Un libro, una isla y una flor: Los viajes de Louis Antoine de Bougainville y el comienzo de la historia.

«Dentro de este mismo género de fecundas actividades científicas, de este afán por conocer inagotable, en la segunda mitad del S. XVIII sobresalió Louis Antoine de Bougainville, que pobló por primera vez las Islas Malvinas y fue el primer marino francés que dio la vuelta al mundo. Como recuerdo de su épica empresa han quedado tres cosas: un libro, una isla y una flor…» – Discurso leído en la Academia Nacional de la Historia el 11 de mayo de 1967 en el bicentenario de la entrega a España del primer establecimiento fundado en las Islas Malvinas.

Louis Antoine de Bougainville nació en París un 11 o un 12 de noviembre de 1729. Militar, aventurero y navegante son tres adjetivos que podrían difinir su figura y el legado de su paso por el mundo pero, como era propio de los hombres de antaño, también fue muchas otras cosas más. Académico jurista y matemático, políglota y noble también son ejemplo del fruto de su proactiva curiosidad.

La carrera militar la inició en 1753 enrolándose en el cuerpo de mosqueteros, un año más tarde fue nombrado Secretario de la embajada francesa en Londres y lo hicieron miembro de la Royal Society dos años después. Fue en este periodo de su vida cuando pudo contemplar en su máximo esplendor las más bajas miserias del Imperio Británico, las mismas a las que haría frente en el campo de batalla en Canadá cuando le tocó encarnar el papel de Capitán de Dragones y Ayudante de Campo de Louis-Joseph de Montcalm. Tomó parte activa en la captura de Fort Oswego en 1756 y en 1757 en la batalla de Fort William Henry. Fue herido en 1758 en la exitosa defensa de Fort Carillon y el invierno siguiente se embarcó de regreso a Francia con las órdenes del Marqués de obtener del gobierno de Luis XV más recursos militares para mantener la colonia; y habiéndose destacado en la guerra contra Gran Bretaña, con buen tino fue recompensado con la cruz de San Luis. Tristemente, luego de ser promovido a Coronel y volver a Canadá escaso de suministros, y después de la muerte de Montcalm en 1759, participó en la defensa de Quebec y formó parte de los oficiales que firmaron la rendición ante los ingleses. De aquella guerra escribiría en su díario personal que: “Es un tipo abominable de guerra. El verdadero aire que respiramos está contagiado de insensibilidad y dureza”.
Regresó a Europa privado de todos los honorer militares por las condiciones de su rendición ante el enemigo sajón, que le prohibían volver a emprender o formar parte de beligerancias contra Inglaterra, por lo que se asentó como diplomático a las orillas del río Rhin durante el final de la “Guerra de los siete años” y aportó lo suyo a las negociaciones que derivaron en el “Tratado de París” de 1763.

Pero ¿Quién fue Louis Antoine de Bougainville?
Diderot traza de él una atractiva semblanza en el diálogo de A y B (1):

“Una cosa aparentemente extraña -dice A- es la contradicción entre el carácter del hombre y el de su empresa…
… Bougainville fue un verdadero francés satisfecho: autor, por un lado, de un tratado sobre cálculo diferencia e integral; por el otro, de un viaje alrededor del mundo.”

