Vacunas: Por favor, seamos serios.

Con respecto de la vacunación y las vacunas, al consumidor paciente –a tenor de la casuística dada– se le plantean una serie de preguntas sobre la utilidad, necesidad, efectividad y seguridad de las mismas.

No sin razón, entre otras nos encontramos, con una serie de preguntas que el paciente se hace con respecto a ellas. Entre esas preguntas que el consumidor se hace, destacan las siguientes:

¿Son todas las vacunas necesarias? ¿Son efectivas y seguras? ¿Existe la posibilidad de que se esté ocultando información por parte de laboratorios y administraciones públicas para que el «negocio de lo saludable» (vacunaciones masivas y sistemáticas entre otras) no deje de serlo? ¿A caso todo esto es un teatrillo radicado en la mercadotecnia del miedo?

Este tema es complicado, no exento de claroscuros. El recelo y la desconfianza al respecto están más que justificados aunque, como todo, no sin matices.

Antes de nada, cabría hacerse otra serie de preguntas (a mi juicio más importantes) a fin de comprender la controversia y problemática de las mismas. Tales como: ¿Qué es una vacuna? ¿De qué se compone? ¿Cómo funciona?

Atendiendo a la Organización Mundial de la salud (OMS, en adelante), sin incurrir por ello en una falacia “ad verecundiam”, una vacuna es una preparación biológica que proporciona inmunidad adquirida activa ante una determinada enfermedad.

Éste preparado, por lo general, contiene un agente semejante a un microorganismo patógeno siendo comunes las formas debilitadas o muertas del microbio, sus toxinas o una de sus proteínas de superficie. Así como de otras sustancias coadyuvantes que, en principio, sirven para mejorar la efectividad de las mismas (caso de que no se cometan malas prácticas por parte de los laboratorios, claro).

La vacuna, así, estimula el sistema inmunológico del organismo a la hora de reconocer al agente inoculado como una amenaza, con el propósito de destruirle y/o guardar un registro de estos microorganismos.

Por otro lado, la OMS informa que las vacunas autorizadas están disponibles actualmente para prevenir, o contribuir a la prevención y control, de tan sólo veinticinco tipos de infecciones(1). Lo cual arroja la sombra de la duda sobre ésta vacuna y sobre ésta otra (si me quiere entender). Y no precisamente, porque se hallen en fase experimental. No.

Dicho esto, a día de hoy, nadie niega ciertos avances que la vacunación ha provocado de cara a la salud pública, en tanto que el ideal de vacuna. Ese, no es el debate. La controversia radica más en una cuestión de economía que en otra cosa, dado que todas las vacunas, de facto, tienen efectos secundarios.

Es la seguridad de la inmunización y no otra cosa, la preocupación real de los usuarios. Ya que, a diferencia de la mayoría de intervenciones médicas, las vacunas se administran a personas saludables, mucho menos dispuesta a tolerar posibles efectos adversos que los producidos por otros tratamientos, administrados en otras circunstancias menos favorables. De ahí la cuestión económica en la que no compensaría recibir un perjuicio severo, en forma de efecto secundario, cuando (en principio) no hay necesidad de ello.

Son los casos de muerte (pocos, en proporción, pero igualmente reales), las investigaciones independientes en cuanto a la composición (con resultados diametralmente opuestos a los proporcionados por los laboratorios farmacéuticos(2)), y toda la pléyade de efectos adversos que podrían darse, los que crean una duda razonable al respecto de su uso.

A tal punto, tres frentes se abren:

1.- El del quien ha depositado toda su fe y esperanza en la técnica farmacológica.
2.- El de quien duda de la seguridad del producto, dados diversos factores.
3.- El de quien niega su eficacia, evita su uso e intenta su prohibición.

Todos estos puntos de vista son harto malos y van a ver porqué.

En la primera postura, el postmodernismo imperante elude deliberadamente la cuestión de que vacunar mal, es peor que no vacunar.

Si bien la vacuna (ideal) contribuye a la salubridad general de nuestra especie, las malas praxis a la hora de confeccionarlas, almacenarlas, distribuirlas e inocularlas, son más perniciosas que el simple tránsito de una enfermedad infecciosa (se salga de ella o no).
Por lo que el acto de depositar toda la fe en la creencia irracional de la bondad intrínseca de una industria que no dudara en abaratar costes y acortar tiempos de producción a fin de ganar dinero (empleando materias(3) o metodologías inadecuadas(4) cada vez que sea preciso), no puede calificarse de otra manera que no sea: “Estúpido”.

