Una aterradora «vacación» en el infierno ‘de las cinco estrellas’.

Audiencia Causa "Sheraton".
Audiencia Causa "Sheraton".

¿Se animaría Usted a bajar al infierno por un rato? ¿Y si le digo que visitaremos la zona más tranquila del averno, bien relajados, en plan “turistas”? ¿Aún así no se animaría? Lo bien que hace, porque puedo asegurarle que no existen infiernos “light”, ni “buenos tratos” en condición de cautiverio, ni interrogatorios “civilizados”. Como todo viaje al corazón del inframundo, el mío comienza en un paraíso, mí paraíso: el barrio de Núñez. Mi gran amigo Alcazar me llamó unos días antes para invitarme. -Tenemos que acompañar a Cristina para cuidarla, que no le pase lo mismo que a Julio López. Tiene que declarar como víctima en la causa “Sheraton”, te espero el jueves (05/04/2018) a las 9 de la mañana en el Centro Cultural, vení fresco.- fueron sus palabras.

El “Sheraton” o el “embudo” fue un centro clandestino de detención, tortura y exterminio que funcionó durante la última dictadura CÍVICO-militar entre los años 1976 y 1978, ubicado en la intersección de las calles Tapalqué y Quintana, compartiendo edificio con la subcomisaría de Villa Insuperable, en el partido de La Matanza (Prov. de Buenos Aires). ¿La dirección le suena de algo? Le aseguro que no es una «falla de la Matrix» o una simple coincidencia. Aquel maldito antro bonearense que otrora se cobrara la vida de decenas de intelectuales y cuadros políticos, fue también el último lugar en que se lo pudo ver con vida a Luciano Arruga, y seguramente a tantos otros chicos obligados a delinquir por las fuerzas “del orden” y de los que jamás tendremos noticias. Aquellas frías tarimas de cemento que hacían las veces de cama en los minúsculos calabozos de sus entrañas fueron también la última morada de grandes luminarias como el cineasta Pablo Bernardo Szir (Alias “El Gordo Luis”) y el famoso escritor y guionista Héctor Germán Oesterheld -ambos vinculados a la organización político-militar “Montoneros”-, entre otros.
En un acto de cinismo atroz, los militares bautizaron como “El Sheraton” a la pequeña porción de infierno en la tierra que les tocó administrar, en alusión a la cadena transnacional de hoteles de lujo, y no sólo por el tenor de la fama de sus cautivos, sino también con la maliciosa y vil jactancia de ser éste un “campo de concentración” más “civilizado” que el resto de los que estaban operativos por aquella época. Aún así, las “tan benevolentes” condiciones en las que sufrían los detenidos/desaparecidos no constituían otra cosa más que la antesala de la muerte, otorgándole al garito el dudoso prestigio de ser el centro clandestino de exterminio con la tasa más baja de sobrevivientes. Entre los mismos se hayan Mercedes Joloidovsky, Juan Carlos Guarino, Marcela Patricia Quiroga (que tenía 12 años en ese momento), Juan Carlos Scarpati (que pudo escapar), Paula Elena Ogando Schuff, Julia Estela Sarmiento, Delia Bisutti y María Cristina Ferrario, mi vecina de Núñez.
Adela Esther Candela de Lanzillotti, Pablo Bernardo Szir, Luis Salvador Mercadal, Juan Marcelo Soler Guinard y su pareja Graciela Moreno, José Rubén Slavkin, Héctor Daniel Klosowski, Roberto Eugenio Carri y su esposa Ana María Caruso de Carri y Héctor Germán Oesterheld todavía siguen desaparecidos.Tras casi cuarenta años del cese de sus actividades clandestinas, el lunes 13 de noviembre del pasado año dio inicio al juicio por las desapariciones, torturas y asesinatos que lo tienen como epicentro. El “Sheraton” era uno de los pocos antros de su clase que aún no tenían su juicio oral y público. El mismo recayó en el TOF 1 de Capital Federal, y las audiencias se llevan a cabo todos los lunes y jueves a partir de las 10 de la mañana en la pequeña sala “A” de la planta baja en los tribunales de Comodoro Py 2002.(1)
En el banquillo de los acusados se sientan los genocidas integrantes del Grupo de Artillería Mecanizada Manuel Antonio Luis Cunha Ferré (oficial de Inteligencia), Roberto Obdulio Godoy (oficial de Operaciones) y Rodolfo Enrique Godoy (segundo jefe y jefe de la Plana Mayor), y los subcomisarios Juan Alberto Battafarano y Leopoldo Luis Baume; y José María Mainetti (teniente).

