La leyenda de Juan del Sur: Homenaje a Toni López.

Homenaje a Toni López.
Homenaje a Toni López.

Murió mientras moría la noche, herida por el fulgor de los primeros rayos de sol de un nuevo día, y al tiempo en que muere también una década tan rara y compleja como él. Se marchó en el epílogo de una madrugada cualquiera cuando, tras horas de lujuriosa y desenfrenada cabalgata entre licores y sustancias sobre los enormes pechos de una fogosa mujer madura, aprovechó “La Flaca” un sutil descuido de su fatigado corazón y colocó en el bolsillo de su saco el pasaje de ida hacia ‘el otro barrio’. No voy a decir que ‘murió en su ley’ porque conocí a Juan Antonio Franklin López con la misma profundidad con la que sólo se conocen entre sí los padres e hijos varones y no me cabe duda que, de haber podido elegir, hubiera optado por otra clase de final; quizá montado sobre una motocicleta de alta cilindrada, navegando una tormenta en los mares del sur o sirviendo en el “frente de batalla” de su guerra personal contra la puta y pérfida Albión. No obstante hay que reconocer que, su partida de este mundo, estuvo a la altura de lo que su tránsito por el mismo significó; falleció como vivió: libre, salvaje, leal y consecuente consigo mismo.

El contraste morboso entre la ‘imagen pública’ del Capitán y los detalles de su muerte resulta poéticamente delicioso: en las entrañas de un viejo caserón perdido entre las calles del coqueto barrio de Núñez yacía sobre un desgastado sillón; con una pipa en la mano, entre restos de marihuana, junto a un espejo repleto de rayas de cocaína y frente al pánico de una mujer semidesnuda; un hombre trascendental para la historia contemporánea de una de las causas más nobles de nuestra Nación. Para algunos, la idea resultará chocante o desagradable, incluso inadmisible; sería bueno que tuviesen en cuenta que, desde hacía mucho tiempo ya, Toni había decidido prescindir de inútiles y abotargantes preceptos morales. Aún recuerdo el día en que me presentó a su madre: “Mamá, te presento a un amigo: él es Nicolás; escritor, motoquero y drogadicto, como yo”.

Habían pasado un par de horas del mediodía del domingo cuando, a través de una amiga en común, me llegó la noticia; tanto me resistí a creerla que dejé el almuerzo a medio-cocinar para apersonarme raudo en las puertas del viejo caserón de la calle Crámer. Apenas bajé de la moto me vi obligado a creerlo: tras el portón de fierro, la presencia de la ‘consigna’ policial me lo confirmó; me presenté ante el uniformado y solicité detalles exhibiendo mis ‘credenciales’, pero sólo supo decirme que el expediente se encontraba caratulado como “muerte dudosa” y me derivó a la Comisaría N°35, donde no quisieron decirme nada más. Regresé a casa, almorcé y me fui a dormir un par de horas.
Tras despertar y, mientras iban llegando las condolencias, mi mente comenzó a perderse entre los pasillos de nuestras laberínticas aventuras; como si se tratara de un trance ‘místico’, quedé paralizado ante una frenética consecución de imágenes e historias perfectas y aterradoras que bailaban como fantasmas frente a mis ojos. Aparecieron de a cientos, tal vez de a miles y sin avisar, sin pedir permiso; muchas de esas anécdotas poseen matices siniestros, algunas ostentan el estatus de ‘leyenda’, y en su mayoría resultan un tanto difíciles de digerir y aún más difíciles de relatar. López, además de un combatiente, era un soñador; como todo soñador que se precie, asumió solemne la abnegada responsabilidad de transformar la realidad efectiva en beneficio de la comunidad, y este hecho conlleva la obligación de ejecutar las acciones necesarias caiga quien caiga y cueste lo que cueste; y en ese sentido, aún a pesar del cariz surrealista o delirante de nuestras acciones, siempre hicimos lo que las circunstancias ameritaran.

