Entrevista a Juan Vera, sobreviviente del ARA Gral. Belgrano.

Crucero ARA Gral. Belgrano
Crucero ARA Gral. Belgrano

A 38 años del hundimiento del crucero ARA Gral. Belgano, compartimos con Ustedes el testimonio del Cabo Principal de Operaciones Juan Vera, sobreviviente del aberrante crimen de lesa humanidad británico que marcó el verdadero comienzo de la Guerra de Malvinas.

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Revista Insomnio: ¿Cómo es que llegaste a formar parte de la tripulación del Crucero y qué funciones cumplías en él?

Juan Vera: Ya para 1982, como Cabo Principal de Operaciones, me encontraba a la mitad de mi carrera militar en la Armada. Llegué al ARA Gral. Belgrano entre marzo y abril de 1981. Allí estuve todo el año y, al siguiente -mientras el Crucero se encontraba en reparación-, se dio lo del 2 de abril; fue una sorpresa para nosotros. Yo me enteré por la radio que habían “tomado las Malvinas”, mientras estaba yendo al Crucero como cualquier persona va a su trabajo, y no lo pude creer; pero, cerca del mediodía, nos pusieron “en formación” y el Comandante nos informó oficialmente que habíamos tomado las Malvinas. Tuve un ‘sentimiento encontrado’ mezcla de orgullo, por lo que se había hecho, y ‘bronca’ no haber podido estar en dicho momento y en tal lugar; toda la flota se encontraba navegando y, nosotros, en el puerto. Ahí nomás busqué la forma de ir a las Islas, quería estar en la acción; Operaciones, mi especialidad militar, consiste -justamente- en ‘hacer la guerra’: un grupo de operaciones es -básicamente- un equipo de trabajo que se encarga de asesorar al Comandante sobre la situación táctica que se da en cada momento, permanentemente, y aconseja -a pedido del Comandante- sobres la forma de poner al buque en situación, rumbo y velocidad para poder atacar a los enemigos (ya sean que estén sumergidos, en la superficie o en el aire) o defenderse de sus ataques; “dónde poner la piña”, esa es mi especialidad. El haber estado tantos años en las FF.AA. y no haber podido participar de esa ‘acción’ me resultaba muy molesto, quería ejercer mi profesión, y más teniendo en cuenta quien estaba en frente. No sé por qué extraña razón tengo cierta aversión a “los ingleses”; tal vez sea por venir de familia española, a pesar de ser ya la segunda generación de la misma nacida en Argentina, que ya los teníamos ‘montados en un huevo’ por aquello de Gibraltar.

RI: Hay quienes sostienen -y yo soy uno- que, desde 1806 -por lo menos-, Argentina es una ‘colonia’ británica y que las “independencias” de la América Hispana “se planearon en el palacio de Westminster”. ¿Qué opinás sobre esto?

JV: Mirá, yo ‘pesco cosas en el aire’; en algún lado leí que, en el marco de la guerra que sostenían Inglaterra y Portugal contra España, esta última les tenía prohibido a los británicos el ingreso a los Virreinatos. Por tal motivo, en 1803 se juntaron un tal Popham -inglés- (NdR: Home Riggs Popham, 1762-1820) y un tal Miranda (NdR: Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez Espinosa, 1750-1816) a pergeñar la forma para que Gran Bretaña pudiera quitarle a España sus territorios americanos; parte su plan fue que, tras “tras librarse del yugo español”, los nuevos países se pelearan entre ellos. De esta “operación de inteligencia” nace el conflicto permanente que tenemos con nuestros hermanos chilenos, con los bolivianos, con los paraguayos, la escisión con el Uruguay y la entrega de territorios a los portugueses, etc; todas estas divisiones se armaron a través de “buenos consejeros” ingleses, y a partir de 1806, luego de perder la ‘primera batalla’ para apoderarse de América.

Juan Vera junto al Papa Francisco I en el Vaticano.

RI: ¿Qué estabas haciendo en el preciso instante en que el torpedo impactó contra el Crucero?

