Es la geopolítica, estúpido.

Es la geopolítica, estúpido.
Es la geopolítica, estúpido.

El caótico clima que se vive en la región no tiene paz ni da respiro y, el domingo por la tarde, las nefastas noticias provenientes de Bolivia recorrieron velozmente las pantallas de los medios nacionales: Otro golpe de Estado en Hispanoamérica, otro gobierno con pretensiones de soberanía nacional cayendo ante la fuerza de intereses foráneos sin Patria ni bandera, otra postal que refleja el tenor de los tiempos que corren.
Sin embargo, más allá del sesgo sorpresivo con el que la prensa local trató la novedad y con el que la sociedad la recibió, lo cierto es que el ominoso desenlace no carece de lógica alguna; de hecho, era algo totalmente esperable y no se encontraba ajeno a los cálculos de quienes siguen ‘al dedillo’ los avatares de la coyuntura boliviana.
Es necesario hacer una aclaración: el suceso no corresponde a ninguna anomalía, ni en el hecho en sí, ni en sus formas; en consonancia con lo expresado en los primeros párrafos de nuestra reciente nota editorial, los ‘golpes de Estado’ constituyen una constante en la historia posterior a nuestras “emancipaciones”, y son el reflejo de la puja de poder que se da tanto en el tablero geopolítico como a las entrañas mismas del mundo anglo-sajón. La continuidad “democrática” que se vive en nuestro país desde la asunción del ‘radical’ Raúl Alfonsín, quizás, pudiera haber contribuido a la idea -bastante generalizada- de que los “golpes de Estado” -sobre todo los protagonizados o co-protagonizados por los ejércitos- son hechos que corresponden ‘al pasado’; pero, dicha idea, se contrapone a la realidad. Entre intentos fallidos y consumados -y sin tener en cuenta tanto lo sucedido el domingo en Bolivia como las destituciones de Dilma Rousseff en Brasil y Fernando Lugo en Paraguay-, sólo desde 1982 a la fecha, la humanidad ha sido testigo de no menos de 58 atentados a la ‘institucionalidad’ alrededor del mundo donde 16 de ellos se han dado en nuestro continente y uno de los mismos se constituye como el antecedente directo de la actual tragedia boliviana: Luego de que Morales se alzara victorioso del ‘referendum revocatorio’ que en agosto del año 2008 pusiera en juego su mandato, algunos sectores apoyados por la embajada norteamericana, impulsaron una intentona de “golpe de Estado civil” que derivó en la expulsión del embajador estadounidense y la inmediatamente posterior “Masacre de Pando”.

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Durante toda la semana, han desfilado por los plató de las diversas señales informativas, una grotesca cantidad de pretendidos “analistas” prestos a vomitar las interpretaciones y/o teorías más deformadas y delirantes en aras de ‘llevar agua a sus molinos’. Hubo quienes negaron el hecho, también quienes lo justificaron apelando a los más ignominiosos argumentos, y también quienes lo aprovecharon para reforzar su línea ideológica anti-capitalista e incluso para atacar al nuevo presidente argentino por medio de disparatadas conexiones o futurologías muy ‘flojas de papales’.
A los primeros no vale la pena ni siquiera darles una mínima entidad pero, a los segundos, hay que prestarles mucha atención y disecar con precisión sus sesgados y peligrosos discursos dado que -de una u otra forma- su difusión podría generar una suerte de “ánimos sociales” que atentasen contra la correcta resolución de la delicada situación en la que nuestro país se encuentra.
Para empezar, estos sectores cuya filiación política e ideológica corresponde a la “izquierda” y el “progresismo”, no dudaron un segundo en colocar la totalidad de las responsabilidades propias del suceso sobre las espaldas del gobierno estadounidense, y puede que apriorísticamente hablando no se encuentren tan equivocados; sin embargo, las diversas interpretaciones expresadas con relación a los hechos, más que erradas son falaces y tendenciosas; por no decir que evidencian una ignorancia exagerada acerca de los menesteres que hacen a la política internacional. Para colmo, el brutal desconocimiento de estos sectores acerca de historia y la coyuntura política de los Estados Unidos, no sólo les ha impedido realizar una correcta lectura del comunicado emitido por la Casa Blanca en apoyo al golpe de Estado contra Evo Morales sino que les ha caído cual ‘anillo al dedo’ para reforzar sus patológicas elucubraciones.
