Fe.

Gobekli Tepe, cuna de la civilización.
Gobekli Tepe, cuna de la civilización.

La segunda parte del editorial “El dilema del soporte”, publicado en nuestro número anterior, deberá esperar hasta la edición del mes de mayo, al igual que gran parte del material periodístico que habíamos pensado para esta entrega. Hoy necesito escribir acerca de un asunto mucho más importante y trascendente, sobre todo en el contexto propio de los tiempos que corren.
Hace pocos días se difundió un video en el que unos jóvenes celebraban -literalmente- con bombos y platillos tras concluida una misa realizada en la Basílica de Luján. Como los ‘pibes’ eran ‘negros’ y cantaban cual ‘barrabravas’ al sugestivo ritmo de los ‘parches’ frente a un Altar vestido de ‘trapos’ y pancartas; no faltó el imbécil que, sin mediar análisis alguno, los identificó inmediatamente como “militantes ‘kirchneristas’ de La Cámpora”, y luego se dispuso a poner ‘el grito en el cielo’ a fuerza de una indignación inducida por la brutalidad de sus sesgos cognitivos. Tras él (o ella, Dios sabrá), una jauría de -iguales- imbéciles corrió desaforada hacia las redes sociales a descargar su venenoso odio, amparando sus violentos discursos en apreciaciones subjetivas sobre un acontecimiento del que apenas pudieron observar unos escasos 144 de los 172.800 segundos que el mismo duró, totalmente ajenos a la menor noción del contexto en que fue capturado el dichoso ‘metraje’. En un santiamén Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Whatsapp, Reddit y hasta Tinder se vieron inundados en la ponzoña de una “gente bien” que agraviada contemplaba lo que suponían la “violación depravada” de ‘la Iglesia’ a la que creen pertenecer y los “valores” que dicen profesar. Como siempre, las ‘ovejas descarriadas’ se encontraban absolutamente equivocadas, cegadas por una repulsión visceral hacia cualquier tipo de expresión social y cultural que pudiera atentar contra las retorcidas idealizaciones de su moral tarada; por suerte, en esta ocasión no bombardearon la Plaza de Mayo ni derrocaron a Perón, aunque todavía no sabemos a ciencia cierta si tal cosa se debe a que se han vuelto más ‘histéricos’, más estúpidos… o más cobardes. 

El domingo 10 de marzo, Jorge García Cuerva -Obispo de Santa Cruz- ofició un Servicio Religioso en la Basílica de Luján como cierre de un evento celebrado durante ese fin de semana y que supo congregar a más de 3.000 católicos de todo el país representando a los 170 Centros Barriales pertenecientes a la red Familia Grande – Hogares de Cristo. No eran ‘negros planeros’ como vomitó la ‘ofendida puritanía’ en sus publicaciones, eran jóvenes de los barrios marginados, algunos de los cuales probablemente fueran -además- hijos de los humildes trabajadores a quienes la violenta turba indignada acostumbra precarizar; y no festejaban a ningún ‘político demagogo y proselitista’ o “Barón del Conurbano” alguno, sino que expresaban su enorme alegría por haber encontrado un camino cuyo recorrido los está alejando de los padecimientos derivados del oscuro flagelo de las drogas y sus perniciosas consecuencias, y también por sentirse genuinamente acompañados en un arduo y desgastante proceso de recuperación que, de a poco, les irá devolviendo ese lugar que -por derecho- les corresponde como provechosos integrantes de la comunidad. Los ‘trapos’ que colgaban del Altar junto a la imagen de la Virgen no pertenecían a ningún tipo de ‘liturgia peronista’ o manifestación política -y mucho menos- partidaria, es necesario entender que no todo el mundo posee el dinero suficiente como para dejar una placa de bronce en agradecimiento la Madre María o el Santo ‘de turno’ y, como la gratitud prima en importancia sobre la vulgar ostentación o la egoísta jactancia, optaron por manifestarla a través de los medios que tuvieron a su alcance, sabiendo que divinidad alguna entiende o repara en aspectos de índole meramente estética y superficial.
Al parecer, el asunto se tornó tan álgido que hasta Infobae, un medio sumamente propenso a exacerbar la enajenación inherente a quienes padecen de ‘indignación fácil’, se adjudicó la tarea de volcar un poco de luz sobre la oscuridad con la que algunos interpretaron los hechos.(1)
No obstante, este suceso no es el centro de la nota editorial sino el disparador de las cavilaciones que la habitan; no hablaré sobre la inmensamente loable obra del Padre Pepe y los ‘Curas villeros’ -por lo menos, no por ahora-, ni sobre la oligofrenia de aquellos que profesan una degenerada deformación clasista, elitista y privativa del catolicismo, tampoco del errático comportamiento de las autoridades eclesiásticas, y mucho menos de la religión católica como tal. La Fe, en sí misma, constituye uno de los constructos filosóficos más brillante que el género humano pudo desarrollar, sobre todo en su faceta civilizatoria, sin olvidar su eficiencia en tanto ordenador social; indiferentemente del elenco religioso en el que tenga lugar, incluyendo a los ámbitos ateístas. Y “la Fe”, como tal, está siendo atacada por diversos sectores, también desde sus propios cimientos, y de manera obstinadamente rabiosa e incluso, me arriesgaría a afirmar, en forma totalmente deliberada.