JV: Cumplíamos una orden que se dio el 1° de mayo para atacar a la flota inglesa; en ese ataque estaba involucrada toda la flota de mar argentina. Estábamos haciendo un ‘movimiento de pinzas’: venían barcos desde la parte norte -donde se encontraba el portaaviones- y noroeste, divididos en dos grupos; nosotros íbamos desde la parte sur, acompañados por los ‘destructores’ ARA Bouchard y ARA Piedra Buena; en ese enfrentamiento, además, se dio el ‘bautismo de fuego’ de la Fuerza Aérea. Desde ese momento, y hasta las cinco de la mañana del 2 de mayo, estuvimos navegando en ‘situación de combate’ (que es cuando ‘se cierra’ todo el barco y todo el mundo permanece en su ‘puesto de combate’; ahí no se mueve nadie y no existe forma, por ejemplo, de ir de una punta del barco a la otra.). A esa hora se nos ordena replegarnos porque, según “lo que se dijo”, “no estaban dadas las condiciones para que pudieran despegar los aviones del portaaviones y era necesario ‘dar marcha atrás’ esperando una condición táctica mejor”, motivo por el que nos volvimos. Estando ya en ese rumbo regreso al continente, nos torpedearon.

A las 16:00, hora del ataque criminal, yo me encontraba de guardia y esperando a mi relevo. Las guardias -generalmente- se tomaban quince minutos antes, cosa de tener tiempo para poner al reemplazante ‘en situación’. El hombre que solía reemplazarme siempre llegaba tarde, y ese día yo había tomado la decisión de “mandarlo al frente” anunciando al ‘comando’ mi retiro de la guardia para que le ‘llamasen la atención’. Eso me salvó la vida ya que, la ‘camareta’ de cabos superiores a la que acostumbraba ir a descansar todos los días tras cumplir con mi horario de guardia, se encontraba en la cubierta superior y justo encima del cuarto de máquinas donde entró el torpedo e hizo que ‘volara’ todo; allí no quedó nadie con vida.

RI: A partir de ahí ¿Cómo viviste el momento del hundimiento y, luego, el rescate de las balsas?

JV: En una nave existen diferentes protocolos, en los que cada tripulante tiene un rol específico, y que se ‘activan’ según la situación; de combate anti-aéreo, de combate anti-superficie, de incendio, de rescate, de abandono, etc. En ese momento no se activó ninguno porque, al golpear el torpedo en el ‘cuarto de máquinas’, el barco se frenó y todo quedó ‘a oscuras’. Tras el impacto, se oyó romperse la vajilla de la ‘camareta’ de ‘cafetería’ ubicada junto al CIC (NdR: Centro de Información y Combate, el “cerebro” de una nave militar.), y luego todo quedó en silencio. Lo que más me ‘shockeó’ de la situación fue, justamente, ese silencio; verdaderamente parecía un “silencio mortal”. Un barco tiene motores y máquinas que funcionan de manera permanente, generando ruidos y vibraciones; es una ‘cosa’ que está constantemente “latiendo” y, en un segundo, esos “signos vitales” desaparecieron por completo. De repente, una voz rompió el silencio: -¿Qué pasó?- preguntó un Suboficial (NdR: que ha fallecido hace unos meses). -Nos pegaron un “torpedazo”- contesté, con mucha naturalidad. Cuando terminé de decir eso, se escuchó un ‘chasquido’: era el segundo torpedo, golpeando en la proa y cayendo a 15 metros de ella. Automáticamente me puse la campera y el salvavidas, agarré un bolsito que tenía preparado para cualquier eventualidad, y me fui para afuera en mi ‘rol de abandono’; por la forma en que se escoró el barco (quedó acostado), estaba seguro de que tendríamos que abandonar.

Juan Vera vigila a las Malvinas desde Ushuaia.

