El ecologismo negro

Una de las premisas a nivel mundial en este tiempo es la del cuidado al “medio” ambiente, la búsqueda de soluciones a los problemas que nuestros modelos de producción generaron y el cambio en la consciencia respecto de nuestra vida en nuestro entorno. Hasta ahí, estamos de acuerdo en que no se trata de prevenir nada, sino de aminorar el impacto negativo que nuestro avance como especie a generado en el planeta que habitamos. El daño ya está hecho y el camino a seguir debe ser el de mejorar nuestra manera de ser y estar en la Tierra. El problema, en verdad, no es evidenciar la situación general (que de tan caótica ya no le escapa a la vista de nadie), sino trazar las relaciones entre causas y consecuencias para comprender, a ciencia cierta, cómo se hacen las cosas bien en un mundo que nos hemos ocupado de hacer mierda.

Y acá aparece el meollo de la cuestión, porque el hecho de que estamos destruyendo la única casa que tenemos es una obviedad para las corporaciones desde hace décadas; sin embargo, son ellas las que se han ocupado de profundizar los daños y hoy están en la etapa más intensa para sacarse responsabilidades y culpas de encima y echárnoslas a las mayorías. La publicidad y la propaganda, por un lado, están cada vez más hablando de lo mucho que les importa a las empresas “cuidar el medio ambiente” (y seguir afirmando la idea de que no tenemos un ambiente integral, sino apenas un “medio” del que ocuparnos) y de lo importante que es que cada uno de nosotros se comprometa a hacer su parte. Esto, a primera vista, pareciera ser un acontecimiento para celebrar, porque el razonamiento inductivo nos lleva a concluir que eso que dicen que están haciendo es, efectivamente, lo que está sucediendo, y entonces ya nadie se pregunta si esto es así o no, porque andar cuestionando todo, todo el tiempo, es un ejercicio realmente agotador.

Pero no es en vano desconfiar de las corporaciones y los medios de difusión masivos, ya que desde que existen se fundamentan en la manipulación, la especulación y la tergiversación de la realidad para usar todo en favor de sus negocios y su cuota de poder. Entonces, uno puede tomar algún ejemplo y con ello verificar de qué manera funciona la venta en el sistema capitalista en el que estamos sumergidos. Podemos observar el caso de Nestlé, una de las megacorporaciones “alimenticias” más grandes del mundo, que a pesar de tener demandas de todos los colores desde hace años por las condiciones en las que fabrican en cada país, los ingredientes utilizados en muchos de sus productos y su política extractivista en torno al agua, principalmente, lo cierto es que con estrategias de marketing permanentes han logrado mantener la idea de que comercializan “buenos productos” y que, para colmo, “cuidan el medio ambiente”. y para colmo de males, estas corporaciones son las que siguen promoviendo el trabajo infantil en todo el planeta, escudándose publicitariamente en los beneficios para la infancia que en los hechos violentan de formas que ya no pueden ser ignoradas de ninguna manera. En sus envases cada vez aparecen más explicaciones sobre el origen de las materias primas utilizadas y campañas cada vez más frecuentes en torno a la “defensa” aparente de la vida en nuestro planeta, pero sobre la explotación de niños en zonas empobrecidas por estos mismos modelos de producción, no dicen ni mu.

Foto de niña trabajando en la recolección de aceite de palma, uno de los ingredientes más utilizados por estas empresas para sus productos, cuya producción implica destrucción, muerte y trabajo infantil.

El fin de lo aparente se manifiesta cuando se atiende a los acuerdos internacionales en torno a lo que se certifica como “amigable con el planeta”: el Acuerdo de París es un buen ejemplo para ir articulando la trama del poder global. Allí, básicamente, lo que los países más contaminantes del mundo negociaron no fue reducir el impacto de las industrias, sino cuánto podían cobrarle a los países emisores y a las empresas por contaminar. Las “cuotas de carbono”, además de servir para generar estadísticas mentirosas en torno a la contaminación que producen las grandes fábricas (porque sólo se pueden contabilizar las que están dentro del acuerdo), sirven para justificar la responsabilidad social y ambiental que deben tener las empresas por ley y con las que no cumplen. Con la certificación internacional que brinda este convenio, tienen cubierta su “cuota” y pueden contaminar siempre y cuando estén al día con los pagos. Y aunque se supone que el fin de esto es amedrentar a las empresas y países para que, vía monetaria, revean sus esquemas y procuren disminuir sus emisiones, lo cierto es que desde 2016, año en que empieza a regir dicho acuerdo, lo que podemos observar es cómo ha aparecido en la agenda global la presión en torno a las carteras de ambiente en gobiernos y oenegés, que se multiplican a la misma descomunal velocidad a la que avanza la destrucción de los territorios y el envenenamiento de todo lo que existe.