Con el fin de explicarlo de una forma en que todo el mundo pueda entenderlo, tomaré como ejemplo las “tesis conspiranoicas” de cierta comunicadora de doble apellido que en los ’90 supo ser estandarte del compromiso periodístico y que hoy no es ni la sombra de su admirable pasado, y que se erigen como el fiel reflejo de la torpeza interpretativa.
Resulta que ‘la señora’ afirma que, la reciente visita de la hija de Donald Trump a la Provincia de Jujuy, tenía como objetivo subyacente el transporte y la entrega de un maletín repleto de verdes billetes estadounidenses a modo de herramienta financiera para alimentar la maquinaria golpista dirigida por las agencias de inteligencia norteamericanas. No obstante, lo que ‘la señora’ no ha tenido en cuenta, es que aquellos métodos arcaicos han sido abandonados hace años -si no hace décadas-, y que son más propios de las narco-series colombianas o mexicanas que de la realidad empírica; hoy en día, el dinero tiende más a circular por los canales electrónicos/digitales que los físicos, y su canalización por la vía de las Organizaciones No Gubernamentales o las Fundaciones “filantrópicas” ha convertido a los emisarios y sus valijas en instrumentos más que prescindibles.

Con esto no estoy negado -per sé- la participación de ‘agentes’ (tanto internos como externos) al servicio de los intereses norteamericanos en el meteórico proceso que derivó en el derrocamiento de Morales y, de hecho, en tanto que Estados Unidos resulta ser el mayor beneficiario de este ‘golpe’ no sería descabellado sospechar la presencia de su mano más negra. Incluso, el comunicado oficial emitido por la Casa Blanca al respecto, no deja lugar a dudas sobre la importancia que el hecho tiene para el proyecto político de Donald Trump; pero es aquí donde se presenta una de las peores aberraciones interpretativas de los progresismos “liberales” e “izquierdistas”, que suelen tildar de “fascista” al ‘colorado’ sin tener idea de qué fue el fascismo, o tienden a vincularlo equivocadamente con payasos del estilo de Bolsonaro.
Si uno realiza un riguroso análisis de las políticas implementadas por Donald Trump, tanto en el plano económico (macro y micro) como en el diplomático, no resulta difícil hacer un paralelismo -y siempre salvando las diferencias- con estadistas de la talla de Juan Domingo Perón. En lo que se refiere a lo económico; sus mayores esfuerzos se han centrado en la regulación justa del comercio, la protección de la industria nacional, la creación de empleo y el afianzamiento de las relaciones comerciales con la región en general y México en particular; de esta manera ha logrado terminar con décadas de políticas económicas liberales que han afectado negativamente a la clase trabajadora estadounidense. En lo que respecta a las relaciones internacionales de la ex “potencia hegemónica”, la “Doctrina Trump” ha sido definida por numerosos académicos como “fuertemente nacionalista y anti-globalizadora” pero además “inesperadamente dialoguista”, lo que también lo diferencia de sus antecesores. Como ejemplo del rotundo viraje en las concepciones diplomáticas estadounidenses impulsado por Trump, podemos citar la insólita respuesta que el mandatario le dio a un periodista durante la tradicional entrevista que Fox News realiza a los Jefes de Estado tras la primera mitad del “Super-Bowl”, en octubre del año 2017: “Putin es un asesino”, espetó el entrevistador, a lo cual Trump contestó que “Hay muchos asesinos ¿Usted cree que Estados Unidos es inocente?”. Por otro lado, en el marco de las longevas tensiones que la ‘Casa Blanca’ mantiene con Irán y Corea del Norte -y, si bien ha sostenido la política de sanciones económicas, al igual que lo hace con Rusia-, constantemente se ha declarado a favor del diálogo para una salida negociada a diferencia de su antecesor; pero, lejos de corresponder a meras declaraciones demagógicas, estas posiciones se evidencian en acciones concretas como fue la primera visita oficial de un mandatario estadounidense en funciones a suelo nor-coreano sucedida este año. Otro ejemplo acerca del rotundo cambio de dirección que Trump ha traído consigo a la diplomacia de los Estados Unidos es su permanente ninguneo al contubernio conocido como OTAN, al que no pierde ocasión de ‘bajarle el precio’ asegurando que apoyar económicamente a dicha organización es tirar a la basura el dinero de los contribuyentes.
