aspectos de la vida cotidiana mediante la automatización de tareas simples como, por ejemplo, la apertura de puertas.

Tal vez Usted no se lo haya puesto a pensar pero, al día de hoy, nuestra vida depende en gran medida de la ciencia que se encuentra detrás de estas “inteligencias” y su aplicación, ya sea en campos tan complejos como el diagnóstico médico y la administración de procesos industriales, o tan superfluos como nuestros video-juegos y las redes sociales. En este sentido, los beneficios aportados por esta disciplina resultan evidentes e innegables aunque, al igual que sucede con los desarrollos tecnológicos que analizamos anteriormente, su implementación no está exenta de acarrear una serie de perniciosas consecuencias que atentan severamente contra el correcto funcionamiento de la sociedad y las interacciones entre los individuos que la componen. No obstante, aquellas facetas de la IA que verdaderamente representan un factor de riesgo tangible y contundente para la humanidad, ya no con perspectivas a futuros próximos o distantes sino al mismísimo tiempo presente, suelen quedar relegadas de la discusión mediática -e incluso académica- y, dado que poseen un carácter extremadamente mundano, terminan opacadas por el magnetismo que genera la imponente espectacularidad con la que otras facetas se prestan a ser tratadas, aunque estas últimas pudieran -o no- carecer total o parcialmente de bases científicas sólidas o argumentos medianamente lógicos o coherentes. Esto se debe, en gran medida, a la existencia de un atávico temor vinculado a la supervivencia del género humano fuertemente alimentado y explotado tanto por el sensacionalismo mediático como por la literatura o el cine y que, al alcanzar dimensiones de grado patológico, se lo conoce como “Síndrome de Frankenstein”; una denominación cuyo origen deriva de la novela escrita por Mary Shelley y publicada en el año 1818, en la que se plantea la inquietud de que las mismas fuerzas utilizadas por la humanidad a fin de controlar la naturaleza pudieran volverse en su contra sometiéndola a sus propios designios y conduciéndola finalmente hacia una extinción definitiva, cuestión que alcanza su mayor representación simbólica al momento en que el ‘monstruo’ se dirige hacia el Dr. Victor Frankenstein con la frase: “Tú eres mi creador, pero yo soy tu Señor”. De esta manera, los verdaderos peligros inherentes a los avances conseguidos -y por conseguir- en los campos de estudio que comprenden a la IA han quedado sepultados bajo la ficticia y extravagante idea de una especulativa “rebelión de las máquinas” como principal componente de futuristas distopías que, siendo la base argumental de un gran número de exitosas producciones literarias y/o cinematográficas, ha logrado instalarse en la cultura popular como una posibilidad latente y con grandes chances de convertirse en una realidad efectiva. Sin embargo, no podemos atribuirle toda la culpa de esto al ‘amarillismo’ y la ‘ciencia ficción’; la retorcida idea que prima en la cabeza del ‘común de los mortales’ al respecto de la IA encuentra uno de los mayores justificativos de su existencia en las declaraciones públicas de un puñado de científicos y empresarios cuyo renombre y prestigio a nivel mundial dan vida a una gigantesca falacia de autoridad que muchos malentienden como el aval definitivo e incuestionable de sus -probablemente equivocadas- teorías “conspiranoicas”. Sin ánimos de extenderme demasiado, puedo citar brevemente algunos ejemplos como el caso de Stephen Hawking, quien a finales del año 2014 declaró ante los micrófonos de la BBC de Londres sus temores al respecto de los avances en el desarrollo de la IA. Si bien estas declaraciones son reales, pocos se remiten a analizar el contexto dentro del cual las mismas fueron emitidas: se trataba de una entrevista en la que el científico compartía sus apreciaciones sobre el -por entonces- nuevo sistema informático destinado solventar las dificultades comunicacionales derivadas de la esclerosis lateral amiotrófica que paralizaba la mayor parte de su cuerpo, y que se encuentra basado en una IA llamada Cleverbot. Además, quienes citan con frecuencia las declaraciones de Hawking parecen no haber leído la entrevista completa ya que omiten hacer referencia a otros pasajes en los cuales expresa su entusiasmo con respecto a dichos avances tecnológicos. Aún así, no fue esta la única oportunidad en la que el brillante físico se tomó el trabajo de advertir sobre el potencial peligro que la IA podría representar para la humanidad en un futuro próximo y, a poco más de un mes de brindar dicha entrevista, estampó su firma junto a la de Elon Musk y Mustafa Suleyman -entre otros- en una ‘carta abierta’ dirigida a la ONU; pero, como suele suceder, los medios de comunicación -en su mayoría- volvieron a sacar las cosas de contexto dando a entender que la misiva correspondía a una solicitud por frenar todas las investigaciones presentes y futuras en cuanto al desarrollo de estas “inteligencias” cuando, en realidad, la iniciativa centraba su foco exclusivamente en la aplicación de tales tecnologías para el ámbito bélico. Por otro lado tenemos el caso de Bill Gates quien, casi en simultáneo con Hawking, también se expresaba en esta misma línea de pensamiento, aunque pareciera ser que con el correr de los años ha modificado su postura al respecto, y en la actualidad no hace más que arrojar loas a las “máquinas pensantes”. Para cerrar el tema, poco -o, en realidad, mucho- se puede decir sobre Elon Musk, que por un lado se muestra cual “profeta del apocalipsis” predicando el advenimiento del fin del mundo a manos de malvadas máquinas similares a la ficticia “Skynet” y, por el otro, invierte fuertes sumas de capital en el desarrollo de las mismas en tanto que constituyen el elemento central de los “autos inteligentes” producidos por Tesla Motors, su empresa automotriz de vanguardia.