Malvivimos épocas oscuras, confusas y desesperanzadoras; en las cuales la realidad efectiva nos marca que, de no mediar enormes esfuerzos colectivos por enderezar el rumbo de nuestra civilización, vendrán tiempos peores. No pretendo -ni creo- pecar de ‘fatalista’, sólo me hago cargo como ser humano de la decadencia a la que hemos arrastrado a nuestro género. Lo hago porque estoy convencido de que cada uno de nosotros, a pesar de nuestras -pretendidas- buenas intenciones, terminamos aportando algo -en mayor o menor medida- a la frenética carrera por alcanzar estas ‘altas cumbres de la miseria’ en las que hoy reposa la humanidad entera, y que tienen su reflejo en los avatares de la era presente. La caída y el colapso del sistema económico, social y cultural global es un hecho inevitable e irreversible y esto, lejos de ser un motivo de festejo, tendría que motivar una preocupación y una angustia de grado existencial; pero no lo hace, principalmente, porque las generaciones a las que pertenecemos no serán testigo de tan brutal acontecimiento: con suerte tocará a nuestros nietos y sus hijos presenciarlo y sufrir sus devastadoras consecuencias. Como todo derrumbe, éste dejará tras de sí una inconmensurable estela de muerte, humo y escombros; aunque, a pesar de dichas implicancias, lo peor recaerá sobre los hombros de aquellos sobrevivientes, quienes cargarán con la responsabilidad de construir una nueva civilización sobre las ruinas de la nuestra.
El propio sistema nos ofrece dos alternativas: el apático camino del nihilismo, o el ansioso y torpe “extremismo” “anti-sistema”. Pretender componer lo mal obrado, según argumentan desde ambos lados, constituye un “reformismo iluso” que sólo contribuye a ‘prolongar el sufrimiento y la agonía de esta enfermedad’; aunque la historia nos demuestre que la indiferencia y la reacción fueron y son las herramientas con las que este sistema irracional ha logrado sostenerse en el tiempo, aún a pesar de sí mismo. No obstante, todavía existimos sobre la tierra quienes consideramos altamente viable -pero, sobre todo, necesaria- la idea de mejorar las condiciones de vida de quienes padecen la ignominia de un sistema hecho por y para la maniática codicia de unos pocos; y nos abrazamos, tanto como nos es humanamente posible, a una ética de conducta que promueve la comprensión y la empatía en tanto valores universales expresados en conceptos tales como ‘amar al prójimo igual que a uno mismo ‘ y ‘poner la otra mejilla’.