Bougainville, luego de su actuación diplomática en Alemania y tras ser recompensado por el rey con dos piezas de cañón calibre cuatro para su colección de trofeos, cambió la tierra por el océano seguramente sin presumir o presentir la vital importancia que sus aventuras por los mares del sur tendrían para la posteridad.
Movido por unas profundas ansias de crear un ‘imperio colonial’ en tan lejanas tierras, terminó por convertirse en uno de los marineros más famosos de la historia. Como primera etapa de su empresa, Louis Antoine resolvió poblar y colonizar las Islas Malvinas, descubiertas -según él- por Antonio Vespucio en su tercer viaje, y sin dudas avistada por una de las naves de Hernando de Magallanes.
Las Malvinas habían sido visitadas a través de los siglos por navegantes de distintas nacionalidades, que las vieron fugazmente en la realidad; a veces, a penas con la imaginación. Pero nadie se había detenido a poblarlas, y pertenecían naturalmente a España porque formaban parte del territorio que constituía la antigua gobernación de Buenos Aires. El propio Bougainville fue el primero en reconocer esta dependencia natural y geográfica de las Islas con respecto al territorio que constituye hoy la República Argentina.
Entre los navegantes que frecuentaron las aguas adyacentes a las Malvinas, figuran los esforzados marinos de Saint Malo, un puerto francés sobre el Canal de la Mancha, que dio su nombre a las Islas. Dahlgren, en su estudio sobre los viajes franceses a los mares del sur, anteriores a Bougainville, registra no menos de cien navíos que salieron de Saint Malo y doblaron el Cabo de Hornos, y algunos tocaron las Islas Malvinas.

Pronto, Louis Antoine tuvo la autorización ‘real’ y, además, el apoyo del Duque de Choiseul. Con el concurso de su primo Bougainville de Nerville y de su tío D’Arboulin (administrador general de Corres de Francia) armó dos barcos -El Águila y La Esfinge-, que puso bajo el mando de Duclos-Guyot y de Chnard de la Gyraudais, ambos -por cierto- de Saint Malo; y preparó todo lo necesario para establecer la colonia.
En Francia se encontraban, en ese momento, algunas familias canadienses que habían abandonado el Canadá después de la derrota. Cuatro familias de Acadia (actual Nueva Escocia) se embarcaron con el intrépido Coronel-marino, de las que siguieron viaje solamente dos: Guillermo Malivain con su mujer, un hijo de tres años, una hija de once meses y sus dos cuñadas veinte y dieciocho años de edad; y Agustín Benoit también con su mujer, un hijo de cuatro años y su cuñada de dieciséis. Estas dos familias acadienses fueron las primeras que residieron en las Islas Malvinas. Francoise Terriot, esposa de Agustín Benoit tuvo el honor de ser la mujer encargada de dar a luz al primer hijo de las Malvinas: un varoncito bautizado Francoise Benoit.

Los barcos partieron de Saint Malo el 15 de septiembre de 1763 y llegaron el 3 de febrero de 1764 a las desoladas playas del archipiélago austral. No había ningún ser humano en sus contornos, ni árboles ni animales; sólo algunos arbustos y los pájaros marinos que se atrevían a llegar al lugar. Bougainville buscó el sitio más abrigado en una extensa bahía e hizo levantar un fuerte al que dotó con algunos cañones sacados de los buques. El 5 de abril de 1764 tomó solemnemente posesión de las Islas en nombre del rey de Francia, Luís XV, en cuyo honor bautizó al fuerte como San Luís.
Los detalles de la expedición y de la fundación de Bougainville son ampliamente conocidos por la relación que de ellos hizo Dom Pernetty, capellán de la expedición, que publicó en 1770 -en París- la historia del viaje, y por las referencias que contiene el libro de Bougainville. La obra de Pernetty, traducida al inglés, fue publicada también en Londres en 1771, después de que la colonia de Puerto Luís hubo sido entregada a España, como se consigna en una nota de pie de página. Pernetty señala que, cuando Bougainville tomó posesión de las islas y fundó el fuerte, la fragata Dolphin, en la que el Comodoro Byron habría de hacer un viaje alrededor del mundo un año después, se encontraba todavía en el astillero; el primer establecimiento inglés en la peque a Isla Saunders, frente a la Gran Malvina, sólo fue instalado por el Capitán McBride en enero de 1766, o sea, casi dos años después de Bougainville.