Pero este cambio de paradigma en lo que se refiere a los menesteres diplomáticos no debe entenderse como un “abuenamiento” de la -aún hoy- mayor ‘potencia militar’ ni la repentina transformación de Trump en un “apóstol de la paz”; para Trump, lo más importante en este momento es reconstruir el poderío económico que supo hacer de los Estados Unidos la principal potencia industrial de antaño y, en ese sentido, sostener la intensidad de la injerencia norteamericana en los procesos políticos y sociales extranjeros representa un derroche de dinero innecesario y absolutamente prescindible del que está desesperado por deshacerse.Para entender el papel que pudo -o no- haber jugado la diplomacia de los Estados Unidos en el derrocamiento de Evo Morales es preciso tener en cuenta el contexto por el que atraviesa su macro-economía pero, sobre todo, fijar la vista sobre dos factores que resultan insoslayables a la hora de buscar una explicación al tono presente en las declaraciones oficiales del Presidente Trump.
El primer factor no es otro que el recién explicado en los anteriores párrafos, y que puede resumirse en los avatares que comprenden a la implementación de un nuevo/viejo modelo económico por medio de un proceso de reconfiguración de la matriz productiva y la restauración del tejido industrial nacional, que Trump supo hacer la principal bandera de su campaña electoral en la forma del eslogan “Make America great again”, irónicamente tomado “prestado” a Ronald Reagan, el Presidente que profundizó el proceso de liberalización de la economía estadounidense.

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El segundo factor se encuentra estrechamente relacionado con la -mal- llamada “guerra comercial” que el gobierno estadounidense mantiene, desde mediados de este año, con la China de Xi Jinping. A fin de no alargar esta columna más de lo necesario, no entraré en detalles acerca de los diversos aspectos que hacen al mentado conflicto, y me limitaré únicamente al análisis del suceso que inclinó la balanza a favor de los intereses chinos; suceso que bien puede explicar por qué un viraje rotundo de la política exterior, la económica y la relacionada con la administración de los recursos energéticos en Bolivia constituye un interés estratégico superlativo para el proyecto económico del Presidente Trump.
Tras la aprobación en el Congreso estadounidense de las sanciones económicas y arancelarias contra la empresa Huawei, el 20 de mayo del corriente, Xi Jinping realizó un gesto pequeño pero cargado de una violencia simbólica devastadora que puso a temblar no sólo a Donald Trump sino a todos los actores que forman parte de la economía norteamericana e incluso al mismísimo ‘complejo militar industrial’. La visita del mandatario chino a la remota aldea de Tantou (ubicada en la Provincia de Jiangxi) en compañía de Liu He (Viceprimer Ministro chino y Jefe del equipo encargado de las negociaciones con Washington para terminar con el conflicto), bastó para que el gobierno estadounidense diera marcha atrás con las sanciones. Pero ¿Por qué una simple y rutinaria gira de inspección a una miserable aldea perdida en la geografía de una desconocida y -aparentemente- intrascendente provincia del ‘gigante asiático’ generó semejante pavor en prácticamente todas las estructuras de la principal potencia económica y militar del hemisferio occidental? Simple: en la Provincia de Jiangxi se encuentra el mayor polo extractivo a nivel mundial de las llamadas “tierras raras”, que son una serie de elementos químicos imprescindibles para la fabricación de una inmensa gama de productos e insumos indispensables para la industria tecnológica moderna.