Cuando me refiero a que “la Fe” se encuentra bajo ataque, no estoy hablando puntualmente de “la Fe” cristiana; más bien lo hago en términos generales. El catolicismo no es más bastardeado hoy que el judaísmo o el Islam. Como ejemplos, podemos citar las críticas -en cierta medida- acertadas que los sectores progresistas e izquierdistas alegan con relación a los espurios procederes de la Iglesia Católica en tanto institución corporativa, aunque erróneamente atribuidas también -y por extensión- a sus tradiciones y liturgia; o las falaces acusaciones de ‘fanatismo religioso’ que suelen sufrir los musulmanes gracias a las extremas deformaciones interpretativas que determinadas sectas realizan con las enseñanzas que integran el Sagrado Corán, como si el Irgun o la Falange Cristiana no respondiesen a tergiversaciones similares de sus correspondientes credos. Por otro lado, el judaísmo es constantemente ensuciado por aquellos -tanto judíos como anti-judíos- que falsamente le atribuyen a sus milenarias tradiciones los horrores propios de una ideología política contemporánea de carácter liberal, malthusiano y darwinista con la que únicamente comulga una -aunque poderosa- minoría que nada tiene que ver con los judíos propiamente dichos, su rica historia y sus nobles valores. Ni que hablar de los ateos y su Fe en las capacidades intelectuales del hombre, sistemáticamente estafada por un círculo académico y científico ‘oficial’ ultra dogmático, más interesado en proveer a un puñado de turbios intereses económicos el “prestigioso” aval de ‘las ciencias’ que en fomentar la producción de nuevos saberes y profundizar la comprensión de los ya obtenidos. De esta manera, se ha buscado -con éxito- desde sectores políticos y económicos muy puntales, mover el eje de la voluntad humana desde lo sublime hacia lo vulgar, pervirtiendo conceptos tales como la trascendencia y la realización personal al punto de convertirlos en asuntos meramente pueriles y superfluos, tan fáciles de conseguir como de perder, y que solamente se sostienen en la pretensión de satisfacer ciertas pulsiones y apetencias materiales y hedonistas como parte esencial de un orden social que promueve el desarrollo de anti-valores como la competencia desleal y el individualismo.