Al salir a cubierta me encontré con un amigo que se encontraba en calzoncillos, medio encorvado y luciendo en su cuerpo un extraño color parecido al de la miel. -¿Qué hacés acá?- le pregunté, mirándolo sorprendido. -Vengo a tomar la guardia- respondió. -¿Y así?- insistí. -Sí, sí- me dijo. Lo sujeté, más o menos a la altura del hombro, y noté que se le estaba terminando de quemar la camisa; de una forma muy ‘natural’ le quité ese resto de prenda y él, que era radio-telegrafista, se fue hacia su puesto para tomar la guardia, y yo me fui para la proa.
Una vez allí, traté de bajar una de las balsas en las que íbamos a evacuar, y veo que empieza a aparecer gente; algunos estaban desnudos y empapados. En el CIC teníamos unos ‘capotes’ largos de abrigo, de esos que llegan por debajo de las rodillas, que eran para el Cuerpo de Vigías; le di mi bolso a Walter Martelli (otro sobreviviente que actualmente trabaja como ingeniero en la Ciudad de Mar del Plata) y me fui para el CIC a buscar esos ‘capotes’, ya que conocía el barco “de memoria”, y luego emprendí el regreso al mismo lugar para abandonar. Cuando estaba llegando a la segunda de las tres torres de 6 pulgadas ubicadas en la parte de adelante de la nave, me encontré con unos ‘cabos’ (NdR: cuerdas) que sostenían a un conscripto llamado Iturria; me paré para observarlo y noté que su cuerpo tenía el mismo color que el del radio-telegrafista. -¿Qué le pasó?- pregunté a los presentes; me respondieron que “lo había agarrado la explosión”. Les pedí que me esperasen, que iría nuevamente al CIC a buscar un botiquín médico; luego me adelanté hasta el lugar del abandono y entregué a mis compañeros los ‘capotes’, le pedí a Martelli que me regresara mi bolso para entregárselo al encargado de la balsa, un Suboficial Primero con ‘rol’ de telegrafista apodado “El Conde”. Antes de partir rumbo al CIC en busca del botiquín me prestaron una linterna y el Suboficial Reinoso también me solicitó que trajera de allí su bolso, el cual había olvidado en medio de las prisas. Recuerdo que, al darme vuelta, pude notar a un pequeño grupo de soldados junto a mi; entre ellos, vestido con un pijama celeste y envuelto en una manta blanca, se encontraba un Suboficial de los helicopteristas que no tenía salvavidas. Casi sin pensarlo, me quité el mío y se lo entregué, pero luego de hacer unos pasos volteé nuevamente y me dije a mí mismo: -¡Que ‘gil’! ¿Cómo me voy a quedar sin salvavidas?-. Por un segundo pensé en recuperarlo, pero caí a cuenta de que si me veían sacándole el salvavidas a un hombre que estaba herido, “me cagarían a trompadas”, así que opté por seguir mi camino.

Ya en el CIC, mientras descolgaba el botiquín médico, el barco se movió bruscamente como si se estuviera “acomodando”, lo que hizo que se me cayera la linterna y me quedara completamente a oscuras. Fue tal el miedo que sentí que, sacando fuerzas “no sé de donde”, arranqué el botiquín de un tirón y salí ‘tanteando’ de la habitación para respirar aliviado tras ver unas luces afuera. Caminé algunos pasos hasta una bajada que conducía al ‘cuadrado de Oficiales’, donde se encontraba el ‘Pabellón de Guerra’; se me ocurrió que, si lograba sacar el ‘Pabellón’ y llevarlo hasta las balsas, todos tendríamos con qué abrigarnos; sin embargo, luego de dar bajar un par de escalones, el barco volvió a sacudirse violentamente y pude ver como una brotaba de allí una espesa columna de humo, lo que me obligó a desistir de la idea.
Regresé a donde se encontraba el conscripto herido amarrado a los cabos por el que fui a buscar el botiquín sólo para descubrir que, afortunadamente, mi ‘aventura’ por las entrañas del agonizante navío habían sido ‘de balde’: ya estaba siendo atendido por un enfermero. Continué caminando hasta la zona donde ‘mi gente’ debía estar esperándome, pero no había nadie; me encontraba solo en la banda de estribor de cubierta, como “loco malo”, buscando divisar entre las olas al conjunto de balsas al tiempo que me ‘maldecía’ a mí mismo por haber arriesgado mi supervivencia inútilmente. Fue entonces que, desde la otra banda (la de babor), un ‘guardiamarina’ me llamó para pedirme que lo ayudara agarrando uno de los tantos cabitos de las balsas que tenía (las balsas poseen un cabito -una soga- que, cuando son arrojadas al mar, las amarra a los tanques que las inflan y las mantienen cerca del barco para las personas puedan saltar hacia ellas). Sujeté el cabito, el hombre se arrojó sobre una balsa y, cuando veo subir otra balsa por el oleaje, un conscripto me grita: -¡Cabo! ¡Tírese!-; solté los cabitos y salté. Fui pasando de balsa en balsa hasta encontrar la que yo quería abordar, la que tenía los equipos de radio; estaba convencido de que, aunque murieran todos los tripulantes de la balsa, yo le iba a ‘dar manija’ a esos equipos hasta que alguien me encontraran. Finalmente, rezando en la oscuridad ‘diez mil millones’ de “Padre Nuestro” entre interminables olas de hasta 15 metros, los 32 tripulantes de esa balsa para 20 personas logramos resistir al miedo y al frío hasta la tarde del día siguiente en que fuimos rescatados.

