¿Movimientos estratégicos?

Alberto Fernández junto a López Obrador
Alberto Fernández junto a López Obrador

Evitaré caer en obviedades tales como que “es una época de cambios” o de “reconfiguración…” y bla, bla, bla. Para nuestra región, el convulso presente no es más que una continuidad histórica desde las “independencias” que nos “liberaron” del Reino de Las Españas y -a nosotros en particular- nos arrodillaron ante el trono de la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha (mejor conocida como Casa de Windsor). Lo que vive Brasil, lo que pasó ayer en Ecuador, lo que está sucediendo hoy en Chile; nada es ajeno a la historia de Hispanoamérica: cambian las zonas, difieren en mayor o menor medida los procesos de los cuales desembocan, pero estos hechos ocurren con tenaz constancia y se repiten como si de un bucle siniestro se tratase. Este estado de permanente convulsión política y social no es más que la expresión del zamarreo constante producto de la puja de poder que se da al interior del mundo sajón, en el que los restos del ya decadente Imperio Británico se disputa con los Estados Unidos la hegemonía económica y cultural en las devaluadas republiquetas semi-coloniales en las que hoy malvivimos.

De más está decir que, dentro de este contexto regional y global, en Argentina también pasan cosas y -por si esto fuera poco- coso. De hecho, el desenlace de las últimas elecciones presidenciales es un pequeño y sutil reflejo de esta pugna de poderes a las entrañas del mundo anglo-sajón: tras la derrota electoral del pro-británico frente electoral gobernante “Juntos por el Cambio”, el Presidente electo Alberto Fernández recibió el protocolar llamado de felicitaciones de parte de Donald Trump. Según expresó el ex Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner en sus redes sociales, el Presidente de los Estados Unidos le comunicó que ya había instruido al Fondo Monetario Internacional para que trabaje en conjunto con el nuevo gobierno argentino en la resolución del preocupante problema de deuda externa que heredará de la gestión de Mauricio Macri.
En ese sentido, la elección de México como destino para el primer viaje oficial del nuevo mandatario, cobra mayor relevancia y se perfila como una -aparentemente- inteligente jugada geoestratégica de cara al violento vendaval económico que se avecina tras el horizonte del 10 de diciembre.

Alberto Fernández deberá asumir la administración de un Estado vaciado, endeudado y discapacitado -en el más amplio sentido de la palabra- a la hora de afrontar las responsabilidades que le atañen con una población hambreada y un empresariado fuertemente debilitado; para peor, la verdadera crisis económica y social aún no ha comenzado y, de aquí hasta su posesión, cada día que transcurre es una nueva oportunidad para que el ‘macrismo’ siga minando el terreno económico y desarticulando las precarias herramientas con las que el nuevo Presidente contará para afrontar la futura tormenta.
De esta manera, teniendo en cuenta un potencial escenario apocalíptico que promete escaso -o casi nulo- margen de maniobra para la implementación y el desarrollo de un nuevo modelo económico, no resultaría ilógico que Fernández centrara gran parte de sus esfuerzos en hacerse de importantes aliados que pudieran ayudarlo a sortear las vicisitudes inherentes a la reconstrucción del Estado y el ordenamiento de las cuentas públicas.
Es así que puede hacerse -aunque en forma meramente especulativa- una conexión entre la conversación que mantuvo con Donald Trump y su posterior visita oficial a las tierras de Manuel López Obrador. Para empezar, de no mediar confusiones interpretativas acerca de las palabras del Presidente norteamericano por parte de Fernández, estaríamos frente a la comprobación empírica de las tesis de analistas políticos de la talla de Guillermo Moreno al respecto de la visión geoestratégica del mandatario estadounidense; pero, además, podría contabilizarse como el primer gran logro del equipo que acompaña al nuevo Presidente argentino. Si este notable gesto de apoyo brindado por uno de los Jefes de Estado con mayor peso específico en la política internacional tuviera asiento en una realidad concreta y fuese el fruto de un poderoso esfuerzo diplomático planificado y emprendido por el equipo que acompaña a Fernández, la visita del mismo a la República de México y su entrevista con López Obrador pudiera corresponder a la siguiente fase de una hipotética estrategia destinada a la suma de importantes apoyos a nivel internacional y la posterior creación de un nuevo tejido diplomático pensado para intentar reposicionar a la República Argentina lo más cerca posible del lugar que supo ocupar en el mundo previo a la desastrosa gestión ‘macrista’.