Para someter a un individuo de manera efectiva es necesario, en primera instancia, derrumbar su ‘espíritu’; pero, veamos… ¿Cuál es el concepto que engloba la palabra ‘espíritu’? Del latín spiritus, se entiende como tal al “alma racional”, al “don sobrenatural” concedido a determinadas criaturas, la virtud que alienta el actuar de los cuerpos; en otras palabras, el ‘espíritu’ es ‘el ente dotado de razón y de intención’. Aquel que carece de espíritu no es más que un cuerpo sin alma, un muerto vivo que vaga errante por el mundo totalmente entregado a los vaivenes de unas voluntades que le son tan ajenas como incomprensibles. El ejercicio de una ‘espiritualidad’, aunque fuera insipiente, constituye una potente herramienta que puede ayudar al ser humano a enfrentar las dudas y los miedos derivados de la incertidumbre que conlleva el hecho mismo de vivir; ya lo dice el refrán: “En tiempos de grandes tribulaciones, hasta los ateos le rezan a Dios”. Es aquí donde radica la verdadera importancia de “la Fe”, de la espiritualidad, que se expresa por medio de la religión; y entonces… ¿Qué es aquello a lo que llamamos “religión”? Del latín re-ligare, en principio refiere a la acción y el efecto de atar o ligar fuertemente. Muchos interpretan este concepto como la idea de ‘estrechar lazos’ con ‘la Divinidad’ pero, si nos atenemos a los resultados arrojados por el estudio de los procesos civilizatorios a lo largo de la historia, podríamos llegar a la siguiente conclusión: religión, como tal, no es otra cosa que una serie de reglas, lineamientos y costumbres culturales, normativas y organizativas destinadas a mantener la cohesión de una comunidad por medio de la regulación de sus interacciones internas para garantizar su correcto desarrollo y, por consiguiente, su prosperidad.
Mal que le pese a todos aquellos que ‘militan’ activa y fervorosamente los ‘nuevos’ paradigmas de nuestros tiempos -pos-modernos, la religión fue la chispa que desató el fuego de la civilización. Así lo demuestran las ruinas de Göbekli Tepe, un monumental complejo litúrgico ubicado en el sur de Turquía, al que los arqueólogos le atribuyen una antigüedad superior a los 11.600 años. Se cree que, por aquel entonces, la incipiente organización social del ser humano estaba reducida a pequeños y dispersos grupos nómadas que encontraban sustento en la caza y la recolección; sin embargo, para llevar a cabo una obra de magnitud semejante, fue necesaria la congregación en simultáneo de un número de personas -se presume- jamás visto antes.(2) Partimos de allí, donde nacen los ríos Tigris y Éufrates y, siguiendo sus cauces junto con los del tiempo llegaremos, tras unos miles de años, a la mítica Mesopotamia, cuna de la escritura y punto de partida de la civilización “occidental”; donde absolutamente todos los avatares de la vida de sus antiguos moradores se encontraban regidos por el culto a sus -muy particulares- dioses, del cual derivan -entre otras cosas- los primeros códigos legales, como es el caso de la estela de Hammurabi.(3)
No cometeré la insolencia de negar las visibles falencias consecuentes a las prácticas y las predicas religiosas, las aberraciones emprendidas en nombre de las mismas o el deleznable comportamiento ostentado -a lo largo de la historia- por quienes se han adjudicado la representación de sus diversas instituciones; mucho menos obviaré el hecho de que gran parte de los dogmas y las doctrinas de sus variadas expresiones han quedado -ciertamente- desactualizados y merecen una profunda revisión en pos de adaptarlos a los tiempos que corren. Aún así, no puede negarse el inmenso poder de movilización que los distintos credos ejercen sobre las masas, ni tampoco la contención que brindan a los sectores menos favorecidos dentro de sus rebaños, o la fuerza transformadora de sus discursos y la incidencia de los mismos en el ámbito político y social.
Hoy se encuentra muy en boga criticar y renegar de los llamados “mandatos sociales” cuya implementación es -en cierta medida- correctamente atribuida a la Iglesia. Aunque algunos cuestionamientos dirigidos a los mismos se sustentan en argumentos sólidos que gozan de una lógica y una coherencia que nos invita abrir un debate serio y sano que, como sociedad, nos merecemos; lo cierto es que son los menos y también los menos difundidos. Por lo general, los juicios de valor referidos a tales “mandatos sociales” no son más que una confusa maraña de excusas peregrinas a fin de justificar una serie conductas libertinas -cuando no, depravadas o perversas-, promover oscuros intereses políticos y/o satisfacer retorcidas y siniestras parafilias. Es verdad que dichos ‘mandatos’ poseen un carácter arcaico y podrían no aplicar dentro del contexto en que transcurren nuestros días, puesto que su origen se halla en la atávica necesidad de supervivencia de una humanidad primitiva, escasa en número y altamente vulnerable a los avatares de un medio ambiente hostil propio de una naturaleza salvaje que lejos estaba aún de ser domesticada. Hoy, que sobre la tierra caminan casi 8 mil millones de personas, cosas como la homosexualidad, la asexualidad o la resignación de la procreación constituyen derechos inalienables que no pueden ni deben ser objeto de objeción -valga la redundancia-, restricción o penalización alguna; pero, en su momento, la coyuntura obligó al hombre a prohibir toda conducta que pudiera atentar contra un proceso de expansión imprescindible para la perpetuación de nuestra especie y su dominio sobre la faz de la tierra, catalogando a las mismas como degeneradas desviaciones cuya práctica obligaba a una severa censura, al igual que el incesto o el asesinato. Si hablamos de los “roles” que los ‘mandatos’ han asignado a cada sexo -que no género-, el caso es el mismo: como mamíferos que somos, la mujer -en tanto madre- no sólo es generadora de vida sino también garante excluyente para la supervivencia de sus crías, puesto que además del vientre carga con las mamas que alimentarán a las mismas durante sus primeros años de existencia. Por tal motivo, disfrutaba de una posición privilegiada que la eximía del ejercicio de actividades altamente riesgosas como la cacería o el combate. Esto tenía su lógica entendiendo que la intervención del hombre en el proceso de la concepción y la posterior crianza de la ‘prole’ se limitaba al mero aporte de la simiente, por lo que en caso de perder la vida no se vería afectado el crecimiento de su descendencia. Además, por este mismo motivo, una hembra podía dar a luz varios hijos con el mismo hombre, o bien con otros, a diferencia del macho que carece de matriz. A todo esto hay que sumarle, también, las capacidades intelectuales inherentes a cada sexo y la estructura organizativa de sus respectivas psiques, claramente diferenciadas y -sobre todo- complementarias; en el caso de la mujer, estas características -por lo general- poseen una propensión al desarrollo de tareas complejas que requieren la habilidad de repartir su atención en factores diversos y en forma simultánea, como pudieran ser la administración de recursos y la interacción social. Por el contrario, las del hombre están relacionadas con el emprendimiento de actividades de índole física y mecánica que requieren la centralización del foco de atención.
Estos “mandatos sociales” han mantenido su vigencia por sobre milenios de historia debido, en gran medida, a su altísima tasa de efectividad, posibilitando así la franca expansión del género humano y su supremacía por encima del resto de las criaturas que habitan nuestro mundo. El cambio de paradigma y la tergiversación de los mismos es un producto genuino del S.XX pero, muy lejos de representar un avance para la sociedad en general y para el sexo femenino en particular, constituyen una de las expresiones más nefastas de la decadencia sistémica. Al igual que los negros que, tras la Guerra de Secesión norteamericana, dejaron de ser esclavos en las plantaciones de los poderosos latifundistas sureños para convertirse en esclavos de los industriales del norte victorioso, perdiendo en el proceso derechos que la ley esclavista les otorgaba y que eran cumplidos a rajatabla por sus ‘amos’, como la provisión de techo, ropa y comida, quedando éstos librados a los designios del mercado; la incorporación masiva de la mujer al ámbito laboral fue la consecuencia de una profunda reorganización de las estructuras de la producción y trabajo que se tradujo en una precarización brutal de las condiciones laborales. De esta manera, mientras los movimientos feministas festejaban lo que creían un triunfo de las “mujeres oprimidas” por sobre el “patriarcado”, los magnates de la industria y el comercio celebraban que sus costos por mano de obra se verían reducidos prácticamente a la mitad. A partir de entonces, se iría tornando imposible para un obrero mantener a una familia con su salario, y la mujer se vería obligada a trabajar no por gusto sino por necesidad.