Como mandan los cánones de nuestra historia personal, llegué tarde y trasnochado a su responso en la capilla del Cementerio de la Chacarita, mientras un grupo de hombres a quienes no conocí metían su humilde cajón en las entrañas de un coche fúnebre ante el semblante desconsolado de su amigo Irineo; nos dimos un fuerte y sentido abrazo al tiempo en que le justificaba mi demora recordando una frase que López solía repetirme ante mis errores: “No esperaba otra cosa de vos, Escribá”.
Peregrinamos todos al paso de sus encajonados restos por las callejuelas del ‘campo santo’ hasta llegar al agujero de su última morada y, mientras era colocado en la tierra por los trabajadores del cementerio, comprendí por qué su leal compañera Nélida se había rehusado a presenciar el momento; y es que, una vida tan intensa como la del Capitán López no merecía una última imagen tan penosa y tan doliente.
Antes de ser cubierto por paladas de tierra, coloqué sobre su cajón una bandera de la Agrupación Markitos Zuker y una Harley Davidson de juguete a modo de ofrenda para que lo acompañasen durante su tránsito hacia el ‘otro mundo’, como solían hacer los deudos en tiempos pretéritos. Luego, como última despedida, todos los presentes entonamos las estrofas del Himno Nacional Argentino seguido por la obligatoria Marcha Peronista.

Así se cerró el último capítulo de una vida salvaje y vertiginosa, que no sólo merece sino que exige ser contada con una rigurosidad carente de piedad alguna o absurdos reparos morales, como él lo hubiera querido.
Sentado debajo del árbol del bien y del mal con un porro en una mano, una caprichosa brújula en la otra, y cubierto por un aura de esotérico erotismo que sólo rodea el espíritu de aquellos pocos hombres que han tenido el coraje suficiente para no conformarse o resignarse al mero hecho de la existencia y transitar este mundo dispuestos a dejar una profunda huella por cada uno de sus pasos.

Ya sea armando bombas molotov en el fondo de su casa durante el principio de la última dictadura CÍVICO-militar, enseñando a navegar en velero a los acaudalados parásitos de San Isidro durante los años ’90, burlándose de la “Fortaleza Falklands” al mando del histórico velero Malabar, cruzando el Océano Atlántico para llevar al África la cocaína de la SIDE, celebrando opulentas y depravadas orgías en su mansión durante sus años de narcotraficante en Brasil, recorriendo la Patagonia Argentina de punta a punta sobre una Suzuki 1100 para impulsar las leyes “Gaucho Rivero”, organizando ‘piquetes’ patrióticos en el Puerto de Buenos Aires donde se enfrentaba desde un humilde kayak a los gigantescos cruceros turísticos de ultra-lujo que aún hoy abastecen de provisiones a la usurpación británica en nuestros mares del sur, robando una camioneta para llegar a Puerto Madryn y mostrarle a todos los argentinos que se puede arribar en lancha a las Islas Malvinas, o entregando su alma y su corazón a los familiares de los 44 héroes del submarino ARA San Juan; Toni López no existió, vivió, y lo hizo con una intensidad supina y un fulgurante brillo en su sonrisa.