Para tomar una verdadera dimensión de la importancia que estas “tierras raras” poseen para la economía global; es necesario entender que las mismas están presentes en una larga lista de artefactos que van, desde las más básicas manufacturas dispuestas para el uso cotidiano, hasta los ingenios tecnológicos de complejidades medias y altas desarrollados tanto para el ámbito civil como el militar. Como ejemplo de esto, podríamos citar la presencia de “tierras raras” en la “piedra” que genera la chispa de los ‘encendedores’, la nueva generación de imanes que permiten reducir el tamaño de los aparatos electrónicos, los vehículos “híbridos” y las turbinas eólicas, el color rojo que emiten los “smart tv”, los convertidores catalíticos utilizados en los escapes de los automóviles modernos, los ‘discos duros’ y otros muchos componentes informáticos, las gafas de visión nocturna que utilizan las FF.AA estadounidenses así como sus misiles de crucero y otros tipos de armamentos. Las “tierras raras” son, básicamente, el insumo indispensable presente en prácticamente la totalidad de los elementos tecnológicos -y no tanto- de nuestra era; China posee el monopolio de las mismas, abasteciendo al 97% de un mercado en el cual las importaciones estadounidenses representan el 80%. Dicho de otra manera, si China decidiese suspender sus exportaciones de “tierras raras” al mercado estadounidense, el poderoso ‘país del norte’ se adentraría en un atroz proceso que terminaría por colapsar todas sus infraestructuras.
Pero ¿Por qué China domina el mercado de las “tierras raras”? Básicamente porque, el medioambiente, a China le vale mierda; y la extracción de “tierras raras” deja tras de sí unos niveles de contaminación medioambiental inaceptables e, incluso, genera peligrosos residuos nucleares. No es que Estados Unidos u otros países del mundo carezcan de tales “tierras raras”, sino que nadie parece estar dispuesto a destruir su capital medioambiental cuando existe un país como China que ha hecho de la agresión al medioambiente un deporte nacional.
Sin embargo, existe otro país cuyo suelo está minado de abundantes “tierras raras” y cuya contaminación tampoco representaría un problema en lo más mínimo tanto para Estados Unidos como para el resto de la “comunidad internacional”; se trata, justamente, de Bolivia.
Por otro lado, habría que sumarle a lo ya expuesto el hecho de que Bolivia ha emprendido hace ya varios años un proceso por el cual se está convirtiendo paulatinamente en una potencia en lo que se refiere tanto a la extracción como al desarrollo productivo de otro recurso que, al igual y de la mano de las “tierras raras”, hoy en día ha cobrado una alta importancia estratégica y se perfila como indispensable para la siguiente generación tecnológica: el litio. En ese sentido, los acuerdos de cooperación firmados entre los gobiernos de China y Bolivia que tienen al desarrollo del litio como eje central, representan un verdadero factor de riesgo para la economía norteamericana.
En resumen, apoyar al golpe de Estado en Bolivia -he, incluso, haberlo propiciado-, es un hecho que no sólo no resulta ilógico sino más bien necesario para el proyecto político y económico de la ‘gestión Trump’; y, en esto, no podemos ni debemos ser hipócritas: Trump ha hecho algo que frecuentemente le exigimos a nuestros propios gobernantes, y no es otra cosa que la defensa de nuestros intereses nacionales, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.
Antes de continuar, le pediré encarecidamente que no malinterprete mis palabras; no estoy intentando, de ninguna manera, justificar la -presunta- intervención estadounidense en el proceso que derivó en el derrocamiento del legítimo Presidente de Bolivia ni el reconocimiento del gobierno de Donald Trump al ilegítimo régimen que hoy se encuentra usurpando sus instituciones; simplemente trato de explicar, en palabras y conceptos simples, los motivos de la postura norteamericana frente al suceso dado que carga con ciertas particularidades que lo diferencian de anteriores injerencias en nuestra región. La cuestión, en sí, no deja de ser absolutamente condenable y repudiable; pero, esta curiosa y novedosa variable que hace a la ecuación, puede ser tomada como un reflejo de los confusos tiempos que corren: es posible que, por primera vez en la historia, nos encontremos contemplando un golpe de Estado impulsado por los Estados Unidos en su “patio trasero”, no -sólo- para beneficiar al ‘cártel financiero’ o a las corporaciones económicas transnacionales, sino para salvaguardar su economía interna y garantizar el bienestar de su clase trabajadora. Insisto, ni el orden de los factores ni la potencialidad de la existencia de dicha variable alteran el repudiable resultado, y también acepto que la idea pudiera parecer irreal o -cuanto menos- muy difícil de digerir; pero a las pruebas me remito.