Siguiendo en esta línea de análisis, y recordando siempre que la misma corresponde únicamente a una especulación derivada de un ejercicio intelectivo, varios podrían ser los factores que impulsasen el inusual viaje de un Presidente argentino a tierras mexicanas en carácter de primera visita oficial de su mandato. En ese sentido, he podido observar como algunos medios han intentado resaltar este curioso aspecto atribuyéndole al nuevo mandatario cierto tipo de responsabilidad en la discontinuidad de una -pretendida- tradición diplomática compartida con nuestro vecino y principal socio comercial; aunque ciertamente, el primero en “romper” con dicha tradición -más arraigada en el lado brasilero que en el argentino- fue el actual Presidente del Brasil, quien también es acreedor de las mayores responsabilidades en cuanto a la devaluación y el enrarecimiento de las relaciones bilaterales entre ambos países. Justamente aquí es donde podría radicar uno de los principales motivos para la elección de este nuevo destino ya que, a tenor del futuro en puerta y la necesidad de contar con un “partenaire” comercial sólido y en similar sintonía política, México se presenta como el único país de la región en plena capacidad de cumplir con los requisitos necesarios para ocupar el lugar de Brasil y eso sin mencionar que por sus características propias daría la impresión de ser un prospecto aún más seductor.

Otro factor que pudiera haber sido preponderante a la hora de elegir el destino recae en el hecho de que, si existe un mandatario en el mundo que realmente conoce al detalle los avatares de la política norteamericana (tanto exterior como doméstica), ese es el mexicano; y no me refiero puntualmente a López Obrador, sino a los presidentes mexicanos en general.
Los Estados Unidos de Norteamérica y los Estados Unidos Mexicanos comparten una frontera que se extiende, desde Tijuana (Baja California, México) hasta Cameron (Texas, EE.UU.), por unos 3185 kilómetros y en el tiempo por poco menos que medio milenio. En lo que se refiere pura y exclusivamente al ámbito económico, a esta altura del año México se ha convertido en el principal socio comercial de los Estados Unidos tras ocupar históricamente un poco despreciable tercer puesto, lo que demuestra que las relaciones entre Trump y López Obrador no serían tan malas como cierto sector del periodismo intenta hacer ver. Cerca del 15% de los bienes importados por los Estados Unidos provienen del lado sur del Río Bravo, y un porcentaje similar de sus exportaciones se dirigen al mismo sitio, siendo el sector automotriz el de mayor peso específico. Aún así, existen ciertas tensiones entre ambas naciones debido a las medidas proteccionistas adoptadas por la ‘gestión Trump’, que se dan en el marco de la puesta en vigencia del T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá) que reemplazará al TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) firmado en 1994.
Teniendo en cuenta el carácter de la conversación telefónica entre Fernández y Trump tras su triunfo electoral, no sería descabellado pensar en la elección de López Obrador como un válido interlocutor que pudiera aportar a que unas futuras negociaciones con el FMI llegaran a buen puerto, amén de “cabildear” en aras de mejorar las relaciones comerciales entre la Argentina y los Estados Unidos.