Que no actuar de una forma óptima y sensata por el miedo a la posibilidad funesta que el remedio ofrece (si bien esto es cierto la proporcionalidad estadística es menor de la que se cree en los medicamentos probos), es tan malo como lo anteriormente citado. Dado que si bien es cierto que nadie quiere sufrir o que sus seres queridos sufran enfermedad (efecto secundario, existe una varianza incógnita dependiendo del tipo de vacuna), sin que exista un motivo que se antoje como suficientemente necesario, el precio a pagar por lo contrario, se viene interpretando como igualmente elevado.

Y que, además, negar la eficacia a fin de evitar su uso, así como el intento de su prohibición es no ser realista en cuanto a las ventajas que la técnica de la vacunación, a pesar de sus efectos adversos (reales, ridículos en proporción, y auténticas maldiciones bíblicas para los afectados en los casos más severos(5)), proporciona en cuanto a la salud pública se refiere.
Siguiendo la misma lógica prohibicionista, deberían de dejarse de hacer viajes por carretera, dada la estadística en cuanto a siniestralidad en el tráfico rodado (perdone la sorna).

Quizás, mejor que su prohibición sería mejor un control más férreo sobre los laboratorios y las prácticas de éstos. Porque, como ya se ha visto, no siempre actúan de la manera más ética(6), tal como pudo verse en la gestión de la crisis por gripe H1N1 en el año 2010, en la que se dieron todo tipo de irregularidades e ineficiencias en los tratamientos propuestos – oseltamivir (“Tamiflu”) y zanamivir (“Relenza”), entre otros-.

Así la cosa, volvamos a las preguntas iniciales:

1.- ¿Son todas las vacunas necesarias? No. A día de hoy, sólo 25 tipos de vacunas lo son. La liberación de patentes, crea una multiplicidad de vacunas a la hora de tratar la misma infección (por ejemplo, 10 tipos de vacunas producidos por 6 laboratorios diferentes para tratar la gripe H1N1).

2.- ¿Son efectivas y seguras? En principio sí, entendiendo dentro de lo seguro, el margen de población que pudiera desarrollar efectos adversos (reacciones inducidas por la vacunación, reacciones debidas a ansiedad por el acto de la vacunación o reacciones idiosincrásicas o de causa desconocida). Sin, por ello, perder de vista las reacciones por defectos en la calidad de la vacuna, reacciones debidas a errores de programa debidas a su almacenamiento, manipulación o administración. Cosas éstas que deben de ser vigiladas y sometidas a un mayor control por parte de los organismos competentes.

Así mismo, la seguridad de las vacunas, en su conjunto, queda demostrada por la exposición a las mismas, por parte de gente no vacunada (por ejemplo niños en un aula de primaria donde los hay vacunados y los hay que no).

3.- ¿Existe la posibilidad de que se esté ocultando información por parte de laboratorios y administraciones públicas para que el «negocio de lo saludable» (vacunaciones masivas y sistemáticas entre otras) no deje de serlo? Ni sí, ni no. Cuando los laboratorios o los gobiernos han ocultado información al respecto ha sido por errores en el programa. En tanto que la efectividad de las vacunas ha sido nula o se ha producido un deterioro en las mismas.

4.- ¿A caso todo esto es un teatrillo radicado en la mercadotecnia del miedo? Dejando de lado las malas prácticas de administraciones y de laboratorios (puntuales como son), no se puede negar la evidencia empírica de la efectividad de las vacunas para, al menos, los veinticinco tipos de infecciones contra las cuales se usan.

Una vez sabido esto, considero necesario recalcar que si bien pueden existir riesgos en cuanto a la vacunación, aquellos que son inevitables, no son suficientes (significativamente, en su conjunto) para recomendar su desuso. Ya que las ventajas producidas por las vacunas en materia de salud pública, son mayores que los inconvenientes derivados.

Por otro lado, también es necesaria la recomendación de planes de control sobre los laboratorios y administraciones públicas (por ejemplo los gobiernos), a fin de que aquellos efectos adversos que sí son evitables, no se produzcan. Y, que, en caso de producirse, se exijan y depuren las posibles responsabilidades que de ello deriven.

Referencias:
1- World Health Organization, Global Vaccine Action Plan 2011-2020. Geneva, 2012
2- Por ejemplo, el estudio de la International Journal of Vaccines & Vaccination (IJVV), que usted puede ver en: http://medcraveonline.com/IJVV/IJVV-04-00072.pdf.
3- Coadyuvantes prohibidos por su nocividad intrínseca.
4- Mercadotecnia del miedo: Consuma mi producto o morirá entre esténtores. Y digo bien.
5- https://vacunasaep.org/profesionales/reacciones-adversas-de-las-vacunas#tipos
6- The handling of the H1N1 pandemic: more transparency needed, Doc. 12283, 7 de junio de 2010.

Por: Javier Pérez Nieto.

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