* * *

Ahora bien, como mencioné en los primeros párrafos de esta columna, cargar todas las culpas sobre las espaldas del gobierno norteamericano constituye un grosero error de interpretación si no es que se corresponde con una tergiversación deliberada de la historia. Estas disputas por el poder político y el control de las instituciones de una nación, sólo pueden darse entre dos o más sectores, y en ellas no existen partes pasivas y menos que menos libres de culpas y responsabilidades.
Ya realicé un -aunque ciertamente somero- análisis del papel que pudiera -o no- haber jugado el gobierno estadounidense y su aparato internacional de inteligencia y cabildeo y, ahora, le toca el turno al gobierno de Evo Morales.

El marcado carácter maniqueísta propio de la lógica imperante dentro del debate público, la cual nos ha sido impuesta por la vía de un discurso mediático deliberadamente sesgado en aras de instalar “ánimos sociales” según la conveniencia de ciertos intereses -muy concretos, me arriesgaría a afirmar-, no tardaron en reducir el análisis de la cadena de acontecimientos que derivó en -y, luego, derivó de- la fractura del orden institucional boliviano, en un capítulo más de “la eterna lucha entre el bien y el mal”. Tanto “por derecha” como “por izquierda”, la diversa fauna de opinólogos que acostumbra reptar por los oscuros reductos del sistema mediático de masas, no ha cesado -ni pretende- en su esfuerzo por polarizar el debate y exacerbar el fanatismo de sus oligofrénicas “tribunas”. Para un sector, tras años y años de una atroz “dictadura indígena” con tintes “satanistas”, la “luz de Cristo” brilló el domingo sobre el cielo que cubre al Palacio del Quemado, y los más gallardos exponentes de la noble justicia y la hidalga transparencia propias del “liberalismo cristiano” prevalecieron por sobre la aplastante alpargata de un “comunismo” cubierto de plumas e impúdicos taparrabos; para el otro, la sádica ignominia del “demonio blanco” llegado desde tenebrosos y lejanos mares, impuso su degenerada sed de sangre y conquista destruyendo a fuerza de espadas y cruces -como hace 500 años- el perfecto reinado de amor y paz conducido por la bondadosa encarnación terrenal de un “Viracocha” que fue obligado a marchar al ostracismo en los distantes dominios de “Quetzalcoatl”.
Es verdad que, se los mire por donde se los mire, ambos relatos chorrean épica y poesía por los cuatro costados; pero más verdad es que, tanto el uno como el otro, solamente representan mellizos charcos de una diarreica mentira que brota en infinitos borbotones desde los más hediondos y promiscuos anos de la decadente posmodernidad; y en las lisas superficies de sus marrones y espesas consistencias, se reflejan las dos caras de una innecesaria tragedia: la primera nos devuelve el brillo de la soberbia con pretensión de omnipotencia y, la segunda, el de la humillante victimización forzada. De uno brotan los vahos que apestan a rabia, del otro los que apestan a lástima.
En otras palabras, quienes creen que los golpistas bolivianos aspiran a la restauración de una justicia republicana y un orden democrático impulsado por la fuerza de su incorruptible moral cristiana, tienen mierda en la cabeza; quienes apelan a la exagerada victimización de la imagen de Evo Morales para esconder tras un manto de penosa lástima las viles intenciones de aprovecharse políticamente de la desgracia ajena, también.

Y entonces ¿Cuáles fueron las culpas y responsabilidades que le corresponden a Evo Morales y su gobierno en lo que se refiere al golpe de Estado por ellos mismos sufrido?
Ciertamente no fueron muchas pero, como para compensar su escasez en número, tuvieron una importancia tal, que una en particular constituye el factor preponderante dentro del caldo en el cual se cocinó su derrocamiento.