Y acá aparece el otro factor, que es el oenegeísta, porque mientras los medios hablan de “desastres” descontextualizados de la injerencia de los modelos de producción devastadores de las megacorporaciones, las oenegés tienen creciente visibilidad y participación en el ámbito político, que se fue corriendo desde las instituciones gubernamentales hacia los espacios considerados “apolíticos”, donde se habla de hacer política (de transformar la realidad de las mayorías) pero desestimando la posibilidad de que eso ocurra por fuera de esos espacios que se jactan de neutrales, sin fines de lucro y desvinculados de las corporaciones a las que, se supone, se oponen. Pero con tan sólo buscar en sus sitios de internet quiénes financian estos organismos, uno puede encontrar los nombres de las corporaciones que mueven el dinero del mundo en nuestro tiempo.

El Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, en una cumbre de biodiversidad. Foto: EFE

En este punto encontramos el combustible que motoriza todo este esquema que se oculta en una fachada de cuidado y responsabilidad: el petróleo, el oro negro que hace décadas justifica guerras e impulsa el avance de la ciencia y la tecnología en la búsqueda del ser humano por superar a la naturaleza. Y en ese camino nos han hecho perder quienes creen que el planeta es tan sólo un recurso más, dispuesto para ser explotado por nuestra especie, considerada la más importante de todas las que existen. Esa mirada antropocéntrica es la que nos ha llevado a los grandes descubrimientos de nuestra historia y también a las grandes tragedias cometidas en nombre del progreso. Y en el tiempo que vivimos, a sabiendas de que los combustibles fósiles tienen fecha de agotamiento definitivo e irremediable, las grandes potencias del mundo se han ido armando de distintos mecanismos y acuerdos comerciales para hacerse de este recurso.

En esa necesidad de tener cubiertos cada vez más frentes, existentes por la diversificación del trabajo, el avance tecnológico y el acceso a la información en la era del conocimiento, ha hecho que los países que antes contaban con su poderío armamentístico para mantener su hegemonía, hayan tenido que acordar con distintas corporaciones que fueron avanzando en los territorios allanados por las guerras, el hambre y la necesidad. Corporaciones que, entendiendo el mundo y todo lo que lo compone como componentes de grandes negocios, han sabido inmiscuirse en todas las instancias de la vida cotidiana y política de las naciones de un mundo posguerra. Entender esto es mucho más sencillo si uno se sitúa en el ámbito de los negocios y no en el de los derechos humanos, que nos hace discutir en términos morales las consecuencias de acciones impulsadas por la absoluta amoralidad. Ni siquiera es inmoralidad, porque para serlo tendría que contar con una base moral que le permita oponérsele; los negocios son amorales porque no existe ese plano en ninguna ecuación en la que el resultado esperado sea la adquisición creciente de dinero y poder.

Como consecuencia de esta reconfiguración del mundo una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, los países y gobiernos del mundo tuvieron que asociarse a las corporaciones, de modo que pudieran cubrir los enormes déficits generados por la guerra. Y siendo uno de esos déficits el hambre, se fue consolidando el esquema en el que estamos inmersos hoy, donde son más importantes las corporaciones que los gobiernos de casi cualquier parte del planeta. Son ellas las que toman decisiones, las que intervienen en la política, en la manipulación de la opinión pública, en los acuerdos gubernamentales y en las proyecciones a futuro. Son ellas las que se han asociado a los fondos de inversión, las que se van comiendo a las pequeñas y medianas empresas en todas partes y las que terminan decidiendo sobre nuestras vidas, porque interfieren en ellas cada día, a cada momento, desde la computadora que permite que texto exista por fuera de la cabeza de quien lo escribe hasta la pasta dental que usamos a diario antes de irnos a dormir. Y esas corporaciones, para funcionar como los monstruos que todo lo comen que son, requieren crecientes cantidades de combustible para abastecerse, al igual que lo necesitan los ejércitos de ocupación para mantener sus posiciones y su hostilidad en el mundo.

