Los Bolsoñeris: Consideraciones sobre el liberalismo, el posmodernismo y la hegemonía.

Los Bolsoñeris.
Los Bolsoñeris.

La palabra “fascismo”, hoy, suele utilizarse muy a la ligera. Casi cualquier pensamiento, expresión o comportamiento que esté a merced de los sesgos cognitivos de quien no sepa o no quiera interpretarlos y/o -simplemente- guste de adjetivar todo aquello que no es de su agrado, puede ser susceptible de considerarse como fascismo. Dicha palabra ha quedado -y juzgo yo, deliberadamente- ligada ‘ad eternum’ casi exclusivamente al totalitarismo y las peores prácticas del nacionalismo en su anacrónica concepción europea, sin embargo esta ‘relación automática’ -más propia del subconsciente- es más de las trampas dialécticas diseñadas para confundirnos y aportar a nuestra alienación. 

Aclaro, antes de que alguien salte para decir que estoy haciendo una defensa del fascismo, del totalitarismo, de la intolerancia, de los ‘genocidios’, etc, etc, etc; que no, no es una defensa, es una explicación de lo que és, porque más allá de la realidad creada por los medios masivos de comunicación, existe una realidad efectiva basada en hechos concretos, documentados y contrastables; es imprescindible que empecemos a hablar con propiedad y tratar -en lo posible- de no ‘mezclar churras con merinas’ para desarticular y anular la estrategia de los intereses foráneos sin Patria ni bandera que hoy nos tienen sitiados.
Las palabras esconden tras de sí un poder inmenso, casi esotérico, que aún no ha sido explicado por la ciencia en su totalidad; su correcta utilización acarrea para nosotros grandes beneficios, pero las consecuencias de utilizarlas erróneamente pueden derivar en calamidades. El “fenómeno Bolsonaro”, o de la “bolsonarización” de la política, es el reflejo patente de los siniestro avatares de la era que nos toca transitar; y, de no interpretarlo correctamente, no seremos capaces de anularlo o cuanto menos reconocer cuándo estamos reproduciendo su lógica o algunos de sus comportamientos, cosa que haría del ‘remedio’ algo aún peor que la misma ‘enfermedad’.

Se ha puesto muy en boga en nuestros días la peligrosa imbecilidad de afirmar y “denunciar” el -supuesto- “fascismo” de todo aquello que discrepe con el bienintencionado ‘pensamiento único’ que la ‘progresía’ posmoderna pugna por imponerle a la sociedad como eje central de su ‘dictadura de la corrección política’. Bolsonaro, Macri, Piñera, Santos y cualquier otro mandatario o ex mandatario que practique el liberalismo económico (clásico, reinterpretado, heterodoxo, o en cualquier otra de sus variantes); son acusados de fascistas empedernidos debido al sesgo autoritario y represivo que acompaña sus prácticas administrativas cuando, en realidad, se ubican en las antípodas de todo aquello que representa el espíritu fascista.No importa cuál sea el uso que se le da actualmente a la palabra, eso es ‘neo-lengua’; el fascismo es un sistema social, político y económico que -en gran medida- tuvo su origen dentro de las entrañas mismas del socialismo italiano, heredando de él no pocos conceptos y prácticas que hicieron parte de una singular alquimia en la que también moraron ideas derivadas del ‘nacionalismo según Europa’, una visión económica -aparentemente- cercana al “anti-capitalismo”, un orden social más bien conservador y un vicioso exceso de totalitarismo puro y duro. Como podrán ver, lejos está el fascismo de emparentarse con el liberalismo, en cualquiera de sus formas; incluso, podríamos discutir muy seriamente si es que no terminan siendo conceptos diametralmente opuestos.
Si la cuestión es relacionar al fascismo con el concepto deforme llamado “derecha” liberal o “derecha” a secas, como un opuesto a sistemas de “izquierda” -que pudieran ser de carácter marxista- como el comunismo; haciendo fuerte hincapié en su faceta totalitaria, violenta y represiva como el principal aspecto diferenciador y excluyente, estaremos ante un error grosero e insoslayable: los ‘regímenes’ comunistas de la extinta Unión Soviética o la China de Mao también fueron dueños de un accionar similar -o incluso peor- que el adjudicado al fascismo en los menesteres de índole represiva y punitiva, en tanto una forma de proteger al correcto funcionamiento de sus economías y sus interacciones sociales particulares, de una influencia política y cultural perniciosa, desarrollada y apadrinada desde el extranjero a los fines de horadar sus evidentes logros y conquistas.
Tanto la política como la economía son dos ramas de la filosofía que interactúan entre sí y suelen definirse la una por la otra. Es por esto que las prácticas represivas y punitivas que hacen al totalitarismo no pueden ser vinculadas -de facto- casi exclusivamente con el fascismo, siendo que las mismas fueron moneda corriente de casi todos los sistemas políticos, económicos y sociales en la historia de las civilizaciones. El fascismo está estrechamente ligado a un programa económico con base en el socialismo y el nacionalismo conservador, mientras que el liberalismo -en tanto teoría económica- está ligado a la globalización, la economía abierta, el multiculturalismo; y su carácter tecnocrático, positivista y eficientista le otorgan una cintura política que posibilita establecer vínculos o mimetizarse en un amplio abanico de teorías políticas modernas que no se encuentran directamente relacionadas con una teoría económica en particular. Es por esto que un político que se vende a sí mismo como el adalid de la modernidad, los derechos humanos y las libertades individuales; puede compartir el mismo programa económico que quien hace campaña contra la “ideología de género”, el feminismo, la “izquierda” o los mismos derechos humanos. Bolsonaro y Justin Trudeau (Primer Ministro de Canadá), en apariencia, son personajes totalmente distintos, sin embargo, tras el disfraz, defienden las mismas ideas económicas y, por lo tanto, se encuentran dentro del mismo bando.