El gobierno de Morales puede definirse en una única, simple y contundente palabra: contraste. Extraordinarios aciertos, desconcertantes errores; envidiable ‘malicia indígena’ (término con el que los colombianos definen aquello a lo que en el Río de la Plata llamamos “viveza criolla”), decepcionante ingenuidad infantil; admirable constancia en el rumbo, atolondrada torpeza en la marcha; y así podría seguir durante párrafos y párrafos. Los innegables y contundentes logros económicos que su gestión alcanzó por medio de la prolija aplicación de políticas económicas serias, sólidas y pragmáticas, terminaron sepultadas por el pintoresco surrealismo de sus confusos e incoherentes discursos públicos; las históricas políticas sociales que permitieron a ‘la indiada’ y ‘el pobrerío’ acceder a la dignidad y el respeto que, gobierno tras gobierno les fueron sistemáticamente negados, quedaron opacadas por el resentimiento y la consecuente división que su exagerada retórica indigenista adolescente sembró en una de las sociedades más complejas de nuestra América Hispana; la ética transparencia de su administración estatal, enchastrada por el pésimo manejo de su imagen pública y el perverso aprovechamiento que los operadores mediáticos hicieron de él; y el peor entre los pecados capitales: la carencia de políticas de defensa fuertes que protegieran semejante capital acumulado, capital que no le pertenece a nadie más que a todos y cada uno de los bolivianos.
Este último punto debería convertirse, YA, en el eje central de TODOS y cada uno de los debates que se iniciaran en nuestro país tras el 10 de diciembre. Si es que, así como aseguran muchos, Alberto Fernández asumirá la “Primera Magistratura” del país con la clara intención de hacer valer la soberanía nacional vilipendiada por el gobierno saliente; a tenor de los intereses que hoy están en juego en el ‘tablero geopolítico’ y las desconcertantes vicisitudes inherentes a esta tensa puja de poderes, blindar nuestras espaldas y custodiar con recelo cada uno de los pequeños logros que se conseguirían con cada peldaño subido en una hipotética escalera de salida de este infierno, deberá convertirse en la principal preocupación y el centro neurálgico de nuestros mayores esfuerzos. Creer que, en Argentina, los golpes de Estado pertenecen a un oscuro pasado que ya ha sido sepultado bajo el peso de los más de 30.000 cadáveres de nuestros jóvenes mártires es, cuanto menos, parecido a creer que el cáncer se cura con homeopatía o que uno puede hacerse rico vendiendo tarros de Herbalife. Tenemos un aproximado de 15.000 km de línea fronteriza a defender, y un número de habitantes que aún no llega a los 50 millones de los cuales sólo el 40% se encontraría en condiciones medianamente aptas para participar de las tareas defensivas propias de un hipotético marco de invasión extranjera; fronteras adentro, una interminable lista de recursos estratégicos tanto alimenticios como energéticos, entre los cuales se destacan aquellos codiciados tesoros de nuestro tiempo: petróleo, litio y “tierras raras”. En resumen, la Argentina de hoy es lo más parecido a una colegiala ebria que camina desnuda por los pasillos del pabellón de violadores de un tercermundista presidio de mínima seguridad; nuestra suerte está en las manos de un Dios a todas luces distraído.

Aprovechando la ocasión y, nobleza obliga, es menester destacar un aspecto positivo -si no es que envidiable- del gobierno venezolano al que tanto criticamos desde este espacio: si el decadente régimen de Nicolás Maduro y el ‘Cártel de Los Soles’ aún no ha caído, es gracias a una sólida y robusta política de administración del ámbito de la defensa y las alianzas militares estratégicas.
En ese sentido, también aprovecharé para criticar el sesgado y maniqueo discurso de las -pretendidas- “derechas” occidentales y posmodernas. Al igual que, desde “las izquierdas”, se evidencia una patológica obsesión por calificar de “fascismo” a todo aquello que circule por fuera de las fronteras ideológicas de su ‘moralina’; lo mismo ocurre en el extremo opuesto: cualquier cosa que no huela a libertinaje empresarial, talibanismo de mercado y voluntaria sumisión ante el libidinoso falo del mundo anglo-sajón; se llama “populismo” o “comunismo marxista”, si no lo financian China o Rusia lo financia Cuba, y es un cáncer que debe ser combatido y erradicado. Lo cierto es que nada pudiera encontrarse más lejos de la realidad y, decir que los gobiernos de Venezuela y Bolivia son iguales no es un acto más imbécil que afirmar que una Cuba harapienta y muerta de hambre derrocha miles de millones de dólares para financiar guerrillas o partidos políticos de países donde existe una clase media que come tres veces por día y se desplaza a su antojo en vehículos fabricados durante la segunda mitad del siglo XX.