Siendo que unos y otros necesitan de cada vez más energía, de más recursos naturales y de menor cantidad de personas, suena lógico que estemos procurando advertir sobre los planes de despoblamiento hace décadas. No se trata de conspiraciones, de mística o de exageración, sino sólo de negocios de empresas que no están dispuestas a perder nada. De ahí que la novedosa participación de estos agentes de destrucción en la generación de tecnologías y energías renovables se justifique no en una suerte de “despertar de la consciencia y la responsabilidad”, sino en la previsión en vistas del pronto agotamiento de los recursos que hoy utilizan para sostener el ritmo de mercado que generaron. El problema, entonces, no es que veamos cómo cada vez más empresas tienden a buscar la manera de reducir el impacto negativo de su producción, sino hacia dónde se dirigen las grandes corporaciones y cómo buscan utilizar la necesidad de nuestro tiempo de cuidar realmente el entorno para seguir sacando rédito a costa de la vida de las mayorías.

Por eso es que estamos escuchando cada vez más discursos en contra del consumo de carne, en favor del consumo de granos y semillas y discusiones absolutamente atravesadas por la emocionalidad y la moral que pretenden forzar un esquema alimentario en el que la mejor solución parece ser que desaparezcamos como especie y ya. ¿No suena lógico, acaso, que los grandes poderes mundiales busquen que sea esa la conclusión de las mayorías? Porque si nos mantenemos entretenidos peleando sobre si existe o no el calentamiento global, si lo generan las vacas tirándose pedos o los bebés naciendo, si la tala indiscriminada no tiene nada que ver con la extensión de la frontera sojera en Latinoamérica o si está bien que el agua cotice en Wall Street, pero no logramos articular todo esto con el esquema que lo posibilita, entonces será bastante sencillo reducir la población mundial en algunas décadas. Las peleas por el género, el hambre que el modelo de agronegocios sólo acrecentó y la angustia acumulada por la destrucción del mundo del trabajo, sumada a la medicalización de las sociedades como consecuencia de los estados depresivos inducidos por el daño descripto, explican a su vez por qué las corporaciones de laboratorios son las grandes protagonistas, junto a los gigantes tecnológicos, de la comunidad global que están forjando a través de la modificación de nuestros cuerpos y nuestras mentes.

¿Por qué todo esto? Bueno, es que negocios son negocios, y así ha sido, así es y así será la humanidad que se disputa, desde que tiene consciencia de sí misma, entre hacer el bien o hacer el mal, teniendo que convivir de manera permanente con ambos lados de una misma moneda, que es la existencia. Comprenderlo, al menos a grandes rasgos, nos permite salirnos del lugar de víctimas o victimarios, de culpables y culposos, que nos impide actuar con la inteligencia propia de un tiempo en el que la información está a disposición de quien la requiera y en el que estar en contacto con otros como nosotros es sólo cuestión de aprender a utilizar las herramientas que nos lo permitan. Cuidar la casa común nos requiere hoy, más que nunca, el cumplir con nuestra responsabilidad como individuos inmersos en una comunidad a la que solemos criticar mucho, pero a la que no le aportamos más que nuestros reclamos y pesares la mayor parte del tiempo.

Lo que los poderosos quieren hacer con nosotros se hace evidente con tan sólo empezar a observar, con objetividad y sin el velo de la tragedia, de qué manera funciona el mundo en el que vivimos. De dónde sale lo que comemos, lo que usamos para higienizarnos, el techo que nos cubre, el asfalto que pisamos y el aire que respiramos. Quiénes alteran lo que necesitamos para estar vivos y sanos, y quiénes sacan rédito de nuestra condición de enfermos. Una vez visto esto, lo que nos queda es pensar de qué forma contribuimos a la fuerza que compense todo el daño que nuestros semejantes, con nuestra indiferencia e ignorancia cómo partícipes necesarios, han hecho al mundo en el que todos y del que todos vivimos. Y si logramos hacer un equilibrio inteligente entre todos estos factores, tal vez seamos parte de la solución y dejemos de ser parte del problema.

Por Romina Rocha.

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