¿La sociedad se está derechizando? En lo particular, no comulgo con las etiquetas “derecha” o “izquierda” -aunque de vez en cuando las utilice para facilitar la comprensión de ciertos conceptos-; y no, no creo que la sociedad se esté “derechizando”. Lo que sí puedo interpretar acerca del comportamiento de las masas en diferentes partes del mundo se resume en la reacción -casi- lógica ante una agresión constante contra los valores y principios de la sociedad civilizada y, por consiguiente, el profundo hartazgo y el inherente rechazo hacia aquellos colectivos de índole minoritaria y la lógica radicalizada, violenta y patológicamente inquisitiva con la que emprenden sus estrafalarios reclamos; más cercanos de satisfacer los caprichos de las clases mejor acomodadas que de cubrir las impostergables necesidades básicas de toda la comunidad.Este sector ha conseguido, no sin la ayuda de un enorme aparato de ingeniería social, que sean los mismo pueblos quienes se arrojen contentos y cantando hacia los brazos de sus verdugos. El paradigma de este contexto se refleja en los faveleros, los negros, una muy considerable cantidad de mujeres y también una importante porción del campesinado del Brasil profundo, todos ellos participando fervorosos en la campaña que coronó a un candidato que supo ser el exponente más brutal del conservadurismo en su expresión más moralista y anacrónica. Bolsonaro tiene su mérito: muy a pesar de ser un personaje destacado por su grotesco sesgo antipopular, también es dueño de una coherencia respetable en su trayectoria y su discurso; una de las ‘fichas’ más interesantes de un parlamento que en su día supo albergar a legisladores tan desconcertantes como Paulo Batista y “Tiririca”, un payaso de la televisión (y no estoy escribiendo en términos peyorativos: es literal: un payaso de la televisión). Brasil, con todas sus particularidades -que suelen ser extremadamente particulares, valga la redundancia- pasó a ser, hoy, el “ejemplo universal” de la “revolución” “democrática” liberal, algo así como la victoria de Salvador Allende en las elecciones chilenas del ’70 para el socialismo hispanoamericano -salvando las diferencias, que tampoco son tantas-; y, como un virus voraz, se expande por el mundo amparado en la promesa del orden, la seguridad, la mano dura, el castigo, la honestidad, la transparencia, y ‘coso’. Sin embargo, tras esta estéril promesa se esconde la estampa viva de un pueblo suicidándose con su propio veneno.

