El gran negocio del hambre

El gran negocio del hambre
Columna semanal de Romina Rocha sobre política y sociedad.

Cuando en la década del ’90 se introdujo el glifosato en la Argentina, la promesa era “acabar con el hambre del mundo”, ya que el modelo de agronegocios aseguraba cosechas más abundantes gracias a la aplicación de herbicidas, los cuales matarían a los “yuyos” o “malezas” que consumían parte de la energía de las plantas sembradas para consumo. Y mostraban unas cosechas fabulosas, limpias, radiantes y abundantes, por lo que la campaña para la aceptación a gran escala del uso de venenos industriales para la producción de alimentos fue un éxito rotundo. En ese entonces, pocos eran los que preguntaban lo más importante que todos debíamos saber: ¿de qué manera afectarían esos venenos a la salud de los seres humanos? ¿Cómo afectarían los suelos y cursos de agua las fumigaciones?

Pero el negocio se presentaba tan inmenso, tan rentable, que las pocas voces que se alzaron en aquel momento fueron rápidamente silenciadas mediante la difamación, por un lado, y mediante la propaganda que tapaba cualquier cuestionamiento que se hiciera al modelo. En los primeros años de su implementación, que vino de la mano de la inserción de la soja transgénica porque, claro está, había sido modificada genéticamente para resistir al herbicida mientras éste mataba todo lo demás, los resultados a simple vista eran fenomenales: de repente, miles y miles de hectáreas en crecientes extensiones a lo largo y ancho del territorio nacional aparecían verdes, parejas, casi perfectas en su imagen. Y empezaban a desplazar a las grandes extensiones de cultivos rotativos que formaban parte del esquema productivo hasta ese entonces. Esto, en un principio, parecía alentador incluso para los ingenieros agrónomos quienes, no habiendo sido preparados para estudiar suelos, se conformaban mucho con los resultados superficiales de un esquema que planteaba la necesidad de monocultivos y dependencia de productos químicos, que venían en el mismo paquete que los productores empezaron a adoptar.

Fotografía de Marco Vernaschi

Porque la otra promesa era la de facilitar la tarea en el campo, ya que se aseguraba un rendimiento mayor a costos que serían ampliamente cubiertos con la venta de un “alimento” no apto para consumo humano como es la soja, porque uno de los pretextos para que el mercado se volcase a la producción de este grano era venderle a China, que alimentaba a sus cerdos con esto. Pero como ya sabemos, lo que antes se producía para que comieran los cerdos, hoy nos lo metieron en todos lados a los humanos, especialmente a los más empobrecidos. Porque con la soja, una vez instalado y enquistado el modelo en nuestra región, lo que sucedió fue que se reemplazó el alimento de la canasta básica para los sectores más vulnerables por derivados de soja, que además de ser un grano que al organismo le cuesta mucho digerir (provocando distintas afecciones digestivas con el consumo prolongado en el tiempo), al estar genéticamente modificado y habiendo absorbido cantidades crecientes de veneno durante su desarrollo, también empezó a perjudicar gravemente la salud de toda la población de manera progresiva y sistemática.

Fotografía de Marco Vernaschi

En un principio fue al pobrerío, porque cuando no llegás a fin de mes tampoco podés elegir y consumís lo que está a tu alcance; la soja y sus derivados aparecieron como “alternativas” para el diario vivir de cada vez más sectores de la población. Pero como esto no era suficiente para que el modelo de negocios fuera realmente completo, se fueron reemplazando por derivados de la soja distintos insumos utilizados en la industria de los “alimentos” multiprocesados, esos que se consiguen en el kiosco, en el almacén, en el supermercado y hasta en la farmacia. Y ese fue el monstruo que vimos crecer y que alimentamos con nuestro dinero y con nuestra salud. A casi 30 años de los primeros usos de estos venenos y estas semillas modificadas genéticamente, después de campañas multimillonarias a lo largo y ancho de los países dependientes económicamente como el nuestro (sujetados vía deuda y saqueo desde la dictadura cívico-militar-mediática), las pruebas del daño son irrefutables, ya que todos los estudios realizados en las zonas fumigadas muestran una incidencia casi total sobre la salud de la población, sobre todo en niños. Se estima que unos 13 millones de argentinos somos fumigados de manera permanente y directa, mientras que casi la totalidad de nosotros consumimos alimentos que contienen altos niveles de veneno.