Retomando el asunto de las religiones, antaño y tras constituirse como instituciones sólidas, supieron cargar con responsabilidades y atribuciones propias del rol que hoy ejercen los Estados. En ellas recayeron asuntos tan importantes como la educación, la administración de los hospicios, el fomento de las artes y las ciencias, el registro historiográfico, la manufactura de alimentos, el asilo de los más humildes, la custodia del conocimiento escrito o la representación del pueblo llano dentro de las cortes reales durante las deliberaciones. Tristemente, en nuestros días algo de esto sigue siendo así, no por culpa de ellas, sino de los mismos Estados que en reiteradas ocasiones “olvidan” u omiten ocuparse de honrar sus responsabilidades.Y en eso volvemos a los ‘pibes’ que se rehabilitan en los Hogares de Cristo, la algarabía de sus cantos y sus bombos; y las despiadadas críticas de una puritanía ‘clasemierdista’ que, de tanto caminar sobre sus sancos morales, han perdido de vista lo verdaderamente esencial del asunto religioso por no tener los pies bien apoyados en la tierra. Para ellos, la Iglesia suele ser simplemente un enorme edificio con ventanas de vitraux al que deben asistir una vez a la semana para abonar sus relaciones sociales luego de lavar sus culpas en un confesionario, aburrirse con un sermón hasta dormitar del hastío y comer la hostia que -creen- les garantizará un lugar en el Cielo a pesar de sus ominosos pecados. Ignoran que, para quienes habitan las barriadas obreras en que las ostentosas iglesias son reemplazadas por humildes parroquias, visitar ‘la casa de Dios’ es una cuestión de supervivencia y, por ende, de obligación cotidiana; en lugar de confesar los ‘curas villeros’ contienen y aconsejan, más que por una hostia los feligreses acuden por un plato de comida o una prenda de vestir, y las misas no sirven para generar o estrechar vínculos comerciales sino para fortalecer relaciones comunitarias con base en la solidaridad.