Alguno me dirá que, antes que el amigo de Netanyahu en tierras ‘cariocas’, sucedieron los casos de Macri en Argentina y luego de Trump en EE.UU pero, aunque estos procesos tienen ciertas similitudes con el ‘Bolsonarazo’, las diferencias son aún mayores y mucho más marcadas, y no son menester de abordar y analizar con la profundidad correspondiente en esta nota editorial. De buenas a primeras, el plan económico emprendido por la ‘gestión Trump’ es incomparable con el que Bolsonaro anunció que implementará durante su gobierno. El 45° presidente de los Estados Unidos, lejos de rifar al mejor postor los recursos y la fuerza de trabajo de su país, nos ha sorprendido gratamente adoptando determinadas medidas que lo alejan del ‘eje globalista’ y, más allá de su retórica erróneamente tildada de ‘fascista’, ha beneficiado con sus políticas a una parte de la clase trabajadora y algunos de los sectores más vulnerables de la sociedad. Con Macri sucede lo mismo, pero al revés: si bien el plan económico es similar, el ex hijastro de Flavia Palmiero ha dotado su gestión de una imagen y hasta una retórica con ciertos aires progresistas, brindándole a las ‘minorías’ atención política, espacios para el debate, fondos públicos y otras concesiones; a diferencia de Bolsonaro que, desde un comienzo, ha tenido un discurso cargado de ‘intolerancias’ varias, al mejor estilo de Donald Trump. Macri accedió al ‘sillón de Rivadavia’ a través de una campaña de tono conciliador, prometiendo -falsamente- respetar las conquistas alcanzadas por los sectores populares y la clase trabajadora durante la gestión previa, prometiendo respeto a los DD.HH y una ampliación de derechos en un marco de transparencia, austeridad y la administración sensata de la estructura estatal y sus fondos. Sí, apeló a los sentimientos más bajos de una sociedad resentida y manipulada por los medios de comunicación, pero lo hizo montado encima de un vehículo tan poderoso como lo es la esperanza, vendiendo una imagen bucólica y moderna de lo que sería su gestión, totalmente divorciada con la realidad. Por el contrario, Jair cargó con ese odio y ese resentimiento social -que ya no es propio sólo de las castas dominantes- sobre su espalda, mostrándose como la ‘mano de hierro’ que terminará por aniquilar a las irreverentes minorías clasemedieras, junto con la delincuencia y los sectores de izquierda. Prometió intervención militar para contener la creciente delincuencia, vía libre a la ‘justicia por mano propia’ facilitando el acceso del ciudadano común a las armas de fuego, guerra y persecución ideológica contra las expresiones del posmodernismo (aunque él forme parte del mismo, por “derecha”) y “los rojos” de la ‘izquierda marxista’, intolerancia hacia las “libertades individuales” y alineamiento intransigente al ‘eje anglo-israelí’. No obstante, la primer medida de su flamante gestión no fue derogar las leyes de ‘violencia de género’ ni proscribir al PT u otros partidos “marxistas”, fue la de derogar el aumento del salario mínimo aprobado por el parlamento. Vendió de sí mismo la imagen de un restaurador conservador que llegó para salvar a la sociedad de su inmunda decadencia; y aquellos que están hartos y asqueados con la “ideología de género”, el feminismo radicalizado, los colectivos LGBTQ y demás entidades que atentan contra los valores de la sociedad “civilizada”, compraron ese cuento sin hacerse el más mínimo planteo, presas de una certeza enfermiza; pero hubo un hecho puntual que catapultó a Bolsonaro a la presidencia: el “EleNão”, una manifestación idiota de un sector del electorado femenino con gravitación prácticamente nula en sí misma, que únicamente avivó las llamas del odio y le regaló al ‘candidato de Theresa May y Netanyahu’ la diferencia porcentual que lo hizo presidente.