En resumen, creer en -y temer a- una “rebelión de las máquinas” es una soberana estupidez rayana a la oligofrenia absoluta, y de la que no escapan ni siquiera las mentes más privilegiadas. No deja de ser una posibilidad, sí, pero su margen de probabilidades resulta exageradamente bajo en comparación a otros escenarios.

Entonces ¿Dónde radican los verdaderos factores de riesgo inherentes a las IA y su implementación a distintos niveles y en los diversos órdenes que comprenden a la sociedad en general? Las IA no representan en sí mismas -y, por el momento- un verdadero peligro para la humanidad y su posición dominante dentro del orden natural, sino a través de su instrumentalización total o parcial. Con esto quiero decir que tan solo son herramientas y su peligrosidad depende en gran medida de las formas en las que las mismas sean utilizadas y de los objetivos que con ello se persigan.Más allá de las negativas consecuencias en materia laboral -y, por tanto, económica y social- que la integración de las IA trae aparejadas, y que no resultan diferentes a las derivadas de la integración de otros avances tecnológicos recientes, como ya analizadas en párrafos anteriores; podríamos plantear dos escenarios distintos en los que la implementación de las IA pudiera representar un beneficio para uno o varios sectores y a la vez un peligro concreto o potencial para otros. En el escenario “A”, una IA dedicada al diagnóstico médico avanzado descubre, por medio de la comparación y el análisis estadístico de los datos obtenidos de un gran número de pacientes, que ciertos fármacos o tratamientos -presuntamente- destinados a curar determinadas enfermedades o reducir el impacto provocado por sus síntomas, pudieran resultar ineficientes o directamente contraproducentes. ¿Qué pasaría si estuviésemos hablando de tratamientos tan complejos y onerosos como los aplicados al cáncer o al SIDA, tras los cuales existe una gigantesca maquinaria de negociados que diariamente pone en juego miles de millones de dólares en concepto de subvenciones a la investigación y contratos de provisión con fundaciones, ONG’s o los organismos de la sanidad pública? Para quienes padecen de tales enfermedades, en particular, y para toda la humanidad en general, esto podría representar un beneficio de dimensiones incalculables; para la industria farmacéutica y los ‘cárteles’ que manejan el negocio de la ‘salud’, por el contrario, significaría un colapso de proporciones ‘bíblicas’. Visto de este modo, lejos de constituir una amenaza para la supervivencia del género humano, la IA se transformaría en uno de los principales garantes de la misma.Por otro lado, si nos ajustáramos más al carácter sombrío del mundo en que vivimos, podríamos encontrarnos con la otra ‘cara de la moneda’ expresada en un escenario “B” donde las IA actuarían como herramientas al servicio de los intereses de los distintos ‘sectores de poder’ que actualmente componen la hegemonía global y que pugnan entre sí por el control de la misma. A diferencia del escenario “A”, el “B” trasciende al terreno de lo hipotético o lo meramente especulativo y, si bien aún no se ha convertido en una realidad completa o cien por cien efectiva; mucho no le falta para serlo. Les pediría, como sucedió con el escenario anterior, que imaginasen tal o cual situación; sin embargo, en este caso, podríamos remitirnos a una serie de hechos debidamente documentados y contrastables que evidencian la utilización de inteligencias artificiales en aras de favorecer los mezquinos intereses de ciertos sectores. Dado que esta nota editorial ya se ha extendido demasiado, no profundizaré en el análisis de estos sucesos, asunto que quedará pendiente para la tercera entrega; aún así, expondré brevemente dos ejemplos del uso pernicioso que reciben las IA en la actualidad y sus probables consecuencias.La primera vez que tuve contacto con este tema fue a mediados del año 2014 y de la boca del divulgador