Llevábamos poco más de un año casi sin cruzar palabras; nos distanciamos durante diciembre de 2018 por una discusión estúpida, una deuda miscelánea en su peso económico pero enorme en su valor simbólico, la cual saldarla significaba para mí negar todo lo aprendido en los largos años que caminamos juntos hacia las Islas Malvinas. Aún así jamás dejé de quererlo pero, sobre todo, de admirarlo; porque, como le confesé en varias ocasiones, en él encontré al hombre que me enseñó a ser hombre y al padre que siempre quise tener.
Existía también otro motivo además de la pelea derivada de aquella deuda, de un carácter estricta e intrínsecamente íntimo, que me obligaba a sostener con tenacidad la distancia que nos mantenía separados: ese hombre con quien discutí una lluviosa mañana de diciembre no era ni la sombra del Toni López con quien supe recorrer la Patagonia en una camioneta robada o cruzar el ‘arroyo de mierda’ contiguo a la villa Rodrigo Bueno para arrojar azules ‘bombas de pintura’ contra el inmaculado casco del Seabourn Quest; su apagada voz, su cansino andar y el grotesco brotar constante de galimatías desde su otrora mente filosa, componían lo que yo entendía como la representación viva de la derrota.
Hay quienes dicen que el tiempo, aunque demore, simpre termina poniendo cada cosa en su lugar; y según llegué a saber, sin prisa pero sin pausa y a su muy particular estilo, Toni intentaba volver a ser El Capitán; la fachada de su casa de a poco estaba recuperando el señorial esplendor de años mejores, el interior de la misma ya no apestaba a hediondas deposiciones felinas, los feroces delincuentes y erráticos ‘paqueros’ reticentes a pagar la renta que solían desfilar por sus aposentos para inquilinos habían sido reemplazados por una humilde familia trabajadora que le brindaba la paz y la tranquilidad necesarias, y la amistad de Irineo le abrió las puertas a una nueva etapa en su lucha por la defensa de nuestra soberanía nacional haciendo las veces de viento sobre las velas de una vida que había recuperado el rumbo perdido. Al enterarme de esto, sentí en el alma la caricia más reconfortante, un aire fresco que interrumpió brevemente mis interiores tormentos; tal vez algún día pero, por ahora y por un largo tiempo más, no podré perdonarme el no haberlo acompañado en la desafortunada manifestación de sus padecimientos cardíacos, sobre todo teniendo en cuenta el gran apoyo que significó su presencia durante el tiempo en que estuve postrado antes y luego de las dos intervenciones quirúrgicas sufridas por mi columna vertebral.

Si este antológico anecdotario que durante los próximos números de esta revista expondré como un breve y austero pero hondamente sentido homenaje a la figura de Juan Antonio Franklin López estuviese dirigido a otra persona, lo más lógico sería comenzarlo por el principio para luego otorgarle un orden cronológico o temático mediante el cual repasar brevemente su existencia exaltando los diversos aspectos que hacen a su legado, pero no será este el caso. Existen incontables motivos por los cuales me resulta imposible relatar nuestras aventuras de manera convencional, coherente y ordenada; nada que girase alrededor de López poseía atisbo alguno de normalidad o convencionalidad, y acompañarlo en cualquiera de sus empresas significaba adentrarse en un mundo fantástico en el que la lógica ‘burguesa’ y el ‘sentido común’ carecían de toda clase de autoridad o peso, y para lo cual era requisito indispensable y -sobre todo- excluyente el encontrarse totalmente dispuesto a afrontar las más violentas vicisitudes y a asumir las consecuencias inherentes al calibre de las acciones que la coyuntura requiriese emprender.
Lo suyo fue una guerra sin cuartel contra el gran enemigo de la Nación, pero también contra la monotonía y la intrascendencia gris de la mediocridad; si la Cruz del Sur y la V de la victoria fueron sus armas y las Islas Malvinas su sagrado estandarte, el eclecticismo y la ambivalencia fueron las tácticas de su genial estrategia; no hay nada en este mundo a lo que más le teman los sucios ‘casacas rojas’ que a un enemigo intrépido, inteligente y absolutamente impredecible. En esa misma línea, verbigracia, la historia de cómo nos conocimos se torna minúscula e insignificante ante el tenor de la locura implícita en otras tantas y variadas anécdotas; historias increíbles que bien pudieran transformarse cada una en una novela distinta casi sin repetirse en su género, su argumento ni en su estructura narrativa.
De esta manera, contar la vida del Capitán Toni López de manera lineal y -por así decirlo- enciclopédica, sería una completa pérdida de tiempo; no existe forma humanamente posible de condensar los diversos avatares de su tráfico mundano en un perfil periodístico o una biografía detallada, ni en unas cuantas páginas o siquiera en un par de libros. Por tal que, como la idea de homenajear su memoria conlleva el propósito de definir las dimensiones de su enorme carácter humano, mejor será hacerlo a través de un puñado de anécdotas en las que queden en evidencia los distintos aspectos de su persona; su luz, su inteligencia y su oscuridad; el compañero leal, el estratega militar y el líder despótico.

Por: Nicolás Escribá.
Periodista profesional MN 14.779

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