Flacos favores…

Alberto Fernández durante su visita a Israel.
Alberto Fernández durante su visita a Israel.

Antes de comenzar con esta, la primera nota editorial del año, nos gustaría agradecer de todo corazón a nuestros lectores y principalmente a nuestros escasos pero fieles suscriptores por la paciencia que han tenido estos meses hacia nosotros. Desde ya, les avisamos que será debidamente recompensada, y que nuestra ausencia de dos meses se ha visto forzada por las circunstancias: hemos tenido que enfrentarnos a la desoladora realidad económica de un país semicolonial que se empecina en serlo aún a pesar de contar con todas las posibilidades y los recursos necesarios para concretar su liberación, y a esto hemos debido sumarle el desconcertante imponderable que representa la partida de este mundo de Juan Antonio Franklin López, lo que nos ha obligado a volcar el cien por cien de nuestros esfuerzos en dar comienzo a un trabajo periodístico dedicado a mantener viva la memoria de uno de los más grandes patriotas de nuestro tiempo, reflejado en el primer capítulo de una serie documental que relatará sus más importantes hazañas en lo que a la lucha por la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas se refiere. Dicho esto, no queda más que reiterar nuestro más sincero pedido de disculpas y nuestro compromiso por resarcirlos en un futuro próximo.

Flaco, pero muy flaco favor le hacen a la naciente gestión de Alberto Fernández al frente de esta devastada semi-colonia, aquellos que aplauden cual focas descerebradas cualquier tipo de desacierto intentando llevar a cabo una reinterpretación forzada de la realidad que los ayude a colocar bajo un disfraz “popular” decisiones claramente anti-populares las cuales tampoco podemos negar que se están tomando dentro de un contexto de escaso o nulo margen de maniobra.
Sin embargo, esto no sería problema teniendo en cuenta que todos nosotros somos acreedores del inalienable derecho a emprender en el acto de fe que se nos de la gana por más delirante que éste pudiera parecer, y siempre y cuando el ejercicio del mismo no representase un pernicio para la otredad; y he aquí el quid de la cuestión, ya que los “albertistas talibanes” -en su mayoría- no se limitan únicamente al ejercicio de esta “fe” dentro de las fronteras de sus ‘espacios personales’ -o de militancia-, sino que han dado inicio a una grotesca “caza de brujas” contra todos aquellos que expresamos nuestras críticas y descontentos con la misma validez con la que ellos defienden al que creen “su” gobierno.
Ya todos saben que, en la medida de lo posible, trato de evitar adentrarme en los sinuosos berenjenales donde habita la discordia que nos distrae de los asuntos verdaderamente fundamentales para la reconstrucción de una Patria libre, justa y soberana; motivo por el cual no encontrarán en esta nota editorial, ni tampoco en el resto de las páginas que hacen a esta publicación, análisis críticos acerca de los menesteres que hacen a la política doméstica, ya que hemos decidido delegar estas cuestiones en las plumas de aquellos intelectos mejor preparados para la ocasión. No obstante deseo aprovechar este espacio, el único de nuestra humilde publicación en el que se encuentra absolutamente permitida la opinión personal, para dejar un pequeño testigo del cariz de los tiempos que corren.
En ese sentido, hoy deseo expresar las preocupaciones que me genera el innegable tono maniqueísta de ciertos sectores dentro del “albertismo” y sus consecuentes prácticas macartistas, que a pesar de sus -pretendidas- buenas intenciones lo único que logran es horadar la unidad popular necesaria para reconstruir los estragos heredados de la crapulosa gestión ‘macrista’.
Ciertamente, es menester dejar en claro que nadie en su sano juicio desea el fracaso del nuevo gobierno sobre todo en un contexto regional y global tan delicado como el que nos toca padecer hoy, ya que una conducta de tales características lo único que haría sería delatar la presencia de intereses inconfesables o de un irremediable cuadro de oligofrenia supina. Sin embargo, a tenor de las políticas que se vienen implementando desde el 10 de diciembre pasado, casi que no cabría otra posibilidad más que el estrepitoso y rotundo fracaso del Frente de Todos; con todas las nefastas consecuencias que eso acarrearía, lo que en otras palabras significaría un “2001” exponencialmente multiplicado por el uso deliberadamente pernicioso de las nuevas tecnologías, lo que se traduciría en el colapso total de nuestra sociedad seguido por la declaración formal de la República Argentina como un Estado fallido.
Lamentablemente, estamos presenciando la continuación -si no es que la profundización- del ominoso rumbo marcado por el gobierno anterior y sus crapulosas políticas de saqueo, y en este contexto frases tales como “es que recién van x días de gobierno, hay que tener paciencia” ya no aplican (si es que alguna vez aplicaron); y, de continuar por este oscuro camino hacia el abismo, los militantes de base del “talibanismo albertista” y quienes nos sentimos flagrantemente estafados -una vez más, y van…- por esta endogámica y facinerosa casta política que nos gobierna desde el 76′ sufriremos por igual las nefastas consecuencias de vivir en un país inviable mientras ellos vivirán el resto de sus vidas disfrutando de la impunidad y los onerosos beneficios del latrocinio.