***

Llegué al Centro Cultural a la hora pactada esperando encontrar un buen puñado de vecinos y amigos, pero sólo estábamos Alcazar, Bin Lakkis y yo. Tres solidarios ciudadanos que, como ya es costumbre en nuestra Patria chica, solemos tomar las riendas de lo que el Estado omite -errónea o deliberadamente- hacerse cargo. Y es que me pregunto: ¿No tendría, el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, que garantizarle las mínimas condiciones de seguridad a una de las testigos en una importante causa por delitos contra la humanidad; más, teniendo en cuenta los ‘desafortunados’ antecedentes con los que contamos en esta clase de juicios?
Como fuera, Cristina no tardó en llegar y tras algunas bromas para esquivar la tensión inherente a la brava jornada que nos aguardaba, partimos a pie rumbo a la estación de tren de Núñez, con destino final en la terminal del Retiro.

Dejamos a Cristina en el hall de entrada de los tribunales de Comodoro Py, en manos seguras, y nos dirigimos al 6° piso para acreditarnos, pasando entre jueces de semblantes solemnes, fiscales prepotentes de elegante sport, indignados querellantes y jovencitos esposados custodiados por agentes policiales. Una fauna tenebrosa a la que deberé de acostumbrarme de ahora en adelante.
Tras una corta espera recibimos a modo de acreditaciones unos papeles miserables que en su lomo llevaban impreso el nombre del tribunal; sin una firma, sello o nada que pudiera certificar cualquier tipo de autenticidad. No supe entonces si reír o llorar, aunque más temprano que tarde me decantaría por el llanto al presenciar otras “curiosidades” del poder judicial.Volvimos a la planta baja para encerrarnos en una claustrofóbica habitación conocida como “Sala A”. En el altar de la pared posterior se encontraban sentados los magistrados del TOF 1; los Dres. Oscar Amirante, Pablo Laufer -que resultó sorteado para este tramo de la investigación- y, entre medio de los dos, el presidente del TOF Dr. Adrián Grünberg, quien ostenta un cierto y jocoso parecido con Sampaoli (DT de la Selección Argentina de Fútbol). Más allá de la humorada por un lado, y mi poca simpatía hacia el poder judicial por el otro, nobleza obliga mencionar que se trata del mismo tribunal que ya dictó condenas en la causa “Automotores Orletti” y que está sustanciando la causa “Plan Cóndor”. (2)
En el lado izquierdo de la sala se encontraba la mesa de taquígrafos y, junto a ellos, el banquillo de los testigos. Como por un capricho del destino, del lado derecho de la sala -y no podía ser de otra manera- se encontraba el único acusado presente en la jornada, Juan Alberto Battafarano, quien se paseaba libre cual pancho por su casa como si se lo estuviera juzgando por el simple hurto de tres caramelos en un kiosco y, junto a él, el defensor de los genocidas imputados. Por videoconferencia siguieron la audiencia los otros tres homicidas: Rodolfo  Godoy, el de mayor rango, segundo comandante y jefe del estado mayor del GA1; Antonio Luis Cunha Ferré, jefe de inteligencia, y Leopoldo Luis Baume otro responsable de la subcomisaría. (3)

La audiencia no tardó en empezar, y la primera en dar su testimonio fue María Dolores Aragón, hija de Cristina Ferrario. De su boca pudimos escuchar la versión de los hechos contada desde la perspectiva de sus cuatro abuelos. Si María Dolores hoy no está buscando su identidad es gracias al azar que la situó en la casa de una vecina al momento en que un grupo de tareas irrumpía en la casa de sus padres para “chuparlos”. Fue rápidamente rescatada por sus abuelos, quienes supieron entonces y por testimonio de vecinos que la ‘patota’ también buscaba a la tierna infante con la intención de darle el mismo destino que a Cristina y su esposo.
Entre lágrimas y silencios incómodos recordó el periplo de su abuelo paterno para recuperar el cadáver de su hijo, de quién las autoridades militares le aseguraron que se había suicidado y que, al no fiarse de dichas versiones, revisó el cuerpo encontrando quemaduras en los dedos y grandes moretones en la cabeza, comunes en aquellos que han sido “suicidados” en los oscuros años de plomo. Además, develó las gestiones que una de sus abuelas entabló con el esposo de una de sus compañeras de trabajo, un general de alto rango que movió las influencias necesarias para conseguirle a Cristina un pasaje fuera de ese infierno, y también del país en calidad de exiliada.
Sobre la mesa y junto al micrófono que grababa todas y cada una de sus palabras, María Dolores desplegó el pañuelo blanco de su abuela, que simboliza la eterna lucha de las Madres de Plaza de Mayo; tras terminar de contar su historia se levantó de su asiento, miró fijamente a los magistrados primero y al acusado y su abogado después, y exclamó orgullosa: “¡Quiero que quede claro que, como a los nazis, a donde vayan los iremos a buscar!”. Se secó las lágrimas con los puños y caminó entre sentidos aplausos hacia el fondo de la sala para dejar lugar al testimonio de su madre.

