El Mate, la minería, las Pampas y cómo se complementaban antes de la desintegración de América

El 30 de noviembre se celebra el Día del mate. El motivo elegido para esa fecha es el aniversario del nacimiento de Andrés Guacarí y Artigas o Andresito Artigas en 1778, el ahijado de José Gervasio de Artigas, condición religiosa muy importante porque nos definíamos por la fe, el ser católicos era nuestra condición, como un gentilicio común en América, condición que nos hermanaba con todo un continente. Este joven charrúa, ex comandante general de la provincia de Misiones, fue un impulsor de la industria del mate, de su producción y distribución y ejecutor de justicia social en el litoral, cuando, luego de las independencias (planificadas por Inglaterra en beneficio solo de ella), los criollos con poder abusaban de los más desposeídos.

Y a usted, estimado lector, le llamará la atención como se relacionan los tres elementos del título de este artículo.

Bien, comencemos a hilar fino y así encontraremos otra de las madejas sueltas de nuestra historia, de esas que la explican en sus primeras causas. Aquellas que nos llevaron a dos siglos de desencuentros y pobrezas.

Durante los siglos en que como partes de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata, formábamos una unidad política mundial con la corona de España, las economías de América se complementaban entre sí. Y de tal manera lo hacían, que se fortalecían mutuamente en una escala que luego permitió, que las economías de China e Hispanoamérica lo hicieran entre ellas; en una alianza comercial, mantenida durante siglos, a través del “Galeón de Manila”. Esa preponderancia de nuestros intereses, llevó a nombrar al Océano Pacífico como “El lago español”.

Como centro de esa economía, las Indias emitían la onza castellana de plata, conocida como Real de a 8. El centro de emisión en Sudamérica estaba en el Potosí, el Alto Perú, que hoy conocemos como República de Bolivia. Allí se emitía esa moneda, la más poderosa del mundo, que hizo que Cervantes acuñara la famosa frase en El Quijote: Vale un Potosí”. Para significar que algo vale una fortuna. La plata se extraía del cerro Rico. La explotación de la mina requería de elementos que llegaban de Chile y Perú, como el mercurio y de las mulas del actual norte argentino para el transporte del mineral y de las monedas acuñadas. Pero la alimentación para un trabajo tan esforzado venía del mate del Paraguay y de la carne de las Pampas. Estos alimentos, les otorgaban a los mineros, la fuerza necesaria para trabajar. La carne le aportaba el hierro necesario y la infusión del mate, además de ayudarle a absorber los nutrientes, eliminaba las toxinas del trabajo minero. Era la unión de los dos continentes en su dieta, el mate americano y la carne que había llegado con la conquista de América. España les proveyó el 90 % de la dieta cárnica y cerealera a los pueblos aborígenes y estos le aportaron al mundo el mate, el cacao, el tabaco, el maíz y muchos otros productos.

Con esa buena alimentación, se desarrollaba la minería y la moneda. Con esa moneda se imperaba en el comercio asiático, de ese comercio se beneficiaban los americanos, los asiáticos tanto de China como de las Filipinas españolas y los peninsulares. ¿Y qué país veía vedado su ingreso al comercio chino?… ¿Adivinan? Sí, Inglaterra. China y los reinos hindúes desconfiaban de ese pueblo, rechazaban los productos ingleses y la libra esterlina a la que consideraban una moneda sin valor intrínseco. Por el contrario, la moneda española era muy apreciada por el comercio chino, que carecía de una moneda propia de sólido valor. Tan fuerte fue el Real de a 8, que llegaron a circular 515 millones de monedas en China. Y mantuvieron su circulación hasta 1948, cuando Mao Tse Tung llegó al poder y las sacó de circulación; es decir 124 años después de la batalla de Ayacucho, la última que selló el destino de España en América. Y que sepultó nuestro futuro.

En el aspecto geopolítico, España y Portugal supieron aprovechar las malas relaciones entre China y Japón, para ser los intermediarios en el comercio entre ellos por medio de Filipinas, que se benefició con esa disputa y con la protección que le otorgaba España a los nativos, al ser considerados españoles.

De ese magnífico comercio, quedó en la memoria aquella tonada de la zarzuela española “La verbena de la paloma” que cantaban nuestras abuelas: “¿Dónde vas, con mantón de Manila?” Mantón que no era filipino, sino chino, pero que llegaba a nuestros mercados por medio del Galeón de Manila, es decir, gracias a este comercio, que también nos permitió acceder a sedas y porcelanas e introducir nuestros productos españoles americanos en un mercado gigantesco.

Esta ventaja, no pasó desapercibida para Londres. Inglaterra planificó su sabotaje con una estrategia a largo plazo. Primero dominaron, a los diversos reinos hindúes, aprovechándose de sus rencillas; una vez conseguido este paso, impusieron la plantación de opio, logrado este, que produjo decenas de millones de muertos por hambre en la India, lo introdujeron en China. Este paso, el opio, fue fundamental para dominar la voluntad del pueblo chino que cayó víctima de esta droga y padeció numerosas muertes. Paralelo a esto, fueron introduciendo ideas revolucionarias en América. ¡Libre comercio!, gritaban, ¡abajo el monopolio español!, insistían. Era un discurso materialista que olvidaba nuestra identidad basada en la fe, no en estados que no existían. Y como todo lo material, tiende a desvanecerse. Lo esencial, la identidad en la fe que había construido una civilización cristiana en América, es lo perdurable; incluso se percibió en 1982 en la Guerra del Atlántico Sur.

Hasta que un joven general gritó en su arenga: ¡¡“Seamos libres que lo demás no importa nada”!!

¿Qué no importa nada, general? ¡Claro que sí! Importa. ¡Y mucho! Ya gozábamos del libre comercio, del que nos interesaba a nosotros, el que nos dejaba beneficios, el que realizábamos en cuatro continentes entre compatriotas de las Españas de Asia, América, África y Europa. Desde Filipinas hasta el reino de Nápoles Dos Sicilias, desde California hasta la Patagonia. Era el comercio que manejábamos con nuestra moneda, sin deuda, con un sentido solidario entre nosotros, como se reflejaba en los Fondos Situados de la corona, que permitía ayudar a las partes menos favorecidas del imperio. Nuestra economía se basaba en nuestro esfuerzo, en nuestro genio y con los propios recursos, sin moneda extranjera. La propia moneda era la mejor. No teníamos deuda con bancas extranjeras. Luego de que “No importe más nada”, vinieron más de veinte estados, cada uno con sus monedas debilitadas a diario y sujetados a la usura de préstamos de una deuda eterna que nació con la ¿independencia? de América.

Por eso propongo volver todos los pueblos hispánicos a nuestra esencia: ¡”Seamos unidos, que nuestra unidad importa y mucho”!

Por: Patricio Lons.

Artículo publicado en REVISTA INSOMNIO #7
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