En lo que a mí respecta, jamás esperé de Alberto Fernández una “revolución justicialista” o tan siquiera la restauración del modelo económico liberal «con vergüenza social» tan característico de los últimos dos gobiernos ‘kirchneristas’, no por “mala fe” sino porque soy consciente de la procedencia de Fernández y los pormenores de su trayectoria política; la imagen que siempre tuve de él es la de un social-demócrata liberal serio, coherente, sobrio y racional; y de alguien con esas características uno esperaría, mínimamente, es una gestión prolija dispuesta a centrar sus esfuerzos en el ordenamiento de la estructura del Estado y las cuentas públicas, pero lo que hemos visto hasta el momento es -justamente- todo lo contrario: un gobierno que camina en falso intentando quedar bien con todos los actores sociales y económicos -aún antagónicos- al mismo tiempo, que implementa medidas demagógicas más destinadas a lavar la cara de su imagen pública que a solucionar o atenuar las problemáticas que dice haber venido reparar, que despilfarra los escasos recursos del erario en la creación de innecesarios engendros institucionales como el “Ministerio de la mujer y coso”, que propone una política exterior errática y confusa pero claramente alineada con los intereses del -quizá- más nefasto entre los sectores que pujan por la hegemonía en el ‘tablero geopolítico’, y -sobre todo- que parece no haber aprendido absolutamente nada de aquellos brutales vicios políticos del ‘kirchnerismo’ que son los principales responsables de que hoy estemos como estamos.

En fin; desde este pequeño, humilde e intrascendente espacio de pensamiento, le deseamos al gobierno de Alberto Fernández la mejor de las suertes, y tanto esperamos encontrarnos equivocados que de ser así festejaremos con el vino más caro que podamos comprar en el supermercado; pero somos conscientes de que el contexto geopolítico requiere de hombres valientes que se pasen la “correlación de fuerzas” por donde no les da el sol, y de una base de apoyo popular que no permita que la mercadotecnia y la demagogia sensiblera les tape el bosque porque, de ser así, se confirmarán nuestras más desalentadoras tesis. Y, sobre todo, recuerden: ESTAMOS VIVIENDO ÉPOCAS HEROICAS, Y NO DE COBARDES Y DE VENDEPATRIAS.

Por: Nicolás Escribá.
Periodista profesional MN 14.779

2 Comentarios

  1. El progresismo albertista va a fracasar como el neoliberalismo macrista. Son dos caras de la misma moneda. Los dos responden al poder global manejado desde el eje Londres-Nueva York-Tel Aviv. La única alternativa que tenemos es el Nacionalismo, el peronismo doctrinario, en síntesis: Patriotismo.

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