Con Cristina sentada ante el micrófono y la atenta mirada de los magistrados, dio inicio al momento cúlmine de la jornada. Luego de haber sido testigo, víctima, instigador y protagonista de muchas cosas aberrantes, uno cree estar preparado para todo, pero la vida siempre encuentra la forma de tocarnos esa sensibilidad que tratamos de mantener dormida. No sé si Cristina estaba preparada para recordar y contar los distintos avatares de su intensa aunque breve travesía por el infierno, lo que sí sé es que yo no estaba totalmente preparado para oírlos. Leer los testimonios escritos sobre las vejaciones inhumanas a los que fueron sometidos los detenidos/desaparecidos de la última dictadura CÍVICO-militar es una cosa; pero escucharlos de primera mano, en vivo y el directo, es otra totalmente diferente. Las variaciones en el tono de voz con las que las víctimas relatan su martirio, la forma en que estructuran sus recuerdos, el modo en que utilizan los silencios, las lágrimas, todo es sencillamente escalofriante. Debido a esto es que decidí auto-censurarme y hacer una reseña breve de la historia contada por Cristina, en aras de cuidar la sensibilidad de los lectores como la mía propia.
Ella fue secuestrada un día después de la navidad de 1976 mientras tendía pañales limpios en el patio de su casa. No contentos con robarle a su marido y su libertad, los integrantes del grupo de tareas robaron de su morada objetos personales y hasta bromearon con la idea de robarse su heladera. Tras el rapto fue llevada a la sub-comisaría de Villa Insuperable y encerrada en el segundo de tres calabozos, el del medio, el más pequeño. Allí pudo comunicarse a través de papeles diminutos con Pablo Szir, quien se presentaba ante ella como “El Gordo Luís”. Fue torturada vía picana eléctrica por el mismísimo “Churrasco” Sandoval, quien solía decirle al oído entre descarga y descarga que se haría “un llavero con sus pezones”, aunque también aseguro no haber sido ultrajada sexualmente durante el transcurso de su cautiverio. Dos veces al día era sacada de su “jaula” para hacer sus necesidades e higienizarse y hasta fue llevada a un hospital tras un tiempo sin menstruar. Luego de algunas semanas fue llevada a la comisaría de Ramos Mejía, donde pudo ser visitada por un tío suyo que se ganaba la vida como oficial de la Fuerza Aérea y luego por sus padres. Tras otras semanas en su nuevo calabozo, fue llevada directo a un avión con rumbo al exilio español.La jornada se cerró con un breve interrogatorio de parte de la querella, la defensa y los magistrados. Se levantó la sesión y Cristina camino hacia los espectadores, recibiendo besos y abrazos entre los aplausos de todos los asistentes. Me quedé parado, cerca, deseando abrazarla. Su voz me había hecho vivir en carne propia su sufrimiento y no quería hacer otra cosa más que fundirme en un sincero abrazo con ella y exorcizar juntos aquellos demonios de su pasado, pero no pude; quedé paralizado largos minutos tras el fin de la audiencia y luego huí de la sala impulsado por el espanto, derecho a la puerta a fumar un cigarrillo y e intentar deshacerme de la energía negativa que recorría frenética todo mi cuerpo.

Battafarano y su abogado ya se encontraban fumando en la puerta. Nadie quiso abrazarlos, ni contenerlos, ni acompañarlos. Salí con Bin Lakkis a hacer lo propio y al cruzar la puerta de salida el abogado genocida me clavó una mirada preocupantemente seria. Le respondí con un gesto similar hasta que agachó la cabeza. Nos acomodamos al lado de ellos y, tras prender mi cigarrillo, exclamé: ¡Te tiene que gustar mucho la guita para defender a estos hijos de puta!. Se lo dije a mi amigo, pero el mensaje fue para triste defensor de oficio. Entiendo que todo el mundo, incluso los represores, tiene derecho a un abogado, pero soy de los que prefieren la ejecución sumaria para este tipo de caso; y no es odio ni rencor lo que me guía, es justicia y lucha contra la impunidad.

Este crónica no tiene remate, no lo esperen. Cristina, su hija y los militantes de DD.HH que las acompañaban se fueron a almorzar y nosotros nos volvimos para el barrio, y almorzamos sánguches de salame y queso con cerveza en el Centro Cultural. Nuevamente visitamos el infierno por un rato, y volvimos vivos para contarlo.

Referencias:
(1) https://www.cels.org.ar/web/2017/11/comienza-el-juicio-por-el-sheraton-un-centro-clandestino-que-funciono-en-la-matanza/
(2) http://cij.gov.ar/nota-16682-Lesa-humanidad–el-juez-Rafecas-elev–a-juicio-oral-una-causa-por-cr-menes-en-el-centro-clandestino–Sheraton–.html
(3) https://www.pagina12.com.ar/75724-empezar-a-hacer-justicia

Por: Nicolás Escribá
Periodista profesional MN 14.779

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*