RI: Luego del rescate ¿Cuál fue tu destino?

JV: Una vez que volví ‘a tierra’, por estar radicado en Punta Alta (Córdoba), fui enviado a la Escuela de Operaciones. Estuve ahí hasta el mes de septiembre, cuando le cambié ‘el pase’ a un compañero y me vine a Ushuaia, donde vivo desde entonces.

RI: O sea que no te enviaron a la guerra nuevamente.

JV: No. Pedí volver como voluntario pero, como a -casi- todos quienes lo hicimos, nos lo negaron bajo el argumento de que “ya habíamos cumplido con la Patria y no era necesario que regresáramos al combate”. Después uno, con el tiempo, va leyendo acerca de cómo se sucedieron los hechos y ‘aceptando’ algunas cosas; pero, el 14 de junio cuando me enteré que había un ‘alto al fuego’ no declarado, se me ‘piantó un lagrimón’ y entendí que nos habíamos rendido, que al final fue lo que pasó.

RI: ¿A qué corresponde la Guerra de Malvinas? ¿A los delirios de un dictador embriagado de licor y poder? ¿A la jugada desesperada de un régimen que se había tornado insostenible? ¿O, tal vez, a una maniobra para favorecer ciertos ‘intereses foráneos sin patria ni bandera’?

JV: Bueno, en principio habría que preguntarle a Davidoff si es que fue pieza de algún “entramado oscuro” o su accionar corresponde a una “acción inocente” que se transformó en una guerra; si lo sacáramos a Davidoff ‘del medio’, podríamos hablar de un “dictador borracho” pero, como yo intuyo que él fue “la frutilla necesaria para armar esa torta”, comprendo que Argentina actuó conforme ‘a derecho’ según los parámetros del derecho internacional: si Argentina aceptaba que los ingleses echaran a Davidoff de las Georgias, también hubiese aceptado que Inglaterra hiciese ‘ejercicio de soberanía’ como ‘dueña’ de esos territorios. Yo lo dejo ahí.

RI: ¿Qué significó el hundimiento del ARA Gral. Belgrano, tanto para la guerra en sí, como para todo lo que vino después?

JV: Inglaterra, desde 1833 hasta la fecha, ha hecho caso omiso de todos los acuerdos que ha firmado; en 1825 firmaron un acuerdo “de amistad eterna con Argentina”, ocho años después tomaron las Islas. Son ‘piratas’, han sido ‘piratas’ y seguirán siendo ‘piratas’; las ideas de “respeto” y “democracia” que promueven son una absoluta falacia, cuando quieren algo se lo apoderan por la fuerza de las armas y luego invierten la carga de la culpa.
Son ‘piratas’, y ‘al pirata’ hay que hacerle frente por acción y decisión. Nosotros, en Malvinas, estuvimos a punto de destruir toda su flota, pero hay cosas que no se comentan.

El hundimiento del Crucero fue un ataque directo contra la posibilidad de que hubiera una tercera bandera en Malvinas. Fue una acción política, por eso la considero un crimen; lo que allí se buscó -y se consiguió- no fue hundir al ARA Gral. Belgrano, sino la propuesta del presidente peruano Belaúnde Terry, que Galtieri ya había aceptado.
Hasta ese momento, lo que sucedió en Malvinas no fue una guerra. La toma de Puerto Argentino fue un ‘golpe táctico’ con la idea de dejar allí un grupo de militares y así forzar a Inglaterra para que ‘se sentara’ a discutir el asunto de la soberanía. Esto se hizo en respuesta a una situación muy concreta desatada por Constantino Davidoff, un comerciante “chatarrero” que había comprado una ‘ballenera’ ubicada en las Islas Georgias. Cuando este hombre fue a hacer el ‘desguace’ de la ‘ballenera’, Inglaterra se opone y envía al HMS Endurance para desalojar a los obreros. Si Argentina hubiese permitido que esa operación se llevara a cabo, habría aceptado ‘de hecho’ la soberanía británica sobre dicho territorio. Esto hubiera implicado la aplicación de una ‘doctrina’ del derecho internacional conocida como Estoppel, que es “la doctrina de los actos propios”. Por tal motivo, Argentina realiza una serie de acciones concretas sobre las Islas Georgias y, a su vez, despliega un ‘golpe comando’ y toma las Islas Malvinas. Tanto es así que, al momento de tomar las Islas, desembarcaron unos equipos grandes llamados VAO (Vehículo Anfibio Oruga), que son como tanques pero con ‘armas chicas’ que se utilizan para el transporte de personal y, para el día 7 de abril, habían sido regresados al continente junto con la Infantería de Marina que había realizado la operación salvo por el BIM 5.

