La responsabilidad de los tiempos sin paz.

La responsabilidad de los tiempos sin paz.
La responsabilidad de los tiempos sin paz.

Luego de atravesar semanas de intensidad, ansiedad y expectativas múltiples en torno al comienzo de un nuevo gobierno luego del derrotero en el que terminamos por causa de Macri y Co., las consideraciones al respecto no sólo tienen que ver con lo que se va ejecutando en estos primeros días de los Fernández en el poder sino también por el lugar que tienen las relaciones humanas en la posibilidad de salir del infierno en el que estamos. En este sentido y más allá de lo que puedan ser las simpatías o antipatías particulares, lo cierto es que la situación social es altamente delicada y la angustia y la desesperación son una marca de estos tiempos de guerra que vivimos.

El balance final de la etapa que acaba de finalizar es nefasto, pero mucho más terrible es la profundidad de los daños que a simple vista no se alcanzan a dimensionar. Una de las muestras de ello es la disputa, inmediata, sobre nuestros recursos naturales y su explotación. Porque lo sucedido en Mendoza los últimos días con respecto al agua y la minería no es un tema reciente, pero sí una discusión que nunca fue saldada a nivel nacional más allá de esporádicas (y silenciadas) proyecciones sobre lo que se debe y no se debe hacer con la tierra y la salud de la población. Y esto sirve a modo de disparador de los asuntos que de ahora en más necesitamos debatir para no seguir profundizando la dependencia foránea que nos viene quitando el acceso a lo nuestro de manera progresiva e ininterrumpida desde la dictadura genocida hasta el día de hoy.

En principio, las políticas del actual gobierno nacional presentan una doble condición: por un lado, la atención sobre la emergencia de manera inmediata, catalizada mediante bonos, congelamiento de tarifas y nuevos planes sociales; por el otro, la necesidad de adquisición de divisas para los pagos de vencimiento de deuda que lo lleva a presionar a diversos sectores y a flexibilizar condiciones económicas con aquellos que, en apariencia, dejarían en el país un dinero que no se puede (o no se quiere) obtener de otros lugares. Y esta dualidad es la que hace que un análisis de la situación requiera, de mínima, un anticipo: el balance entre las intenciones y las realizaciones no es positivo.

En primer lugar, porque la atención sobre la emergencia, aunque necesaria, pareciera ser sólo la continuidad de un modelo de subdesarrollo sustentable en el cual quien esté en situación de pobreza y vulnerabilidad sigue en esa situación, pero con una asistencia que tapa una parte de las carencias pero no soluciona el problema de fondo, que es la falta de empleo. Porque el ver sólo las condiciones materiales (que es lo que sucedió durante los 12 años de kirchnerismo y derivó en argentinos que tienen su casa por el PRO.CRE.AR y votaron a Macri) deja de lado la dimensión espiritual de todo ser humano, que es la que aparece cuando su vida tiene un sentido. Y si al ser humano no se lo deja ser sino que se lo mantiene vivo como si estuviera conectado a un respirador artificial, entonces ese ser humano olvida su humanidad y se convierte en todas las frustraciones que el abandono, la desidia, la desigualdad y la injusticia le grabaron a fuego en el alma y el cuerpo. Se convierte, aún sin quererlo, en un ente que camina sin destino ni razón. Y esa fábrica de lúmpenes, que son aquellos que sin sentido de su propia vida tampoco lo pueden tener de la ajena, es la que sigue activa y en crecimiento con la sola aplicación de estas medidas que olvidan, por ejemplo, la capacitación laboral y la formación en oficios, que le darían herramientas a quien padece para recuperar su dignidad.