financiero Max Keiser. En un comienzo, la idea de que determinados medios masivos de comunicación estuvieran reemplazando silenciosamente a sus periodistas con una suerte de “robots” informáticos capaces de llevar a cabo exitosamente las distintas instancias del proceso periodístico dando como resultado una redacción difícilmente diferenciable a la arrojada por el uso de las capacidades intelectuales humanas, me resultó aún más disparatada que las más audaces y arriesgadas teorías conspirativas del momento. Triste fue el instante en que, tras chequear debidamente esta información, me vi obligado a asumir las desoladoras verdades de una realidad que tiende a volverse más y más siniestra a medida que indagamos en la profundidad de sus entrañas. En efecto, Keiser no sólo estaba en lo correcto: se había quedado corto. Lo alarmante de este asunto no recae únicamente en la depreciación del oficio o en la pérdida de numerosas fuentes de trabajo. A esta altura del S.XXI todos comprendemos, en mayor o menor medida, qué son los ‘bots’ y cómo operan a sus anchas dentro de los límites de la Internet y, más específicamente, en las redes sociales. Ahora imaginen que estas “inteligencias artificiales de bolsillo”, además de poseer la capacidad de poblar la ‘red’ con ‘perfiles’ apócrifos e inundarla de informaciones y noticias falsas, fueran dotados en la habilidad de crear estas últimas con una estructura sintáctica y una solidez argumental propias de luminarias como Rodolfo Walsh o Hemingway. Bueno, no se lo imaginen, porque ya está sucediendo: ¡Bienvenidos al presente!No obstante, antes de cerrar el tema (y esta edición de la revista), voy a subir la apuesta como si fuera Torrente jugando en un casino de Marbella: ¿Saben dónde se deciden los asuntos más importantes de la economía global, que -entre otras cosas- se traducen en el precio de nuestra vida cotidiana? En las ‘bolsas de valores’. Allí, diariamente, tienen lugar miles de operaciones y movimientos de capitales que decretan el precio de las materias primas, los productos, los servicios, las propias empresas, las deudas públicas o privadas y el mismísimo dinero. Los responsables de llevar a cabo estas transacciones; ya sea a título de bancas o fondos de inversión, compañías y corporaciones (solas y en grupo), inversores particulares y otros tantos “actores”; son conocidos como “brokers” o “corredores”. A grandes rasgos, un “corredor de bolsa” es una persona física o jurídica que oficia tanto de mediador entre compradores y vendedores como de consejero o consultor, y su éxito depende pura y exclusivamente de dos factores clave e intrínsecamente relacionados: la habilidad para realizar certeros pronósticos mediante el estudio de modelos matemáticos predictivos basados en un minucioso y preciso análisis que comprende tanto a la coyuntura como al contexto y las vicisitudes históricas de índole política, económica y social que dan forma a los mismos; y, principalmente, de la habilidad para conseguir y manejar todo tipo de ‘información privilegiada’. Desde los albores de ‘la era tecnológica’ hasta nuestros días, la utilización de sistemas y procesos informáticos ha reemplazado al factor humano en gran parte de -o, por no decir ‘casi’ todos- los menesteres que hacen al ámbito ‘bursátil’ y no hace falta que explique el por qué, como tampoco hace falta aclarar qué sucedería si los grandes especuladores y otros delincuentes económicos se hicieran con herramientas que les permitiesen multiplicar exponencialmente su ya desmesurada capacidad de daño, y todo esto sin la necesidad de abandonar una confortable reposera frente al Mar Caribe o una ‘suite presidencial’ repleta de putas, falopa y con vistas panorámicas de las playas de Miami.

Y entonces ¿Qué tienen que ver las IA con “el dilema del soporte”? Mucho. En la próxima entrega les contaré más.

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

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