Con respecto al hundimiento, hubiera sido mejor -estratégicamente hablando- atacar a los dos ‘Destructores’ que nos acompañaban a nosotros. ¿Por qué? Porque estaban armados con cuatro misiles ‘Exocet’ cada uno. Con los sistemas de computación que utilizaba en ese momento la flota inglesa, un barco de la II Guerra Mundial como el ARA Gral. Belgrano, no les representaba ninguna amenaza; los misiles de los ‘Destructores’, con mayor alcance que el ‘fuego’ del Crucero e invisibles a sus radares, sí eran un verdadero peligro.
Además, con esta acción violaron la Convención de Ginebra de 1948 en tanto que haber inhabilitado al barco en lugar de hundirlo disparando un solo torpedo a la proa, minimizando la cantidad de muertos; el HMS Sheffield y otras naves se hundieron por negligencia o inoperancia de sus tripulantes, que no pudieron controlar ni contener los incendios a bordo, pero los misiles no hunden barcos.
Esto es lo que nos pasó; y si hubiéramos concluido el ataque ese día, hubiésemos inhabilitado a toda la flota inglesas, pero no pasó, nos ordenaron volver. Igualmente, toda esta información sobre los daños y la cantidad de bajas que han sufrido, los ingleses la tienen clasificada como ‘secreto’ a un término de 90 años, por lo que ninguno de nosotros estará vivo para saber cuánto han mentido. El daño que les infligimos es comparable al que sufrieron en la II Guerra Mundial, pero bueno… Perdimos esa batalla, y luego perdimos la guerra con la firma de los Acuerdos de Madrid ni bien asumió Menem, cuya firma constituye la entrega total de nuestra soberanía nacional.

RI: Hay quienes dicen que la guerra empezó realmente tras el hundimiento del Crucero…

JV: Sí, porque a partir de ahí, no hubo vuelta atrás. De haber sido Galtieri, igualmente hubiese aceptado la propuesta de Belaúnde Terry; el objetivo no era ‘ganar la guerra’ sino poner la Bandera Argentina en las Islas, y esta actitud de persistir con las hostilidades y no sentarse a negociar la propuesta del presidente del Perú, derivó en la rendición del 14 de junio. Esto último también es un tema de gran discusión: según muchos de los soldados que pelearon ese día, al momento en que Mario Benjamín Menéndez firma la rendición, aún se encontraban en condiciones de resistir unos días más; incluso, se dice -aunque pudiera ser falso- que los ingleses se estaban quedando sin municiones para seguir atacando. Pudiera haber sido otra historia, pero terminó como terminó, con una rendición que yo no comparto. Fue una decisión unilateral de un dictador, que ordenó a la tropa rendirse.

RI: ¿Se puede decir que dentro del bando argentino, además de héroes, también hubo “villanos” y traidores?

JV: Sí, y se puede decir también que hubo seres humanos incapaces de comprender de qué se trataba la guerra. Las miserias, en la guerra, son eso: miserias; a mi modo de ver, no pueden esas miserias enlodar la acción del conjunto, que fue ultra-valerosa. Hubieron soldados que entregaron su vida y otros que se expusieron a la bayoneta y al combate ‘cuerpo a cuerpo’, que es lo más terrible de la guerra; en pleno S.XX se extremó a ese nivel, fue la última guerra -por así decirlo- tradicional.

*Entrevista publicada en Revista Insomnio #4 (junio 2019).

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Por: Nicolás Escribá
MN 14.779 – Periodista.

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