Y en segundo lugar, la necesidad imperiosa de dinero por causa de la descomunal deuda adquirida mediante la especulación financiera y la fuga de capitales nos pone en el peligro de negociar nuestras posibilidades con quien esté dispuesto a liquidar lo más rápido posible, sin importar qué consecuencias traiga ello. De ahí que las primeras medidas respecto de la explotación de nuestros recursos y la administración de los mismos sea un punto que debemos observar con atención y mesura, dada la complejidad de cada uno de sus aspectos. Porque no hay que negar que los precedentes marcan una tendencia que no se deshace de la noche a la mañana, pero tampoco hay que dejar de ver que alimentar aquello que ya nos viene destruyendo no es el camino para salir del pozo. Como decía Einstein, locura es hacer lo mismo todo el tiempo y esperar resultados distintos. Y por eso es importante saber de dónde venimos para definir hacia dónde queremos ir.

Entonces el balance no es positivo porque ni las cuestiones superficiales ni las de fondo parecieran comenzar a saldarse, y aunque es cierto que apenas van unos pocos días de gestión, la realidad indica que cuando se asume el mando de un país en llamas y se promete “ponerlo de pie”, cada detalle es fundamental para saber si realmente será ese el camino a transitar o si, por el contrario, nos quedaremos con la esperanza atravesada en el pecho pero con una carga superior a la de cualquier tiempo anterior, porque esta vez la responsabilidad es de todos quienes de una u otra manera aportamos a la consolidación de esta nueva alianza que hoy detenta el poder en la Argentina. Y esto es fácil de corroborar: durante los 4 años que duró la pesadilla macrista, una enorme cantidad de personas se encargó de culpar a su vecino y hasta a su familiar por lo que nos estaba pasando. Se insultó, agredió y acusó al de al lado de manera sistemática por haber votado en contra de todo el pueblo y eso es, hasta ahora, un elemento de división que sigue siendo alimentado a pesar de todo el sufrimiento que atravesamos los argentinos todos por igual.

Por lo tanto, no sería extraño (ni mucho menos reprochable) que en cuanto cualquiera de las medidas tomadas por el gobierno nacional no muestren resultados favorables nos vengan a reclamar a nosotros, los de a pie, por haber votado como votamos. Esto es lógica pura y dura, humanidad explícita. Porque el no hacerse cargo de lo propio, como sucedió en muchos sectores que no comprendieron que parte del triunfo de Macri en 2015 se debió a la soberbia y a la subestimación permanente de una parte de la comunidad hacia la otra, es lo que hoy nos puede llevar a enfrentarnos a la descarga de las frustraciones acumuladas de aquellos que ahora están esperando que las respuestas las demos nosotros.

Visto así, el panorama en general es complejo y no cabe en un solo artículo el detalle de todo porque, además, no es necesario; con algunos aspectos expuestos podemos comprender que nada está solucionado al día de hoy y que, en caso de encarar un camino hacia ese fin, llevará tiempo y los resultados no serán inmediatos. Pero lo que sí está sucediendo ya, en este instante, es que hay millones de argentinos en situaciones terribles que ya no pueden esperar más. Y aquellos que todavía tienen un poco de margen para hacerlo, están muy cansados y son fácilmente detonados en su carácter humano, como nos puede pasar a quienes aún podemos hacernos un tiempo para reflexionar al respecto.

La tarea edificante de hoy es, entonces, la de estar más dispuestos a escuchar y menos a la defensiva, porque no es la era de la venganza y la revancha la que vivimos, aunque muchos nos quieran convencer de que sí lo es. No se repara un daño causando otro y no se alivia la opresión oprimiendo. Lo que necesitamos en esta etapa es disponer de nuestra voluntad para construir comprensión y saber que lo que tenemos por delante será duro, pero en la medida en que estemos atentos para discutir los asuntos de la Patria como merecemos, tendremos la oportunidad histórica de hacer la diferencia de una vez por todas. Y estos asuntos son nuestra industria, nuestros recursos, nuestro territorio y cómo disponemos de todo ello en pos de recuperar el trabajo argentino, que es lo único que nos devuelve la condición de personas en un mundo que quiere empujarnos a la deshumanización.

No pensar estratégicamente en un mundo en guerra es una torpeza que no podemos permitirnos, porque de ello depende que seamos una Patria o que terminemos de convertirnos en una colonia. El tiempo es ahora y es nuestro.

Por: Romina Rocha.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*