Fundada formalmente la colonia, Bougainville volvió a Francia para hacerse de nuevos recursos. Puerto Luís quedó al mando de su primo Bougainville de Nerville, que vivió en el lugar durante tres años y fue -por tanto- el primer Gobernador de las Islas Malvinas. Fueron veintisiete personas, en total, las que se quedaron con Nerville en el lugar. El 5 de enero de 1765 Bougainville estaba otra vez en las Malvinas; traía consigo animales, maderas, plantas y todo lo que necesitaban los sacrificados pobladores. La segunda vez quedaron ochenta personas en las Islas, recibiendo más tarde periódicos socorros de Francia. La colonia iba creciendo. Se levantaron casas de piedra para los Oficiales y de pasto apisonado para los colonos.
Cuando Bougainville llegó a París, después de su segundo viaje a las Malvinas, se encontró con la noticia de que el rey de España, enterado de la instalación de la colonia francesa en territorios ‘de su pertenencia’, había formulado la correspondiente reclamación al gobierno de Luís XV. Los pormenores de la misma y la negociación que le siguió, han sido reiteradamente estudiados y documentados por el profesor norteamericano Julius Goebel y por Ricardo Caillet-Bois, cuyas obras siguen siendo fundamentales en esta materia.
El gobierno de Francia reconoció, con toda amplitud, el derecho de dominio incuestionable de España sobre las Islas Malvinas y ordenó a Bougainville que hiciese entrega de la colonia al Carlos III, soberano español. Esta sensata actitud por parte de ambos reinos fue, sin duda, uno de los mejores frutos del famoso “Pacto de Familia”. Bougainville firmó entonces un documento publicado en Londres hace ya muchos años, que reproduce el Prof. Goebel, en el que se le obligó -a Louis Antoine- a entregar a la Corte de España el establecimiento que había fundado y todo lo que pudiera encontrarse en el lugar, perteneciente a la Compañía de Saint Malo. En ese documento, además de reconocer implícitamente el preexistente derecho español, declaró -en forma expresa y espontánea, que su establecimiento había sido ilegítimo; es el propio Bougainville quien declara espontáneamente en su libro, publicado cinco años después de los sucesos, que según un principio de derecho público universalmente reconocido -son sus palabras textuales-, el rey de España no tenía obligación alguna de reembolsarle los gastos en que él había incurrido para instalar la colonia, y que si así lo hizo, fue sólo por espíritu de justicia y generosidad. Lo cierto es que quedó convenido que Bougainville debía dirigirse por tercera vez a las Malvinas para entregar el establecimiento a las autoridades españolas, y que el rey de España resolvió reembolsarle todos sus gatos, que el fueron pagadas en París y en Buenos Aires.