Si en párrafos anteriores hablé de los contrastes propios del gobierno de Evo Morales, no estaría de más cerrar esta extensa columna de opinión analizando los contrastes entre los procesos que en las últimas décadas se han dado tanto en Bolivia como en Venezuela, y así restarle argumentos a los acólitos del facineroso liberalismo económico en cualquiera de sus disfraces.
Si la distancia que separa a La Paz de Caracas se aproxima a los 3000 kilómetros, la que separa a los gobiernos de Maduro y Morales fácilmente se aproximaría a la misma cifra pero medida en años/luz. Mientras la economía boliviana lleva más de 10 años creciendo de manera sostenida a una tasa promedio del 5% anual, la venezolana ha registrado en los últimos 3 años un crecimiento negativo que promedia el 15%; la tasa de inflación estimada para este año en Bolivia es del 2% y la de Venezuela, del 282.972,8%; en la ‘casa de cambio’, para comprar $1 dólar hacen falta $7,50 Bolivianos o $248.568 Bolívares; la creación de empresas privadas en la Bolivia de Evo creció casi un 400% en lo que duró su mandato, en la Venezuela de Maduro la actividad privada se contrajo un 60% en lo que va del año; la tasa de desnutrición en Bolivia se redujo del 30 al 15% entre 2008 y 2019 mientras que, tras la muerte de Hugo Chávez, Maduro llevó del 5 al 25% el porcentaje de venezolanos malnutridos; y no vale la pena seguir comparando los indicadores de ambos países ya que la tendencia se sostiene.
No faltará quien intente ‘correrme por izquierda’ argumentando que mi comparación carece de validez ya que, en el caso de Venezuela, he utilizado las mediciones diabólicamente manipuladas por los organismos internacionales que obedecen al “imperialismo yankee”, y es verdad que he recurrido a los números provistos por organismos como el FMI o el Banco Mundial; sin embargo, los datos de la economía boliviana, los he sacado de los mismos lugares; o sea, es el mismo “imperialismo yankee” el que elogia los logros económicos de Evo Morales. Tampoco estará ausente aquel que quiera ‘correrme por derecha’ sosteniendo que, entonces, será que Maduro fortalece su política de defensa a costa del hambre del pueblo venezolano; pero, he aquí, el dato más curioso: el gasto público de defensa representa el 1,54% del presupuesto de Venezuela (unos 622 millones de euros) tras una reducción del casi 44% en comparación con el 2017; por el lado de Bolivia, si bien la cifra bruta en euros es menor a la del régimen de Maduro (unos 511 millones de euros), esta representa casi el 4% del presupuesto anual. ¿Qué quiero decir con esto? Que la cuestión no pasa únicamente por la inversión en el sector, sino por la política administrativa de los recursos humanos y la correcta elección de las alianzas estratégicas. Las FF.AA venezolanas, además de ser formadas en los menesteres castrenses, también lo son lo que se refiere al espectro ideológico; por otro lado, desde la asunción de Hugo Chávez, se ha implementado una política de periódicas y rigurosas auditorias que derivan en constantes purgas en sus altos mandos a fin de garantizar una total y completa subordinación al Poder Ejecutivo. A esto hay que sumarle la acertada elección de sus alianzas estratégicas, por ejemplo, con ‘potencias militares’ de la talla de Rusia o China, y todos los beneficios que los acuerdos de cooperación e intercambio en estas cuestiones conlleva.
Es cierto que, en apariencia, las políticas en relación con la defensa impulsadas por Evo Morales mucho se parecen a las venezolanas; sin embargo, ninguno de estos esfuerzos valen un carajo si no son impuestas con rigor y sin las más mínimas contemplaciones, y a las pruebas me remito: a Morales se le coló en los altos mandos un egresado de la nefasta Escuela de Las Américas y, como si esto no fuera suficiente motivo como para no darlo de baja, un día le “sugirió” que renunciara; y no hace falta escribir nada más al respecto.

Por: Nicolás Escribá.
Periodista profesional MN 14.779

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