Pequeñas historias del pueblo-nación argentino.

Era la noche del 5 de enero de 2019. Hacía calor y era víspera de Reyes en el inmenso pueblo de Lomas de Zamora. Y como cada año en esa fecha desde hace décadas, nos disponíamos a participar del tradicional “Desfile de Reyes” en la plaza principal del pueblo, ubicada en el corazón del mismo, rodeado por la casa municipal y la Catedral, como en todo pueblo de la Argentina color del cielo y del mar.

Al salir de casa, ya bastante cerca de la hora pico de aquella celebración, recordamos que las inmediaciones de la plaza estarían cortadas, por lo que definimos caminar las escasas 9 cuadras que nos separaban de aquella. Una vez en el lugar, tratando de encontrarnos con la otra parte de la familia con la que deseábamos compartir el acontecimiento, tuvimos que dar una vuelta manzana para llegar a la avenida principal, ya que entre el vallado y la cantidad de personas por todos lados nos impedían acceder a estar cerca del escenario principal, ubicado en plena calle como las miles de compatriotas que transitaban de aquí para allá en chancletas, con espuma de carnaval en mano, cara y cuerpo, y acompañados de cientos de pequeños que con sus correteos y risas daban un ritmo particular a aquella noche de verano.

Al caminar la primera de las dos cuadras que nos separaban del encuentro, por la calle y en sentido contrario al nuestro venían familias y, entre ellas, un grupo de unos 8 niños y niñas, de unos 8 a 10 años cada uno, saltando y empezando a cantar, tímidamente, lo que claramente sentían como una celebración. Y una vez superada la timidez inicial de estar cantando en plena calle y rodeados de desconocidos, largaron a viva voz el clamor del pueblo: “U-ni-dad, de los trabajadores, y al que no le gusta, ¡Se jode, se jode!”. Lo repitieron varias veces hasta que el canto se hizo grito y la expresión, sonrisa y felicidad. Y todos los que pasamos por ahí en ese momento los miramos y nos contagiamos de su alegría. Ahí comenzó a vibrar el corazón con fuerza.

Pasado este primer encuentro con el rostro más puro de nuestra argentinidad, llegamos al encuentro de la parte que nos faltaba y nos dispusimos a acercarnos al escenario, donde se estaba recreando, justo mientras nos acercábamos, el momento en que los Reyes Magos le entregaban los dones al niño Jesús. No lo veíamos, pero el Obispo de Lomas de Zamora lo relataba todo y en los altoparlantes podíamos participar de lo que no llegábamos a observar por la distancia que íbamos acortando con cada paso. Al llegar casi al escenario, el mismo Obispo, luego de finalizar con los simbolismos del evento que allí nos reunía, comenzó a hablar sobre la situación del país, sobre la pobreza y el desempleo, sobre la tristeza y la desunión que nos quieren imponer, sobre la fortaleza que tenemos si tan sólo estamos dispuestos a ser solidarios y amorosos con el otro, que somos nosotros mismos porque el pueblo se hermana no por la sangre, sino por la Patria y las tradiciones que nos hacen más parecidos que diferentes.

Todo eso decía el Obispo mientras nosotras caminábamos entre miles de personas, bajo una lluvia de espuma de carnaval en aquella noche de verano estrellada y calurosa del conurbano. Y cuando finalmente llegamos al frente del escenario, esquivando a otros, tratando de no chocar niños que corrían sonrientes por doquier, nos detuvimos abruptamente al escuchar estas palabras del Obispo: “Y ahora, para finalizar, vamos a rezar un Padre Nuestro. Padre Nuestro que estás en los cielos…”. Todos rezamos, con más o menos énfasis, con más o menos fe, todos los que estábamos ahí, en ese instante, nos detuvimos a rezar. Sólo se escuchó la oración del pueblo-nación, que me estremeció de pies a cabeza, que me emocionó hasta la congoja. Y cuando hubimos de terminar aquella enunciación colectiva, el mismo Obispo, con una felicidad evidente y penetrante, gritó por el mismo micrófono: “¡Feliz día de Reyes, argentinos!” e inmediatamente, con una sincronicidad casi milagrosa, los fuegos artificiales comenzaron a nacer desde los costados de la Municipalidad, al tiempo que sonaba a todo trapo “Vivir mi vida” de Marc Antony.

¿Qué pasó en ese momento? Lloré; lloré y reí, reí y canté, canté y baile, bailé y fui feliz ahí, bajo una lluvia de espuma de carnaval que todos los que tenían un envase en la mano comenzaron a lanzar al cielo casi como por intuición comunitaria, dejándonos a todos blancos de felicidad, amor y paz. Era el pueblo-nación argentino en su máxima expresión: todos distintos, todos en la calle, todos celebrando, todos respetándonos y compartiendo una tradición, un momento entre tantos en el que podíamos andar por todos lados y ver a niños corriendo y jugando, en la noche, en el centro de una localidad que tiene más de un millón de habitantes, porque ahí estaba nuestro corazón latiendo al ritmo del otro, que éramos nosotros mismos disfrutando de nuestra argentinidad.

Porque los argentinos somos eso: somos tradición y celebración, somos sonrisas y emoción, somos pasión e intensidad, somos Dios y somos Patria. Y cuando los argentinos vivimos eso, más allá de la comprensión que tengamos sobre lo que nos está pasando, estamos tendiendo puentes de amor y solidaridad porque ahí, donde el pueblo está reunido, no hay mal que pueda penetrar. Por eso aquella noche de Reyes fue una pequeña y maravillosa muestra de que aún estamos a tiempo de construir el país que merecemos, sólo necesitamos unirnos y al que no le guste, se jode y se jode. ¡Viva la Patria, carajo! Y viva ser lo que somos, siempre.

Por: Romina Rocha.

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