La necesidad de levantar la colonia de las Malvinas le daba a Bougainville la oportunidad para emprender nuevas e importantes empresas: nada menos que la vuelta al mundo con dos pequeños barcos, aprovechando el peso de la ocasión para explorar y terminar de describir las tierras existentes en los mares australes, al occidente del Estrecho de Magallanes, estudiar la naturaleza y las costumbres de sus habitantes, y considerar la posibilidad de establecer nuevas colonias francesas en los lugares más recónditos del globo; pero aquello es otra historia que hoy no nos interesa tratar.
La aparición del libro de Bougainville, en el año 1771, incorporó su nombre a la corta lista de los más importantes navegantes descubridores del mundo moderno. Tenía apenas cuarenta y dos años de edad. Diderot escribió inmediatamente el “Suplemento al Viaje de Bougainville” o “Diálogo entre A y B sobre la inconveniencia de adjudicar ideas morales a ciertas acciones físicas que no las contienen”, que sigue siendo un clásico de la literatura francesa. La discusión entre A y B -Juicio sobre el Viaje de Bougainville- a la que ya me he referido parcialmente, ocupa la primera parte. “El adiós del anciano” es una larga disertación sobre los nativos de Tahití. La tercera parte – “Entrevista entre el capellán y el indígena Orou”- sin duda Aotourou, no tiene desperdicio. Se trata de una sabrosa polémica sobre las ventajas del amor libre, sobre sus valores éticos y morales, desde el punto de vista de Orou, y sobre la falta de lógica de los prejuicios occidentales, que asombraron al avispado indígena. El pobre capellán tuvo que entregarse ante una realidad que le resultó irrebatible. Estas páginas de Diderot no son tan utópicas e imaginarias como pudiera creerse. Reflejan hechos de los que Bougainville fue testigo, en parte aludidos también por Dom Pernetty. En cualquier caso, han vuelto a ponerse de actualidad después de dos siglos, y aún siguen.
Apagados los ecos de su célebre proeza, Bougainville se lanzó nuevamente a la acción bélica. La guerra por la independencia de las colonias británicas de América del Norte puso otra vez a Francia frente a Inglaterra. Bougainville formó parte de la escuadra francesa que al mando del Almirante de Grasse prestó decisivo apoyo a los insurgentes americanos. Se distinguió especialmente en el combate naval de Port Royal, frente a la isla de Martinica, en 1781, en una acción parcial contra el Almirante Hood. Cuando al año siguiente de Grasse fue destrozado por el Almirante Rodney, una vez más surgió la inagotable versatilidad de Bougainville que, con la ayuda del Conde Vautreil, salvó el resto de la flota francesa sin que el inglés se decidiera a perseguirle.
Después de esta última hazaña, Bougainville no consideró concluida su carrera, ni mucho menos. Concibió todavía la idea de explorar el Polo Norte. Pero el Ministro, Conde de Breinne, se negó a apoyar la nueva iniciativa del viejo marinero. Se dice que Bougainville respondió: “Yo no pido ninguna abadía”. En cualquier caso, los años finales de su vida transcurrieron entre sus trabajos académicos como miembro del Instituto de Francia y los recuerdos de una existencia vivida con una intensidad y fecundidad poco comunes. Era Almirante en el mar y Mariscal de Campo en los ejércitos de tierra. Cuando Dios lo llamó a su seno, en el año 1811, había sido ennoblecido por Napoleón I. Era también el Conde de Bougainville, pero, por sobre todas las cosas, era un idealista que realizó su ideal.
Esta fue, a grandes rasgos, la vida sin duda extraordinaria de Louis Antoine de Bougainville. Un libro, una isla y una flor perpetúan su memoria; pero su nombre está también entrañablemente unido a la historia de nuestro país, en uno de los episodios que más conmueven la fibra de nuestra nacionalidad.

En efecto, si analizamos la vida de Bougainville desde nuestra perspectiva, entenderemos que el prolífico marino francés dedicó gran parte de su vida a combatir al Imperio Británico en distintos frentes: Como diplomático en la embajada francesa en Londres y en las orillas del río Rhin, en tierras coloniales como Capitán de Dragones al servicio de los colonos canadienses, como Almirante en la guerra por la independencia de los Estados Unidos; sin embargo, fue en nuestras tierras y alejado de las armas cuando Louis Antoine, tal vez sin darse cuenta, le provocó la peor de las heridas a la Inglaterra imperialista.
Aunque algún imberbe sostenga que enalzar la figura de Bougainville es festejar al colonialismo, la realidad es que sin la épica de paso por nuestras Islas Malvinas, no habría constancia legal, documentada y contrastable que certifique de manera irrefutable nuestro derecho soberano sobre las tierras que el Imperio Británico le ha robado a la Provincia de Tierra del Fuego en particular, y a la República Argentina en general.
Y, aunque la isla a la que hace referencia el título y el discurso escrito en su honor y leído como homenaje a los doscientos años de la fundación de Puerto Luís no sean justamente las Malvinas, sino la mayor de las Islas Salomón, podemos decir que fueron las primeras, quizás, el mayor legado que el ‘viejo lobo de mar’ heredó a la humanidad.

*Este escrito se encuentra parcialmente basado en el discurso leído en la Academia Nacional de la Historia el 11 de mayo de 1967 en el bicentenario de la entrega a España del primer establecimiento fundado en las Islas Malvinas, y contiene pasajes incluidos de manera completa y literal.

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

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