El circo de los pañuelitos sucios, al sol.

Pañuelismos...
Pañuelismos...

Hasta hace sólo cinco minutos, esta editorial iba a tratar sobre otra cosa totalmente distinta -o no, no sé, veremos- a lo que podrán leer a continuación. Estaba trabajando en una sátira reflexiva sobre el ‘brutal y sanguinario’ “atentado” perpetrado por servilletas del Ministerio de Seguridad cariñosos adolescentes anarquistas durante el estreno del documental “El camino de Santiago” dirigido por Tristán Bauer y co-guionado por Florencia Kirchner. Una divertida trama que involucra desinformación y amarillismo mediático, ‘operaciones encubiertas’ de ministerios siniestros, extraños personajes de conductas erráticas, eficiente mercadotecnia progresista y un Estado asesino que se carga lo que encuentra a su paso; y todo conviviendo en el mismo lugar y al mismo tiempo.La historia estaba buena, sí, pero además de ganarme el odio de gran parte de ambos lados de ‘la grieta’, no iba a aportar nada significativo al grotesco circo en que se han transformado la política y el periodismo desde el arribo al poder del ‘macrismo’.
“¡Están tirando bombas! – El camino de Sylvestre” es el título de aquel galimatías literario, del que quiero rescatar dos o tres pensamientos, nada más, para luego abordar la temática que realmente nos compete. En primer lugar, el conflicto que la imagen de Santiago Maldonado genera en todos los sectores de la vida política argentina no es culpa de Santiago Maldonado. El hecho de que fuera un hippie con OSDE o un imprescindible combatiente de las clases populares es totalmente irrelevante, el Estado es el culpable de su derrotero y debe hacerse cargo para garantizar que se haga justicia. No obstante, que la -en mi opinión, equivocada- mitificación y mistificación de Santiago no nos tape ni nos haga olvidar a todas las otras víctimas de la violencia institucional que se ha instalado como una de las principales políticas estatales de los últimos años. Quiero tanta justicia para Maldonado como la quiero para los otros cinco mil desaparecidos y desaparecidas en democracia, las más de ciento cincuenta víctimas anuales del “gatillo fácil”, para las putas constantemente agredidas por la yuta y todas las otras víctimas de la inseguridad de Estado. Y que tampoco se instale la idea de que hay desaparecidos que valen más que otros. Resulta igual de importante la vida de un pibe comprometido chupado en una represión de carácter ilegal que un ‘pibe chorro’ secuestrado y asesinado por negarse a robar para la policía.

Desde que empecé con este oficio me enseñaron que la nota editorial es la sección más importante de una publicación. Es la única en la que se le permite al periodista expresar su opinión abiertamente, tomar posición ante una controversia o especular con hechos a futuro -siempre basándose en información real, completa y contrastable-. Por eso mismo, merece un compromiso ético e intelectual a la altura de los temas a tratar.
Sobre la disyuntiva entre aborto clandestino sí o aborto clandestino no, prefiero que se encarguen los medios masivos de comunicación y los “expertos” que dicen que saben sobre la materia. Investigaciones científicas y periodísticas sobran y son de fácil acceso. Las cifras, tanto las más realistas como las más exageradas a favor y en contra, también. Nada verdaderamente sustancial puede aportar al debate la opinión de este triste escritor; más, cuando hablamos de una controversia en la que todos pareciéramos tener nuestras posiciones firmes y bien plantadas.
Esta interna oligárquica entre el progresismo liberal y el conservadurismo católico, además, ya aburre, como también va a aburrir su hija: la separación de la iglesia y el Estado Nacional, una imbecilidad tan, pero tan gigantesca, que no merece la pena ni siquiera planteársela seriamente. No obstante, lo que sí no debe ser ignorado es el trasfondo que oculta esta nueva/vieja iniciativa de la nueva izquierda más emparentada a los sectores de poder que dice combatir que a la clase trabajadora; pero eso también será pasto para otras vacas.
La ‘fiesta’ de los ‘pañuelitos de colores’ recién está empezando, y promete entregarnos futuros capítulos aún más vertiginosos y desquiciados. Estamos atravesando tiempos confusos de vacío existencial y deconstrucción degenerada, en los que la descomposición social planificada tiene como fin profundizar el modelo político y económico impulsado por las potencias colonialistas occidentales. La destrucción de las identidades colectivas (ya sean culturales, sociales, nacionales o políticas) y la imposición de una identidad global estandarizada y prefabricada, es la vía por la cual intentarán consolidar un orden mundial que de nuevo no tiene nada, y en el que la conducción planetaria recaerá en un contubernio aún más pequeño que el que actualmente lleva las riendas del mundo. Un solo Estado, una sola divisa, una sola fe y una sola cultura; la máxima expresión del colonialismo global.