Nótese aquí como funciona el principio de hegemonía y contra hegemonía. El hegemón necesita, obligatoriamente, de una reacción que lo ratifique como dueño del poder, pero que a su vez no cuente con una capacidad de daño potencial que efectivamente pudiera poner en peligro esta hegemonía. Es por esto que él mismo se encarga de crear a su contra-hegemón como método para ratificarse y perpetuarse. En este caso, el hegemón viene siendo el sistema económico liberal, cuya hegemonía a nivel mundial sigue vigente más allá de verse ciertamente debilitada en los últimos años. Para revalidar su hegemonía, ha creado y financiado a través de sus estructuras culturales, propagandísticas y económicas transnacionales, otro núcleo de disidencia controlada que, en esta ocasión, se apoya sobre el afán de un considerable sector dentro de las clases medias por conquistar nuevos “derechos” y “libertades”, tras ver ya cubiertas sus necesidades básicas -o así creerlo-, arrastrando consigo a una pequeña porción de los sectores sociales más bajos dentro de la clase trabajadora que ven en estas “luchas” una posibilidad de reivindicación factible como reparo y como una salida para una frustración derivada de la imposibilidad de satisfacer sus propias necesidades.
Como subproducto de la recolonización cultural occidental que comenzó a darse en nuestro país a partir de la segunda mitad del S.XX, resucitaron y proliferaron ciertas corrientes ideológicas notoriamente influenciadas por el pensamiento y la filosofía anglosajona (y si no me creen, busquen los nombres de los autores que se estudian en las universidades argentinas -privadas y públicas- y noten su origen) que fueron -vaya a saber uno por qué- bien recibidas e incluso adoptadas por la mayor parte de la izquierda y un sector del peronismo; y que tuvieron su salto madurativo tras la última gran invasión cultural y económica del mundo occidental, allá cuando el ‘menemato’ abrió de piernas al país, y terminaron por converger bajo un sistema filosófico ampliamente difundido en los ’90: el posmodernismo, según Lyotard. Aquel degenerado ideólogo francés se dispuso a conjurar una grotesca amalgama con lo más deleznable del “pensamiento” individualista propio de las corrientes más oscuras de la filosofía europea del S.XX. Lyotard afirmó en su libro “La Posmodernidad explicada para niños” (1987), que la pretensión de su “Frankenstein” filosófico es la de servir como sustento ideológico de las “democracias liberales de occidente”. Como verán, el posmodernismo es el cuerpo ideológico que justifica al liberalismo económico, hegemón de nuestros tiempos; y el progresismo expresado en el indigenismo, el veganismo, el feminismo radical, los colectivos LGBTQ y otros militantes de parafilias varias, no constituyen otra cosa que la respuesta contra-hegemónica inofensiva impulsada por el propio hegemón. Como siempre, a las pruebas me remito y no escribo sin pruebas en la mano; insto a los lectores a ingresar a los sitios de internet de las fundaciones que financian a universidades y publicaciones posmodernistas fuertemente vinculadas al progresismo y que se definen a sí mismas como anticapitalistas y antiimperialistas. Allí podrán ver, con sus propios ojos, cómo es que los anticapitalistas y antiimperialistas reciben indirectamente las ayudas económicas del capitalismo y el imperialismo más puro y más duro que pudiera existir. Alguno de los aportantes suelen ser el FMI, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Fundación Ford, Open Society Fundation y, cómo no, las embajadas británicas, israelíes y norteamericanas. Estos sectores nos venden una lógica totalmente ilógica e incoherente pero que algunos aceptan ciega e inconscientemente como una verdad dogmática: para escapar del liberalismo, es necesario correr hacia el liberalismo.Si tenemos la suerte de poder desligarnos, aunque sea por unas horas, del microclima que se vive en una ciudad cosmopolita como Buenos Aires (o el resto de las grandes urbes del país que intentan imitarla), podremos escuchar, sin cacofónicas interferencias, la más maravillosa música, que es la voz del pueblo argentino. No es necesario irse muy lejos, tan solo basta con llegar hasta el segundo cordón del Conurbano Bonaerense para acceder a la Argentina real y apreciar la verdad que los medios masivos de comunicación intentan sofocar: los argentinos están hartos de estos colectivos minoritarios, caprichosos, inquisitivos y clasemedieros. Los pobres no necesitan ni quieren “aborto legal”, sino más bien comer. No quieren ESI en las escuelas, en ellas quieren el regreso de la copa de leche, el almuerzo y la merienda para sus hijos. No quieren vía libre para la libidinosa promiscuidad homosexual, quieren un techo digno para dormir abrazados a sus parejas por simple amor y no como una forma de protección para no morirse de frío. No quieren la santificación y la exculpación del lumpenaje, quieren ir y volver del trabajo despojados del temor a que los maten para robarles el dinero de la leche de sus niños.
En este contexto vemos como, pasito a pasito, figuras de la talla de Olmedo -el auto proclamado “Bolsonaro argentino”- crecen cada día más en las encuestas, aunque periodistas como el Gato Sylvestre (operador del macrismo, por la negativa) intenten negarlo.
La consigna es muy clara, o los movimientos políticos denominados “nacionales y populares” se alejan de los ‘cantos de sirena’ de las minorías porteñas y apuntan sus oídos a la Argentina real, uniéndose a pesar de las diferencias y actuando en consecuencia con la situación que vive la clase trabajadora, o seguiremos siendo saqueados por el liberalismo económico, ya sea representado por el pseudo-progresismo macrista o por el anacrónico conservadurismo oligárquico expresado en la figura de un evasor fiscal y explotador de menores como Olmedo.

Como escribió Huxley en el prólogo de la segunda edición de “Un mundo feliz”: “(…) es Usted quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto”.

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

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