Y como si esto fuera poco, sino que la promesa más grande de las que hizo este modelo fue la más destruida en los hechos: no sólo no acabó con el hambre, la incrementó a niveles nunca antes alcanzados en un país como la Argentina, donde la población es muy inferior a lo que el territorio está preparado para albergar y donde ese territorio es de los más fértiles y productivos de la Tierra. Sin embargo, parece que nos acostumbramos a hablar de pobreza, de indigencia, de ver chicos con hambre y desamparados pululando por todos lados, buscando no morir cada día en el intento de andar vivos, y todo justificado con premisas tan falsas como que la Argentina es un país inviable. A esto hacían referencia los pensadores nacionales de las primeras partes del siglo 20, que ya habían detectado la injerencia extranjera en los cimientos de nuestro país, en el que la educación y la cultura general apuntaron, durante más de un siglo, a mirar para afuera en busca de referencias. Esa educación mitrista y sarmientina de la que, por supuesto también podemos rescatar parte de lo que finalmente nos hace argentinos, es la que también determinó el autoflagelo en el que caemos cada vez que la crisis estalla en nuestras narices. El derrotismo, la falta de fe, la bronca como respuesta a todo y la autorreferencialidad negativa son formas en que los argentinos nos expresamos hasta que empezamos a ver que no es cierto que necesitamos de la asistencia de los de afuera para hacer lo que tenemos que hacer.

Por el contrario, las hazañas e hitos más grandes de nuestra historia como Nación indican que somos mucho más que el país más austral del mundo y la cuna de los grandes ídolos de las últimas dos centurias. Sin embargo, la manipulación que han hecho sobre nuestras mentes y nuestra capacidad de analizar objetivamente el entorno que habitamos, nos arrastró hasta acá ignorando la mayor parte del daño hecho por parte de quienes vendieron nuestra soberanía y nuestra libertad por dos monedas. Los mismos intereses que otrora no quisieron apoyar a San Martín en su cruce por Los Andes ni a Belgrano en las guerras del norte, son los que invadieron nuestras Islas Malvinas y nos trajeron el modelo venenodependiente que se está comiendo vivo al porvenir.

Las formas cambiaron, pero los fondos permanecen porque en todo el planeta saben que acá, en Latinoamérica, se hayan los mayores tesoros de la humanidad. Tenemos el agua y la tierra, los climas y los paisajes, los mares y sus frutos, la naturaleza en su esplendor brindada a nosotros, latinoamericanos, para que seamos el faro del mundo. Y si hasta ahora no hemos logrado romper definitivamente las cadenas que nos ataron en el cuello, es porque la desunión entre nosotros abrió las únicas grietas que existen, que son las que nos ponen a pelear por cualquier cosa, mientras los que se hacen de nuestro poder se roban todo lo que la lucha de miles de compatriotas hubo de conquistar.

Es tan profundo el daño, que llegamos a convencernos de que nada se puede hacer para cambiar esta realidad; pero ese pensamiento es el que nos han inoculado para impedir que seamos potencia, como alguna vez supimos ser no hace tanto tiempo atrás. La diferencia la marcamos abriendo los ojos a la realidad que nos atraviesa, buscando con sensatez y determinación las causas de los problemas que tenemos y poniendo nuestra voluntad al servicio de la transformación de nuestra comunidad. Pero en tanto ocupemos más tiempo de nuestras vidas en buscar diferencias entre nosotros que potenciando aquello que nos une irremediablemente, será imposible reclamar justicia.

De ahí que es tan importante recuperar de la historia aquellos claros en los que mirarnos a nosotros mismos es el punto de partida para la construcción de un todo superador. Una de esas fuentes lumínicas es el filósofo, historiador y pensador nacional Raúl Scalabrini Ortiz, quien en su obra “El hombre que está solo y espera”, comienza haciendo una suerte de “advertencia” para que el que llegue a leer sepa que allí, entre sus palabras, va a encontrarse con eso que la mayor parte del tiempo se nos escapa de la vista: a nosotros mismos.

<<LECTOR: No catalogue vacío de sentido a lo que en el interior de este libro llamo “espíritu de la tierra”. Si por ingenuidad de fantasía le es enfadoso concebirlo, ayúdeme usted y suponga que “el espíritu de la tierra” es un hombre gigantesco. Por su tamaño desmesurado es tan invisible para nosotros, como lo somos nosotros para los microbios. Es un arquetipo enorme que se nutrió y creció con el aporte inmigratorio, devorando y asimilando millones de españoles, de italianos, de ingleses, de franceses, sin dejar de ser nunca idéntico a sí mismo, así como usted no cambia por mucho que ingiera trozos de cerdo, costillas de ternera o pechugas de pollo. Ese hombre gigante sabe dónde va y qué quiere. El destino se empequeñece ante su grandeza. Ninguno de nosotros lo sabemos, aunque formamos parte de él. Somos células infinitamente pequeñas de su cuerpo, del riñón, del estómago, del cerebro, todas indispensables. Solamente la muchedumbre innúmera se le parece un poco. Cada vez más, cuanto más son. La conciencia de este hombre gigantesco es inaccesible para nuestra inteligencia. No nos une a él más cuerda vital que el sentimiento. Cuando discrepemos con sus terminaciones, quizá en el corazón tengamos una avenencia.>>

Quizá en el corazón tengamos una avenencia.

Raúl Scalabrini Ortiz.

Por: Romina Rocha.

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