Se especula con que la despenalización del aborto se encontraría incluida en el proyecto de modificación del Código Penal que se comenzará a tratar a partir del 21 de agosto en el Congreso. De ser así, no sería nada de lo que sorprenderse y hasta sería lógico y consecuente con la forma de proceder del actual gobierno oligárquico; los políticos pro-vida ya hicieron su pantomima demagógica de cara a la opinión pública dejando instalada la imagen de su retrógrado mito conservador y católico, por lo que no les resultará problema avalar el aborto por debajo de la mesa, igual que lo hacen con la corrupción y el vaciamiento. Tanto ellos como el ala liberal progresista responden a un mismo poder que opera por encima de ellos.
Si la iniciativa ‘naranja’ se diferencia en algo con la ‘ola verde’, es que en este caso particular realmente se ven afectados los intereses concretos de uno de los dos sectores en disputa. Sin embargo, ambas iniciativas parecieran tener un objetivo subterfugio como denominador común entre ambas, y que va más allá de ser un mero elemento de distracción ante la desoladora coyuntura que hoy vivimos: generan la discordia y la división, el odio, el rencor y el enfrentamiento para adentro de la clase trabajadora y las organizaciones del pueblo.
Perón definió a su doctrina política y social como una filosofía de vida nacional, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista. El ‘peronismo’ es, mayoritariamente, de confesión católica; y esta característica se acentúa tierra adentro. Tal vez el ‘porteño’ promedio, ensimismado en su egocéntrico idiotismo cosmopolita, interpreta el fuerte apego a lo tradicional que caracteriza al grueso de los habitantes del ‘interior’ como una expresión cabal de su atraso cultural, como si el progreso se basara principalmente en adoptar cualquier conducta (sobre todo las más irracionales, retorcidas y depravadas) importada de los elencos culturales a los que -equivocadamente- juzga como ‘superiores’. Y esto no es una percepción subjetiva, se pudo ver claramente en los comentarios despectivos vomitados por personalidades de distintos ámbitos para con las poblaciones del norte tras la derrota de la legalización del aborto en el Congreso; y seguramente volverán a verse tras el probable fracaso que le espera al intento por hacer aún más laico a nuestro Estado Nacional. Total, a los sectores de poder que impulsan estas iniciativas trasnochadas les da lo mismo si las mismas llegan a buen puerto o se hunden en el trayecto; lo importante es que nos matemos entre nosotros mientras ellos, despacito y sin hacer mucho ruido, se roban nuestra riqueza y le entregan nuestra soberanía al extranjero.

En definitiva, y para ir cerrando esta nota editorial, quiero dejar clara la idea. Esta “revolución de los colores” que se viene desarrollando a nivel mundial y que no es otra cosa que el método de las ‘primaveras árabes’ adaptado a las idiosincrasias occidentales, es la etapa final del colonialismo cultural que busca horadar nuestras bases sociales y nuestra identidad nacional con el fin de alienar aún más a la sociedad y perpetuar el saqueo. Esto no se trata ni de aborto ni de iglesia, lo que hoy deberíamos estar discutiendo son cuestiones mucho más importantes como la instalación de bases militares extranjeras en nuestro territorio, la contaminación deliberada de nuestros recursos alimenticios, la cartelización de nuestra economía, la destrucción de nuestro tejido industrial, la pauperización de la política, el desmantelamiento de las estructuras Estatales, el vaciamiento de nuestros fondos públicos y la militarización de los cuerpos de seguridad del Estado de la mano de la reconfiguración de las políticas represivas para sostener el modelo.
El enemigo no es la iglesia católica ni las mujeres que mueren a causa de los abortos clandestinos, el enemigo está fuera de nuestras fronteras, pero se está metiendo en nuestras cabezas. El problema no es ni político ni económico, el problema es filosófico.

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

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