El odio, el amor y lo que supera todas las cosas.

Martín Licata.
Martín Licata.

El tiempo que transcurre cuando alguien cercano se va tiende a relativizarse tanto en la percepción personal que, aún con un calendario en la mano y un ritmo violento que nos invade y empuja, lo que fue, lo que es y lo que será queda todo mezclado y se transforma, irremediablemente, en un aprendizaje signado por el dolor, pero guiado por la búsqueda inclaudicable de la verdad. Porque, finalmente, cuando la existencia pasa a otro plano, lo que queda es entender los caminos que conducen a los seres humanos a acabar con la vida física de un par. Y para no perder el rumbo en el camino tormentoso y cuesta arriba que implica encontrar a los responsables del odio, lo que no hay que permitirse es creer que el amor y las convicciones sólo sirven para arriesgarnos, y que no vale la pena luchar contra la bestia porque ella siempre se mostrará más fuerte y poderosa que quienes estamos sufriendo las consecuencias de su dominio.

Hace una semana nos enterábamos de que nuestro amigo, compañero y camarada Martín (D’Amico, para la mayoría, Licata, para los papeles, Yakir para los más cercanos, amado para su familia) había sido violentamente asesinado y que su vida se había apagado en la oscuridad de un hotel que no marca, ni por lejos, lo que su breve pero brillante tránsito en el mundo material hubo sembrado en quienes tuvimos la virtud de cruzarnos con su existencia. Pero lo que vimos, una vez incorporado el dolor irremediable de la pérdida de un ser querido, fue cómo funcionan los circuitos de la verdad, de la posverdad y de la manipulación macabra en primera persona.

El tratamiento mediático del caso, que surge por la presión ejercida desde el subsuelo de la Patria que se vuelve a sublevar en los tiempos de la opresión y de la desidia neoliberal, fue y sigue siendo una clara muestra de lo que nos ocurre como conjunto a la hora de interpretar lo que no entendemos y de suponer sobre lo que desconocemos. En este sentido, lo que marca la diferencia entre la comprensión y la especulación es el amor que guía los intereses de los buscadores en contraposición con el desamor y la apatía de quienes van detrás de la noticia. Entre quienes quieren llegar a la verdad y quienes toman la realidad como simples datos que se convierten en números, dinero y confusión social, para la cual sus ejecutores son funcionales y, en consecuencia, responsables de esos efectos que son el sustento del poder de quienes nos odian y nos gobiernan.

Y la verdad, ese lugar al que es siempre tan difícil llegar, está marcado por datos, por hechos concretos y objetivos, que son los que determinan que la justicia esté más cerca en este plano en el que sólo nos queda abrazarla. A Martín le pasaron muchas cosas antes de morir, como nos pasan a todos a diario y muchas veces dejamos de lado porque forman parte de nuestra experiencia, de nuestro aprendizaje permanente, de las respuestas a las preguntas que nos hacemos a diario. Pero cuando alguien como Martín se va así, de repente, con violencia y misterio, cada una de esas cosas pasan a tener relevancia, porque podrían formar parte de la construcción de aquello que nunca sabremos a ciencia cierta, porque la verdad verdadera se la llevó él y a nosotros nos queda rodearla y abrazarla para que no se pierda.

Hubo, meses antes, un episodio confuso que sufrió Martín saliendo de una asamblea en La Alameda, volviendo a su casa. Lo cruzaron en la calle y sin mediar palabras, lo golpearon duramente y se fueron. Tal vez fue un hombre solo, tal vez fueron más. Tal vez fue una bronca momentánea, tal vez fue un aviso. Pero lo cierto es que esto, aislado, no fue importante más que por el susto y vaya a saber uno las cosas que habrán pasado por la inquieta mente de nuestro amigo. Tampoco fue importante que recibiera amenazas por Facebook por causa de las cosas que escribía: a todos quienes expresamos nuestras ideas nos pasa que quedamos expuestos a ser apoyados y a no serlo, incluso a generar pasiones y odios, porque en un mundo hiper-conectado y anestesiado, las descargas tipográficas son el reemplazo de la terapia personal y la catarsis colectiva es la nueva forma en que las frustraciones se manifiestan en el conjunto. No era importante saber con quiénes hablaba o no Martín para verse o dejar de hacerlo, era muy reservado y a ninguno se nos hubiera ocurrido inmiscuirnos en su intimidad si no hubiera pasado todo esto. Pero finalmente pasó, a Martín nos lo devolvieron muerto, maniatado y ahorcado en una habitación de hotel, en medio de confusiones generalizadas y días de altísima hostilidad para con quienes alzamos la voz en contra de la injusticia. Había una mujer, que era la clave para entender qué pasó y por qué, y después de días de discreción absoluta por causa de una investigación que no es un juego de niños ni una lotería para ver quién atina a la teoría, finalmente está a disposición de la justicia para al fin empezar a llegar a esa claridad que, al menos, nos podrá dar la paz de la verdad. Porque eso es lo que queremos los compañeros y compañeras de buenas intenciones: que Martín sea liberado de las dudas, de las especulaciones y de las mentiras. Y con él, todos nosotros, que deseamos sólo la certidumbre de una muerte que ya no podemos revertir.