Las parroquias ofrecen refugio a quienes huyen de los vicios o el delito, alimentan a los hambrientos, visten a los desnudos, cuidan a los enfermos, educan a los niños, reconfortan al afligido y otorgan un orden necesario a la comunidad de la que forman parte. Aún así, la esquizofrénica “izquierda” y los progresistas ‘de salón’ que se jactan de ‘luchar’ en defensa de los desposeídos, son los primeros en exigir el fin de las ayudas económicas con las que el Estado contribuye a sostener la mentada obra humanitaria emprendida por la Iglesia Católica; y lo hacen bajo el cínico argumento de que tales fondos deberían utilizarse para rehabilitar a los drogadictos, alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, curar a los enfermos y educar a los niños. Deliberadamente omiten reparar en que las cifras destinadas a la religión nacional son notablemente inferiores a las que ellos mismos usufructúan del erario público, y en un “detalle menor”: si ese dinero fuera repartido entre -por ejemplo- los jubilados y pensionados, sus haberes se acrecentarían en la extraordinaria suma de $6. No obstante, lo que resulta verdaderamente sorprendente -por no decir indignante- es que, hasta el día de hoy, el lema “Iglesia y Estado, asunto separado” encarnado en los pañuelos naranjas que suelen acompañar a los verdes de la campaña abortista, sigue presente en el discurso de estos sectores aún cuando el Papa Francisco anunció la renuncia efectiva de la institución a dicha limosna; pero, como si no les bastara con hacer de una atroz patraña uno de los principales pilares de su hipócrita discurso y buscar rencillas con la comunidad católica en lugar de enfrentar a los delincuentes y terroristas económicos que generan aquellos males que hacen a sus principales quejas, tras la campaña por la legalización y liberalización del aborto, en vez de centrar sus esfuerzos en combatir las verdaderas causas que empujan a las mujeres a tomar la desgraciada decisión de abortar, dedicaron sus horas a desfilar por cuanto canal de televisión o emisora radiofónica les abriera sus puertas para -entre otras cosas- vomitar su rabia contra los argentinos que hacen Patria habitando el país profundo, alegando que su rechazo a la propuesta abortiva no era otra cosa que la perfecta postal del atraso, la torpeza y la ignorancia propia de unos brutos pueblerinos incivilizados. Y no deseo entrar en detalles sobre esta cuestión porque, para ser sincero y como orgulloso hijo de la Provincia de Neuquén, más que hacerme sentir ofendido me provoca lástima y vergüenza ajena.

Pero, si me referí al catolicismo casi con puntualidad, fue simplemente por pertenecer a dicha confesión y no porque fuera la víctima exclusiva de la enajenación social. En el tintero quedará pendiente profundizar acerca de las agresiones sufridas por la comunidad islámica de Buenos Aires, que pasaron por su momento de mayor intensidad durante el año pasado, de las cuales -como ejemplo- podemos mencionar el agraviante arresto de los hermanos Salomón previo a la Cumbre del G20. También deberé escribir un día sobre la escasa legitimidad y representatividad de las autoridades israelíes frente a la comunidad judía que no se siente reflejada por los discursos y las posiciones de las mismas.Si al hecho y los efectos de atar y ligar fuertemente los trasladamos por fuera del ámbito estrictamente religioso, el cuadro de situación no se modifica en lo absoluto. Constructos tales como el idioma o la producción y difusión del conocimiento, los clubes y asociaciones civiles, los partidos políticos y los gremios -entre otras tantas instituciones- funcionan como herramientas que ayudan a afianzar la cohesión de una comunidad por medio de la transmisión de valores comunes y que, además, cargan por sí mismos la capacidad de generar una confianza y una seguridad semejantes a lo que se entiende como “Fe”. En tanto, también constituyen un ‘objetivo militar’ para quienes, tras bambalinas, operan la maquinaria de esta macabra ingeniería social posmoderna y malthusiana que atenta contra la unión común de los pueblos del mundo a través de la imposición de anti-valores como el individualismo, el egoísmo, la competencia, la reacción y el hedonismo.
La tapa ya está puesta. Destruye el espíritu de las personas y el de sus comunidades y exacerba lo peor de sus condiciones para dividirlas en furibundas camarillas pendencieras, y será más fácil reinar sobre ellas que encontrar a Mauricio Macri de vacaciones.

Bienvenidos a Revista Insomnio #2. Que les sea leve.

Referencias:
1- https://www.infobae.com/sociedad/2019/03/22/enojo-en-la-iglesia-por-las-criticas-a-una-misa-en-lujan-con-jovenes-en-recuperacion-de-adicciones/
2- https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/el-templo-mas-antiguo-del-mundo_4377/15
3- https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%B3digo_de_Hammurabi

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

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