Para cerrar la idea expuesta en este breve y especulativo análisis; no podemos -ni debemos- olvidarnos de que Manuel López Obrador ahora mismo se perfila como el principal referente de los movimientos políticos de “centro-izquierda” -y no tanto- hispanoamericanos nucleados en el “Grupo de Puebla” y que, si bien dicho bloque nació en contraposición a las radicalizadas posturas del llamado “Grupo de Lima” frente a la crisis venezolana, queda en evidencia que sus miembros -de alguna manera- intentan desligarse de la ‘pesada mochila’ que hoy representa el insostenible gobierno ‘chavista’ con el impresentable de Nicolás Maduro a la cabeza.
Esta “nueva ola” de “progresismo” hispanoamericano, incluso, parece haber aprendido de algunos de los errores cometidos en el pasado reciente que contribuyeron en gran medida la ‘restauración’ del liberalismo económico en la región. Prueba de esto es, justamente, el naciente liderazgo del Presidente mexicano y su pragmática postura ante un gobierno estadounidense igual de pragmático y tan particular que ha sabido dejar en “off side” a los más respetados analistas internacionales.
En efecto, Donald Trump es considerado por algunos como el Presidente “más pacífico de la historia norteamericana” y, tanto su visión geoestratégica como sus prácticas económicas -a pesar de los grotescos sesgos cognitivos de los progresismos “izquierdistas” y “derechistas” por igual- lo colocan en un espectro más cercano a un Juan Domingo Perón que a un Richard Nixon (por dar un ejemplo) e impiden de manera irrestricta que su imagen sea vinculada a payasos como Bolsonaro o Piñera. Inclusive, la reciente liberación de Lula da Silva tras la visita de Alberto Fernández a López Obrador, es un hecho que mucho cuesta ligarlo a una mera casualidad; cosa que va en sintonía de los procesos por los que actualmente transitan Chile y Ecuador, donde la diplomacia norteamericana se ha comportado de una manera poco consecuente con su pasado inmediato.

Sin embargo, los extraños movimientos que en los últimos días se vienen produciendo en las entrañas de la Cancillería nacional, nos dicen que aún no sería momento para “cantar victoria” y auguran para quienes serán los encargados de conducir nuestra diplomacia tiempos de trabajo a destajo. A modo de “regalo de despedida”, el ‘macrismo’ se encuentra ‘llenando todos los casilleros’ del Servicio Exterior, como informaran hace unos días Marcelo Ramírez e Ivone Alves García de AsiaTv. Según cuentan; decenas de altos puestos están siendo cubiertos en este momento y, tan sólo el viernes pasado, se efectuaron 30 nombramientos y la cuenta hasta el momento sería de 80. Además, han dejado a 25 embajadores políticos en sus destinos con la excusa de que no hay dinero suficiente para traerlo de regreso, y con la misma excusa se han dejado de pagar las membresías de todas las organizaciones internacionales de las que nuestro país forma parte.

A modo de epílogo, deseo expresar toda mi felicidad por la liberación de Lula da Silva, y el final de un inmerecido suplicio que ha durado 580 días. Uno puede -o no- tener sus justificados -o no, también- reparos para con la figura del ex presidente brasileño pero, lejos de cualquier posicionamiento político o ideológico al respecto, no hay que perder de vista que su injusto encarcelamiento fue el producto de un proceso judicial exageradamente irregular y -sobre todo- parcial; y que, debido a las características del mismo y del ‘clima de época’ que por entonces imperaba en el país vecino, el estatus de “preso político” de Lula da Silva resulta contundentemente indiscutible.
No obstante, este suceso me ha dejado un sabor agridulce en el alma, porque en nuestro país aún hay presos políticos; Milagro Sala, Amado Boudou y Julio DeVido continúan injustamente privados de su libertad y poco a poco parecen ir cayendo en el olvido de muchos de los periodistas y dirigentes políticos que en este mismo instante festejan con algarabía las felices noticias que nos llegan desde el país vecino. Espero estar equivocado en esto, anhelo que esta idea sólo sea producto de mi subjetividad; pero, sobre todo, espero que de ser mi apreciación correcta, el nuevo gobierno pierda su amnesia y les permita regresar al hogar donde sus familias los esperan y los extrañan desesperadamente.

Por: Nicolás Escribá.
Periodista profesional MN 14.779

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