Los fundamentos del poder real tienen su base en aquello que nuestra Jefa espiritual decía con claridad supina: “El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón”. Ellos, los que odian, sólo pueden permanecer por encima de los pueblos en tanto y en cuanto administren los recursos económicos y represivos suficientes para mantenerse en esa posición: no tuvieron, no tienen ni tendrán jamás vocación de consensos sesudos ni de voluntades articuladas en pos de una decisión soberana. Por eso es que no hacen política, hacen negociados en los que “lo político” sólo es relevante a la hora de sumar numéricamente para permanecer dentro de los límites aparentes de un sistema democrático. Saben que los consensos que ellos necesitan para mantener el poder no tienen que ver con brindarse al pueblo, sino en empujar y presionar tanto al pueblo que desde allí mismo surja la necesidad de cambios que nos saquen del infierno al que ellos mismos nos arrojaron.

Funcionan al igual que las corporaciones a nivel mundial y para ejemplificarlo, podemos tomar un caso contundente como el de Monsanto-Bayer. La misma multinacional, que ahora adquiere la forma real que siempre tuvo en su base, por un lado envenena a las poblaciones con sus productos agroquímicos, con la modificación genética de las semillas que nos alimentan y con el envenenamiento permanente y progresivo de suelos y aguas, intoxicando literalmente al mundo desde los elementos fundamentales de la vida, como lo son el agua y el alimento. Y, por otro lado, produce y vende sus fármacos para paliar temporalmente los efectos de ese envenenamiento, pero principalmente para profundizarlo y hacerlo irreversible, de manera que quienes se sometan a tratamientos médicos específicos como consecuencia de las múltiples enfermedades y síndromes derivados del uso de agroquímicos y de la transmisión indirecta de las modificaciones genéticas de los mismos, no puedan salir, hasta el día de su muerte, del círculo vicioso en el que la misma corporación ha sumergido a poblaciones enteras con el fin máximo de aumentar las ganancias de un lado y del otro del mostrador. Porque en este ejemplo, como en todas las relaciones de poder, quienes provocan el problema luego nos invitan con las soluciones que ellos mismos generan, ganando siempre que logran invisibilizar esa relación para que no podamos defendernos.

Por eso es que decimos y debemos seguir diciendo que este gobierno, el que hoy nos envuelve con este manto de muerte y desolación permanentes, es un gobierno de las corporaciones, llevado adelante por la oligarquía rancia de nuestro país que siempre, desde sus tiempos fundacionales, quiso impedir que nos conformásemos como pueblo-nación consciente, que generación tras generación ha tenido que matarnos, perseguirnos, proscribirnos y acusarnos para poder llegar al poder por el tiempo suficiente como para saquear nuestras riquezas y dejar sembrado el germen del mal entre nuestros conciudadanos.

Y de toda esta experiencia reciente, en la que hemos sufrido de cerca lo que significa molestarle al poder y que éste se ocupe de hacérnoslo saber de todas las maneras posibles, podemos empezar a vislumbrar, finalmente, lo que ha funcionado a lo largo de nuestra historia como hilo conductor indeclinable: el odio es de ellos, pero el amor siempre es y reside en el corazón de los pueblos. Y no se trata de un amor romántico ni de una frase bonita para aliviar la amargura de vivir en tiempos de crisis, para nada. El amor que habita en el pueblo es el que lo lleva una y otra vez a levantarse y hacerle frente al enemigo, es el que nace del profundo dolor de una pérdida y del insoportable odio hacia quienes quieren arrebatarnos la libertad. El amor es la fuerza superadora que todo lo atraviesa y conecta, porque sólo cuando nos disponemos a luchar en pos de un bien común más allá de nuestras individualidades es que volvemos a ser los dueños y artífices de nuestro destino. Y tanto nos han golpeado, tanto nos han lastimado, tanto nos han matado que, al final, hemos vuelto a nacer y a reunirnos, a reencontrarnos, a sabernos pares quienes luchamos contra el mismo enemigo y a sabernos fuertes cuando nos organizamos contra él. 

Esa fuerza, esa potencia superadora de todas las cosas y en todos los tiempos, es el resultado indeseado para aquellos que creían que nos habían vencido, pero que no sabían que “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Porque aquí estamos, con toda una historia a cuestas de luchadores y luces, de conductores y faros, todos vivos en nuestra lucha, todos latiendo con fuerza en este pueblo que no se rinde, porque hay toda una Patria por nacer.

Por: Romina Rocha.

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