Madre criolla.

La "Chancha" Hércules.

Aprovechando que es la primer columna sobre Malvinas, no está de más destacar lo obvio: que la Causa argentina Soberana por Excelencia posee una amplia gama de temas que la conforman, por tal se la puede abordar desde varias perspectivas. Mi enfoque -en general- no ahondará en los ribetes políticos y económicos que esencialmente la atraviesan, sino en el aspecto humano de la contienda. Pero, lejos de ser un enclave romántico de épica sobreactuada para aplastar la dialéctica acostumbrada de la desmalvinización basada en el status quo del derrotismo y victimismo, la idea es compartir aquello que, durante la Batalla de 1982 y el post conflicto bélico, nos recuerde las características esenciales del pueblo argentino; aquellas hazañas que representan la actitud de entrega y coraje para afrontar las dificultades y los arrebatos foráneos. A través de sucesos que resaltan la puesta en acción de los valores fundamentales del hombre en comunión con su comunidad, aparece el amor por la acción y un desapego por el resultado inmediato, lo cual revaloriza el patrón trascendental de los procesos en que se vanagloria el esfuerzo de las batallas bien peleadas. En un momento donde la realidad económica y política sumerge en las profundidades de un pantano con arena movediza toda esperanza de accionar político y material concreto y visible, es preciso reanudar entonces el compromiso con lo intrínseco en la acción de RECORDAR: volver a pasar por el corazón lo vivido para palpar y saborear aquello que fue encendido como la luz de un pequeño fósforo en la inmensidad de una noche cerrada. Enfocar en la fuerza y valor de los símbolos y los pequeños gestos humanos que -muchas veces- se expresan en un “atar con alambre” como inspiración de juego infantil cual primeros pasos de un gran arquitecto para una nueva nación.

La idea es que la historia de un puñado de hombres pueda representar a todos los hombres que son los hombres de nuestra Patria.

La «Chancha» Hércules.

Mucho se habla de las proezas de los pilotos de combate, pero bastante poco del papel desempeñado por los conductores de los gigantes Hércules. El Lockheed C-130 Hercules es un avión de transporte táctico medio-pesado propulsado por cuatro motores turbohélice. Ha sido, desde su creación en Estados Unidos en la década del 50, el principal avión de transporte de muchas fuerzas armadas del mundo. En sus casi 40 versiones y modelos distintos ha prestado servicio en más de 50 países durante incontables operaciones militares, civiles y de ayuda humanitaria. En el conflicto del Atlántico Sur no solo fue la primera aeronave que aterrizó en la pista de Malvinas en el inicio de la Operación Rosario el 2 de abril de 1982, sino que fue símbolo del corajudo e imprescindible puente logístico entre el continente y las islas.

Como una madre corpulenta y bondadosa preocupada por el alimento, abrigo y defensa de sus hijos, la cantidad de tareas o misiones desempeñadas conllevaron en sí mismas una multiplicidad de riesgos. Por su tamaño y forma regordeta, en la jerga militar esta aeronave es conocida como “la Chancha”. Mide casi 30 metros y pesa más de 34 toneladas. Estas características “negativas” para hacer maniobras livianas son –precisamente- las que la convierten en un símbolo de coraje y creatividad para ser apoyo de los combatientes en situaciones desesperadas. Tremendo volumen y peso no la hace fácilmente dirigible, y menos aún, veloz para escapar de la rapidez de los aviones de caza.

Sin embargo, entre sus hazañas cotidianas para quedar fuera del circuito de radar inglés mientras iba y venía entre continente e islas llevando y trayendo personal e insumos, volaba a baja cota: a 15 o 25 metros sobre el nivel del mar, algo considerado demasiado bajo para un avión de transporte. Quienes viajaron en esos cruces recuerdan que tenían la sensación de ir sumergidos en la vorágine de los latigazos de un lanchón, sintiendo el crepitar de las olas hasta llegar a ver como salpicaban las ventanillas.

En esos recorridos filosos surfeando el mar argentino, no solo se ocuparon de proveer armamento, personal y comida en las islas, sino que, a costa de ser fácilmente descubiertos por los radares enemigos, no dudaron en elevarse peligrosamente para reabastecer combustible en pleno vuelo. Asumiendo el riesgo de no llegar a volver bajo el paraguas de la baja altura, jamás negaron suministro a los pilotos de combate que -luego de una batalla aérea- se veían impedidos de retornar a tierra por el combustible perdido durante la afrenta.

Como si esto fuera poco, tras el desembarco de los británicos el 21 de mayo, las “chanchas” también se dedicaron a realizar exploración lejana, un rol de sabueso volador para interceptar convoys de apoyo logístico enemigo y así desafectarlo. Por su osadía, estas maniobras fueron bautizadas como “vuelos locos”. La estrategia consistía en elevarse hasta lograr determinada altura, allí el navegador del avión encendía el rastreador y hacía dos pinceladas de antena de radar. Cuando se determinaban los ecos en la pantalla era el instante en que las bestias aladas se arrojaban en una especie de clavado. La picardía criolla residía en que se ejecutaba la maniobra cuando los radares estaban encendidos: mandaban una señal para que la detectaran los ingleses que también estaban buscándolos a ellos y así atacarlos. Tan ínfimo era el margen de movimiento que si algo salía mal, la máquina y toda la tripulación desaparecerían bajo el fuego invasor. A pesar de la concentración fina en este artificio militar, lo repetían varias veces llamando a este proceso: “circuito serrucho”, pues la acción consistía en acercarse al blanco, subir, emitir señal, bajar, alejarse y volver a repetir la secuencia en otro sitio. Así podían determinar dónde estaban los buques de la flota real triangulando las coordenadas enemigas desde distintas posiciones.

Tristemente el 1 de junio, algo salió mal; la tripulación del C -130 H Hercules TC -63 del Escuadrón I C que encabezaba el capitán Rubén Héctor Martel, fue abatida mientras realizaba una de estas operaciones, sumándose en esta acción un nuevo crimen de guerra por parte de los ingleses. La Fuerza aérea británica estaba al tanto de estas maniobras; para ello se había dispuesto una sección de combate de Sea Harriers a la espera y caza. En una de esas vigilancias fue que lo identificaron y derribaron; hasta ahí la baja de la máquina estaba dentro de las reglas de la guerra, pero la obstinación del piloto británico Nigel Ward arremetió contra la posibilidad de que la tripulación abandonara la nave cuando ésta se encontraba en descenso para amerizar; disparó sus cañones y en ese fuego fue imposible que sobreviviera esa camada de intrépidos hombres que nuestra tierra supo parir.

Por: Silvina Batallanez.

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